Turismo y escombros

Mostar

Turismo y escombros

Cada vez más, percibimos nítidamente la importancia de la unión entre el texto y la imagen o la imagen y el texto. Este es uno de los momentos en que las palabras parecen incapaces de describir los hechos. Carecen de las imágenes que las complementen. De cualquier forma, al tiempo en que reconocemos no interesarnos, por el momento, en el análisis de cualquier naturaleza sobre las razones que provocan las guerras entre los pueblos, nos detenemos a recomponer el sentimiento de tristeza infinita ante una ciudad que expone, como meretriz impúdica sus partes pudendas a cualquiera

Deseamos exponer nuestra sensación ante Mostar, a partir de las imágenes que se reflejan en nuestros ojos, sin ninguna interferencia teórica, de orden sociológico, histórico, geográfico, etc., etc., o sea, sin ideas preconcebidas u opiniones inducidas. Estamos ante una ciudad considerada capital cultural da Bosnia y Herzegovina, localizada en la región de Herzegovina, capital del cantón de Herzegovina-Neretva. A 130 km de la capital administrativa, Sarajevo, y solo a 60 km de la costa del Adriático, Mostar posee una población aproximada de 94.000 habitantes. Y lo más interesante: muestra profundas cicatrices de una “guerra terminada”. Como ella, hay muchas otras ciudades en reconstrucción después de la destrucción causada por la naturaleza o por las manos del hombre. Sin embargo, Mostar es única, porque el enfrentamiento atroz entre los individuos se da entre los propios habitantes, agrupados en dos bandos – cristianos y musulmanes. Entre 1991 y 1995, en nombre de la religión, se cometen atrocidades indescriptibles. Matan, destruyen edificaciones, devastan campos, arruinan familias.

Ahora, cualquiera que sea la creencia, casi instintivamente, relacionamos religión con amor. Amor al otro. Amor al prójimo. Compasión. Complacencia. Solidaridad. Devoción. Piedad. Y cualquier otro término que inspire sentimientos nobles... Es evidente, no obstante, que esa guerra movida por la fe no es la única ni será la última de la historia de la humanidad. Ello no elimina la fealdad impregnada en las “guerras santas”,  acontezcan ellas bajo el pretexto de conquistar lugares santos o el pretexto de imponer su creencia a los demás.

Lo que nos llama la atención, en especial en este caso, es la situación actual del pueblo que sobrevive en Mostar, hoy, en pleno siglo XXI, año 2010. La stari most o puente viejo,  levantado sobre el río Neretva, con cuatro largos siglos de existencia, divide las dos facciones: de un lado, cristianos (alrededor del 40%); del otro lado, los islámicos. En 1993, bombardeado por tropas croatas, y restablecido después de 15 años, el puente viejo (no importa si en pedazos o reconstruido) reina absoluto en la Mostar de sueños y pesadillas.

Hoy, protegido como Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), continúa haciendo de los cristianos y de los islámicos sus “dulces prisioneros”. Todos están aprisionados en sus límites. Evitan traspasar las fronteras. Para los cristianos, una iglesia con torre que de tan elevada parece desafiar a los vecinos; una universidad e industrias. Para los musulmanes, una mezquita; otra universidad y el comercio que, a semejanza del Gran Bazar de Estambul, vende de todo o casi todo y, siempre, productos de dudosa calidad. Para ambos segmentos, poca esperanza de un futuro de paz y pocas expectativas de trabajo. Un mañana promisorio suena irónico. Al costo de 50 euros, hay jóvenes que sobreviven saltando del puente en un lance de extremo riesgo para las delicias de los turistas. Además, el  puente, como poderoso dueño del destino de todos, está presente en casi todo: cuadros y esculturas de artistas de la calle, llaveros, imanes, postales, etc., etc.

Ello porque, sorprendentemente, Mostar integra, ahora, el circuito turístico montado por agencias de viajes. Y ello trae divisas para ambos lados. Algunos la visitan como local de peregrinación, movidos por la creencia de que Nuestra Señora de Međugorje hace apariciones por acá (del lado cristiano, por supuesto). Otros – la mayoría – llegan movidos por la curiosidad de ver de cerca la situación esdrújula de una población dividida por un río. Visualizan los vestigios de la guerra santa: edificios cubiertos de balazos; escombros de inmuebles incendiados, cuyos destrozos lucen en la noche como fantasmas sin color y en andrajos; gente con aspecto endurecido o rostros envejecidos; sonrisas raras.

Evidentemente, estos últimos son las huellas más difíciles de borrar. Reflejan las penas contenidas, los odios silenciados, los rencores disfrazados. Parece imposible encontrar alguna familia exenta del dolor por la pérdida de seres queridos. Nadie parece ajeno al pasado. Todos parecen recelosos del futuro. Es preciso recordar que Bosnia es un país empobrecido o tradicionalmente pobre. Puede decirse que está en proceso de reconstrucción o en proceso constante de enfrentamiento. Mas, al salir de Eslovenia y penetrar en territorio bosnio, los contrastes saltan a la vista. Caminos, casas, campos agrícolas, autos y camiones en la vía, personas con ropas gastadas muestran una nación en estado de inferioridad económica, y, por consiguiente, también desde el punto de vista social, cultural y político (el orden de los elementos queda a criterio del lector). Por todo ello, no creemos en una “guerra terminada”. Creemos en una tregua, lo que no nos impide soñar con que esta se eternice en los corazones de cristianos y musulmanes, con la seguridad de que la imagen urbana y humana de desolación extrema de Mostar permanecerá siempre en nuestra memoria.

Maria das Graças TARGINO es periodista y post-doctora en periodismo por la Universidad de Salamanca / Instituto de Iberoamérica.

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