Tour por Dinamarca

Desde el Norte - Capítulo 02

Tour por Dinamarca

Una de las ventajas de empezar la universidad el 24 de agosto es que, a mitad de semestre, tienes una semana de vacaciones. Hace muchísimo tiempo que llevaba planeando un viaje para estos días y, aun así, acabé decidiendo mi destino y mi compañía en el último momento. Quedaron descartados Berlín, Praga, Oslo y Eslovenia. Ganó el interrail por toda Dinamarca, una opción más asequible para el estudiante Erasmus, más incluso si todavía no te han ingresado las becas.

Una idea...
El sábado 10 por la noche, en medio de una gran fiesta en la residencia más espectacular de Copenhague, me ofrecieron irme de viaje por toda Dinamarca. Sería algo barato, dormiríamos en casas de amigos de amigos o en hostales, comeríamos sándwiches, descansaríamos poco y visitaríamos mucho.  La idea me pareció irresistible desde el primer momento. No importaba que no conociese nada o casi nada a mis compañeros de viaje o que al día siguiente tuviera que correr para prepararlo todo. Me gusta la aventura y la improvisación y este viaje era precisamente eso.

Hacía el norte
A las 10.30 del lunes,  doce personas esperábamos en la andana 5 de la estación central de Copenhague con destino a Roskilde. Ese era el punto de partida para las aventuras, las anécdotas, las risas y los primeros acercamientos. Si bien es cierto que me apasionaba la idea de conocer nuevas ciudades y pueblos recónditos en Dinamarca, me entusiasmaba muchísimo más conocer a mis once compañeros, descubrirlos día a día, en inglés o en español. Después de 5 días compartiéndolo todo en 7 ciudades diferentes ya no son unos extraños para mí.

Ahora, que el viaje ha acabado, se han archivado en mi memoria, en formato .jpg, una instantánea de cada uno de los lugares que he contemplado. De Roskilde me quedo con los barcos vikingos en medio del canal y de Odense con el barrio en el que vivió C.H. Andersen que, como decían las tres chicas inglesas que nos acompañaron en el tour, era muy cool. Aunque Aarhus como ciudad sea bonita, en mi fotografía no aparece ninguno de sus rincones. Por el contrario, cuando veo Aarhus me veo durmiendo en dos colchones en el suelo con tres chicas y un chico en casa de alguien a quien no conocíamos de nada.

Subiendo más al norte nos paramos en Aalborg, la ciudad de los callejones estrechos y sombríos, con casas de colores y adoquines en la calzada. Siempre recordaré la amabilidad del conductor de autobús que, viendo que nos había dejado en la última parada del recorrido, en mitad del bosque y sin luz, nos hizo subir de nuevo y nos llevó a la puerta del hostal. La penúltima parada me sobrecogió. Skagen es un lugar idílico, una aldea con vistas al mar en la punta de Dinamarca.

Desde su playa se puede contemplar uno de los atardeceres más bonitos que jamás haya visto. Pero lo espectacular no es eso. Lo que realmente la hace diferente es que, allí donde acaba la arena, se unen el océano Atlántico y el mar Báltico formando olas y remolinos. Y por último, desde el norte hacía el sud llegamos a Ribe, el pueblo más antiguo de todo el país. De allí recuerdo como, muerta de frio, recorría las calles junto con el sereno, que te iba explicando la historia de una villa que no ha perdido su identidad con el paso de los años.

De vuelta de todo
El viernes me levanté pronto e intenté no despertar a nadie. Tenía que coger el tren que me trajera de vuelta a Copenhague antes que todos. Mis padres llegarían en 5 horas y quería irlos a buscar al aeropuerto.

Durante los días que pasé viajando, los trayectos en el tren me habían parecido entretenidos, momentos divertidos en los que las conversaciones fluyen y las risas están aseguradas. Eran instantes bañados del rojo del atardecer, del azul del cielo, del verde de los campos y el amarillo del sol. Pero, al volver, parecía que todo hubiera descolorido. 

La lluvia no te dejaba ver nada más allá de la ventana y todo lo que se podían apreciar eran gotas de agua resbalando por los cristales. El arcoíris se había vuelto gris.

Aquel ha sido el trayecto más triste en mucho tiempo, las cuatro horas y media más amargas de los últimos meses. La ilusión por ver a mis padres de nuevo y enseñarles la ciudad que me ve crecer se mezclaba con la nostalgia de saber que los días que me esperaban no iban a ser como los había imaginado. No sé porqué fui entristeciendo con el paso de los minutos y acabé llorando, como el día, hasta mi llegada a Copenhague.

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