Pasión... fuerza... raza... tradición

Menorca: más que calas y aguas cristalinas

Pasión... fuerza... raza... tradición

Su nombre es Menorca.... La podremos conocer por sus cristalinas aguas y sus calas vírgenes y paradisiacas. O tal vez por ser una de las islas del archipiélago balear. O, a lo mejor, por las ofertas que las grandes compañías aéreas nos ofrecen para viajar a ella. Pero esta isla ofrece algo mucho más especial. Menorca es hogar de una raza de caballos de esbelta figura, extremidades finas y conformación fuerte: el caballo menorquín.

 

El caballo menorquín luce por las calles de la ciudad siendo el principal protagonista de las fiestas patronales. Negro azabache, imponente, de larga y fina cabellera. Cada detalle está cuidado con una precisión milimétrica. Los lazos de colores adornan su crin formando perfectas trenzas. Los jinetes, o caixers, se visten de blanco y negro para bailar sobre su caballo en el popular y tradicional jaleo. Aunque la fiesta álgida es en San Juan (junio), durante todo el verano se puede disfrutar de jaleos en los distintos festejos patronales de la isla.

 
Empieza la fiesta
Un gentío se agolpa en la plaza del pueblo: las calles están vestidas de gala. La orquesta preparada para entonar la marcha popular. Empieza el repique de tambores. Se unen a él trompetas e instrumentos de viento. A lo lejos, el público aplaude, aún sin saber porqué. Y, de repente, cuando menos te lo esperas, aparecen ellos. Como una pareja perfecta. Como el yin y el yan, se funden para crear un completo. Jinete y caballo van al unísono. Juntos, se abren camino entre manos y brazos que se alzan para acompañarlos en su paseo. El jinete, animado por los presentes, envalentona al caballo para levantarlo. Mezcla de bravía y técnica, cuando las patas delanteras se despegan del suelo, decenas de valientes ponen toda su fuerza en el pecho y las patas del equino. Así, lo acompañan en sus minutos de “vuelo”.

La pericia y la experiencia del jinete es fundamental para el espectáculo. Ellos, con mayor o menor suerte, son los encargados de hacer vibrar al público. A nosotros, los que miramos y disfrutamos, nos queda la tarea de recompensar el trabajo con aplausos y jaleos. La sintonía orquestal es siempre la misma, con lo que, después de unos minutos, tu cerebro ya solo entona esa melodía y las cuerdas vocales empiezan solas a tararear los compases. A pleno sol veraniego, en la plaza principal del pueblo, parece que el tiempo se detenga para dejar el protagonismo total y absoluto a los caballos. 
 

El festejo en Ciutadella
Aunque no he tenido el gusto de poder vivir la fiesta grande en San Juan, cuentan que la ciudad de Ciutadella se paraliza durante la semana que dura la celebración. Decenas de caballos salen de día y de noche por las calles, paseando y jaleando con miles de personas que se agolpan alrededor de ellos para disfrutar del espectáculo. Una fiesta donde todo el mundo es partícipe. Hay quien prefiere verlo de lejos. Los hay que, valientes, esperan ansiosos que el caballo levante para acariciar su curvada barriga. Otros, corren a adquirir sacos de nueces y
esparcirlas por el suelo para que a cada paso de caballo, el sonido sea ensordecedor.

Diferentes maneras de vivir la fiesta. Diferentes opiniones de la misma. Diferentes momentos para gozar de un solo espectáculo: el jaleo con los caballos menorquines.  
 

 

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