Placeres de un día

Isla Saona, República Dominicana

Placeres de un día

Bienvenidos a Mano Juan. Sí, bienvenidos. Aunque nadie preste atención al letrero verde y amarillo con letras negras que recibe a los visitantes, bienvenidos a un lugar en el que muchas cosas están prohibidas y sólo una multiplica en pedazos de eternidad las pocas horas de diversión permitidas en sus calles de arena y aguas de cristal: saber que se está muy cerca de lo que debió ser el paraíso.

La estampa perfecta
La quietud que deja el motor de la lancha al apagarse augura un día de tranquillas sensaciones. Rodeado de maleza en los costados y en su parte trasera y salpicado de palmeras en la cara que da al mar, Mano Juan es la estampa perfecta del paraíso playero. En el minúsculo poblado, el verde y el azul se disputan las miradas de los turistas que llegan en la mañana desde Bayahíbe y La Romana para zambullirse en sus aguas claras y tomar el sol en una enorme franja de arena blanca.

Tienen hasta las 4:00 de la tarde para divertirse, jugar voleibol, caminar por el muelle, descansar bajo los cocoteros, comprar artesanía criolla y, si lo desean, darse una vuelta por los alrededores. Para las cinco de la tarde, sólo los saoneros tienen justificada su estancia en el lugar.

Es por eso que nadie le presta atención al letrero que da la bienvenida. No hay tiempo que perder. Se encuentran en un área protegida del Parque Nacional del Este y los placeres, aquí, están limitados a un día.

Isleños por partida doble
De los 110 kilómetros cuadrados que tiene Saona, la más grande de las islas adyacentes de República Dominicana, apenas unos pocos metros le pertenecen a Mano Juan, el primer pueblo que inauguró sus tierras en 1944 por órdenes del dictador Rafael Leonidas Trujillo. Hay otro pueblo en la isla mucho más pequeño, Catuano, que se ha ido poblando gracias a su cercanía con la costa mayor.

Por temor a que los norteamericanos “se apoderaran” de la isla, Trujillo envió varias familias para que la poblaran y a la vez sirvieran de centinelas. Eran 12 personas. Llegaron a 700. Y luego...

Vivían de la pesca y la agricultura pero a partir de 1975, cuando la isla Saona fue declarada zona protegida, vieron limitadas todas sus actividades. Se acabó la tala de árboles para hacer carbón, se acabó sembrar y explorar por placer, se acabó llevar personas gratis al lugar y se acabó la construcción. Para construir una casita nueva, en madera o en concreto, hay que pedir permiso a las autoridades.

El único colono vivo, Juaniquito, tiene 73 años. Llegó a la isla con apenas 10 años y asegura que allí encontraron “indios” que vivían escondidos en las muchas cuevas de los alrededores. En República Dominicana existe la creencia de que no todos los indígenas fueron exterminados con la colonización de la isla, por lo que estas historias se siguen con cierta pasión.

 

Cambio ¿radical?
A finales de los años 90, cuando el boom de la industria turística alcanzaba su esplendor en Bávaro y Punta Cana y el este se perfilaba como el nuevo gran polo turístico del país, la isla Saona, al sur de la más oriental de las provincias dominicanas, comenzó a recibir turistas por montones. ¿Llegaría el progreso? ¿Llegaría el dinero que no consiguen pescando, cosechando cocos?

No como los pobladores pensaban. Mano Juan, que nunca dejó de ser un pueblito pesquero, debía compartir sus encantos con el mundo y sus habitantes debían adoptar los comportamientos de un pueblo turístico: tratar con extranjeros, aprender frases en otros idiomas, vender artesanía, caracolas y aceite de coco y acostumbrarse a la tiradera de fotos. Nada más.

Pese a las precariedades –apenas reciben dos horas de energía eléctrica al día y deben trasladarse a La Romana para abastecerse de alimentos-, los pobladores se acostumbraron al contraste que ofrece el pueblo frente al mar y el que se esconde detrás de la hilera de casuchas: un pueblo como cualquier otro, pero con las calles de arena y la bendición eterna de un radiante sol.

Cuentan con una escuela, una clínica, dos iglesias, un área grande que utilizan como campo de béisbol, un destacamento permanente de la Marina de Guerra y un cementerio que permanece abandonado porque en Mano Juan la gente no se muere fácilmente. Se alimentan bien y no hay prisas por vivir. Es que tampoco son muchos: menos de 300 repartidos en unas 100 viviendas.

 

Disfruta, rápido…
No están hartos del mar, pero salvo los niños, que disfrutan tenderse en la arena a juguetear, en Mano Juan prefieren entretenerse con las peleas de gallos, el juego de pelota y las partidas de dominó. El agua, los paisajes, el único restaurante del pueblo, se lo dejan a los turistas.

Aunque recibe miles y miles de visitas al año, pocas personas han visto un amanecer y un atardecer en la isla Saona. Los turistas deben marcharse antes del anochecer y el que quiera permanecer debe pedir un permiso a la Secretaría de Medio Ambiente. Y pagarlo, claro.

Pero vale la pena disfrutar de estos placeres de un día, dejarse deslumbrar por las muchas playas que bordean la isla antes de llegar a Mano Juan, reprimir la tentación de tirarse de la lancha y esperar llegar al alejado y pintoresco pueblito, donde el goce pleno -y rápido- de sus tibias y claras aguas y la contemplación -también rápida- de sus paisajes irrepetibles compensan el viaje.

Como dicen, las cosas buenas duran poco. Tan poquito que nadie se detiene a ver el letrero de bienvenida.

Cierto!

Lo más cierto y placentero, es que aunque el turismo es el sostén de la Saona, sus habitantes fijos, casi, casi pasan de los de a dias. Por lo que no tienes que "quitarte de encima" a gente tratando de ver como sacan un poco más de provecho de los turistas (nacionales o internacionales). Es eso parte de lo qe hace sentir a Saona como el paraíso. Y el resto, claro, lo magnífico de la naturaleza del lugar.
Como siempre, muy rica tu nota, Yalo.
Kusjes desde la fría Holanda.

Cierto: Saona es muy cercano al paraíso.

Yaniris, qué buen artículo.
Hace unos años tuve la fortuna de conocer Saona, desde uno de los resorts de Bávaro. Un tour de día nos llevaba fugazmente, atravesando en lancha a través de las aguas turquesa, llegando a tendernos en cómodas hamacas blancas, mirando el reflejo del sol en el espejo de agua....Saona debe ser lo más cercano al paraíso que yo conozca hasta ahora.
Lamentablemente la travesía sólo dura unas horas y todo está medido y limitado. Lo que más lamenté fue no haber tenido más tiempo para hablar con las personas que vivían en la isla. Aunque cada pueblo tiene lados blancos y negros....me llamó la atención lo alegres que son. El grupo de turistas iba a poner el toque gris a ese ambiente luminoso. La sensación de sol me acompañó durante meses. Pero el recuerdo de la amabilidad y alegría de su gente, lo conservo hasta hoy.

Cariños, esperando volver algun día,
Carolina.

¡Venga, Caro!

Aquí estaremos esperándote, Carolina. Armaremos un viaje y te llevaremos a Mano Juan, para que escuches historias increíbles y pasees por el centro, donde hay cuevas y paisajes de ensueño, y así tu viaje dure un poco más que lo que permiten las autoridades en la Isla. Abrazos,
Yaniris

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