Vías de encuentro

Vías de encuentro

Era mi último día en Chicago, después de una semana mamando blues de todos los colores. Como despedida, a la Windy City le pareció buena idea ponerse a nevar mientras me arrastraba cargado con la mochila hacia Union Station. No sería el último guiño de una ciudad que me resistía a abandonar. Ya en la sala de espera, entre familias Amish atiborrándose de  McDonald’s y grupos de adolescentes que alborotaban el gallinero con la algarabía inherente a sus hormonas, Bobby se sentó a mi lado. Con 57 años y recién salido de la cárcel, se dirigía a Saint Louis para enterrar a su madre. La habían incinerado estando él en el trullo y, según me contó, le esperaban para que pudiese despedirse. Yo no pregunté nada, Bobby tenía ganas de hablar.

Aún se le notaba un poco perdido fuera de la jaula, observándolo todo con los ojos de un niño que descubre el mundo por primera vez; devorando un paquete de regaliz rojo, su preferido.  Habían pasado cuatro años, pero a Bobby le parecían décadas. No entendía nada, y yo tampoco tenía las respuestas. Bobby se fue rumbo a casa, intentando subirse a un mundo que giraba demasiado rápido para él. Al rato, efectuó su salida el City of New Orleans, el tren que me llevaría al sur del país.

Tres semanas y 5.000 kilómetros en tren después, en la Frisco de Kerouac, me topé con Charlie en la barra de The Saloon, local que tiró su primera caña allá por 1861. Acodado como solo lo hacen los clientes habituales. Cincuentón, canoso, chupa de cuero y cara de haber vivido (y bebido) en sitios más oscuros. Parecía entusiasmarle el hecho de que estuviese cruzando su país en tren. No dudó en catalogarme como un "old hearted guy", algo así como un tío con unos gustos un poco anticuados, pero dicho de una manera mucho más poética.

Obviamente, me lo tomé como un cumplido, y tuvo que serlo porque preguntó si podía invitarme a un trago para celebrarlo. El bueno de Charlie no sabe que existen ciertas cosas para las que no es necesario pedir permiso. Apuramos las bebidas y dejé a Charlie encendiendo un pitillo en la puerta. Estoy seguro que recordando aquel viaje que hizo hace años por el levante español, también en tren, y del que me estuvo hablando mientras nos hidratábamos el gaznate.  O quizás pensaba en la mujer que le acompañaba entonces, ¿quién sabe? Yo caminé pensando en él y en Bobby, agradecido al que cambió las agujas de nuestras vías para que acabásemos cruzándonos.

 

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