Remar por la vida

Venecia: la ciudad de los canales

Remar por la vida

Venecia impasible espera. Espera al visitante, como espera su carnaval, sobre troncos de madera húmedos, empapados de canal. Aguantan firmes, ayudándose unos a otros, como hermanos, como conciudadanos de una villa pequeña, con orgullo de ser y persistir.

Seguro estoy que si pudieran ser visibles no serían menos joya, menos arte, ni menos espectaculares que las construcciones Renacentistas, Barrocas, Clásicas y Romanas que sustentan.

En cada esquina serás sorprendido por una nueva mansión o una lugareña vivienda de mil colores tintados por los años. Sin conocer más que sus fachadas podrás ver diferencias entre sus barrios, pero por más pequeño y alejado que sea éste, siempre te sorprenderá con un balcón clásico sin igual, un ejercicio de proporción, sobriedad y elegancia, belleza desconchada, pero al fin belleza. Da igual a dónde o qué quieras ver, cada lugar vale la pena. Así que no compres un mapa y lo despliegues en cada esquina, serás una interferencia en un ambiente que te embriaga y tardarás el mismo tiempo en hallar tu destino, pues debes saber que estás en un laberinto de calles, callejones, plazas, patios interiores y puentes: altos, bajos, largos y cortos, de mármol blanco o piedra rosada.

Apreciar Venecia es detenerse en el centro de cada puente y asomarse a su canal.

Uno puede creer que la vida se desarrolla sólo sobre suelo “firme”, pero dos minutos en el puente adecuado nos dejarán ver: una barca con un enorme cilindro metálico encima, que presumimos será combustible para barcas a motor y casas, podremos ver a éstas a motor o a clásico remo, llenas de botellas, con piedras para restaurar o cualquier otra cosa que uno pueda imaginar.

Uno debe tomarse un tiempo en lo alto de este puente para comprender como delante de cada puerta, con sus bajos hundidos en el canal o  arrancados por la cal, hallará una embarcación, el vehículo particular de estas gentes. Salir de casa es poner un pie en la barca o en el agua. Andar es aquí remar. Para doblar la esquina, no basta con aminorar y mirar, es imperativo avisar: vocear o tocar el claxon, siempre a gusto del consumidor.

Si uno avanza calle arriba y recuerda algo que olvidó, basta con parar, girar y volver atrás por sus pasos, aquí nuestra embarcación no puede tomar cualquier dirección, no es mar abierto, no hay espacio para ello. Rema, toma un atajo y vuelve a casa por el camino más corto, o por el que sea posible.

Tan sólo existen dos cruces perpendiculares a un canal, el primero esta por todas partes: el puente. El segundo tan sólo unas pocas veces, localizado en el gran canal, que es el principal, no sólo por sus dimensiones a lo ancho y largo, sino porque divide la isla en dos, siendo a su vez su lazo de conexión, se trata de “il Traghetto”, éste es el único modo de cruzar un canal de un lado al otro a través del agua: las góndolas te esperan.

La experiencia ha enseñado a sus gentes que la tranquilidad es una virtud, no sólo psicológica, sinó también física. Asomarse a un canal es asomarse a la naturaleza de Venecia, a su tranquilidad.
La belleza de sus construcciones, del hambre de la cal, de la lucha tranquila entre el hombre y los elementos. Venecia parece venirse abajo si uno observa la pintura y sus pilares; pero el veneciano, tranquilo, en su taller, extrae la corteza del tronco que sostendrá nueva generaciones.

Ay Venecia

La Venecia de cada uno de nosotros...

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