Los contrastes de Siria

Siria

Los contrastes de Siria

En la misma frontera el primer contraste fui yo mismo. Me acerqué a la ventanilla, un grupo de funcionarios reía a carcajadas por algún chiste previo. A un lado, una mesa baja con unos vasos y una tetera aún humeante. Saludé con "sabah al-hir", como en Jordania y Egipto, y tras mirarme respondieron rápidamente en árabe, puede que me invitaran a sentarme. "Lo siento, no hablo su lengua". Barba de pocos días, pelo y ojos castaños, ni siquiera las gafas o la ropa eran demasiado originales. Les sorprendió el pasaporte, y siguieron con las bromas: no sólo parecía árabe, quizá debería considerar serlo. O quizá lo fueron mis antepasados y yo no lo sabía.

Fue la primera sorpresa en el país que hoy llaman República Siria, una parte de la Gran Siria que una vez fue, y que la política del siglo XX se llevó por delante. La política occidental, por supuesto, no la árabe. Y por cierto, ¿qué es un árabe?

¿Son árabes sólo los habitantes de Arabia Saudí? ¿Y los sirios, los iraníes, los argelinos, los sudaneses? ¿Los cristianos y judíos de Oriente Próximo, tan semitas como los árabes? ¿Los neoyorquinos que hablan árabe? ¿Los musulmanes de Nigeria o Mali? Indonesia, el país con más musulmanes del mundo, ¿es árabe?

Según el Antiguo Testamento, los habitantes de la Península Arábiga son descendientes de Sem, hijo de Noé: de ahí el calificativo de semitas. El lugar donde por vez primera se habló árabe fue en Petra, la capital nabatea. Además de estos árabes puros, existen los arabizados, descendientes del profeta Ismael, el hijo al que Abraham no llegó a matar porque le detuvo Dios (fue Dios mismo el que se lo pidió: el Dios del Antiguo Testamento era bastante sádico). Según el Corán, "no hay diferencia entre un árabe y un no (hablante) árabe, salvo por su temor de Dios". Mahoma dijo que un árabe era el que hablaba árabe, lo que excluye a turcos y persas.

Según la raza y la legislación racial estadounidense (uno de los pocos países que la tienen), los árabes son caucasianos, es decir, blancos: "los blancos incluyen a las personas cuyos ancestros vivieron en Europa, Norte de África y Oriente Medio". Según T.E.Lawrence (de Arabia) los árabes viven "en el paralelogramo que forma Iskenderun hasta el río Tigris, bajando por el Golfo Pérsico hasta Mascate, y vuelta por el Mar Rojo, por Aqaba hasta el Mediterráneo". Esto excluye a los norteafricanos en general, desde Egipto hasta Mauritania; al resto de africanos; a la enorme cantidad de musulmanes que hay en Asia Central, a Afghanistán, Pakistán, Indonesia...

¿Quién es árabe, entonces? Según la Liga árabe: "un árabe es una persona cuya lengua es el árabe, que vive en un país en el que se habla árabe oficialmente, quien simpatiza con las aspiraciones de las personas que hablan árabe." Ni rastro de Allah, pero tampoco es una definición perfecta: Palestina quedaría fuera, y la realidad árabe es tan múltiple como la Unión Europea, que en Oriente es vista como un club cristiano. Rosa Regàs entrevistaba a un tendero damasceno en los años 90:

«¿Les gustaría a ustedes [los occidentales] que nosotros confundiéramos a los finlandeses con los italianos, o los alemanes con los españoles? Más aún, ¿a los nazis con los demócratas? Pues esto es lo que hacen. Los hay que incluso hablan de los moros cuando se refieren a los iraníes y cuando dicen árabes engloban a un conjunto de pueblos distintos entre los cuales se encuentra por ejemplo el Irán. Se confunde el musulmán con el árabe, el árabe con el integrista...»

Los contrastes de Siria

Llovía en Damasco, y lo que es aún peor para un viajero, ni un alma en los cafés, o en los mercados. Todo el mundo estaba en sus casas, celebrando el Hajj. Algunas camionetas esperaban en mataderos improvisados, en las cunetas de las amplias avenidas de entrada a la ciudad. Los corderos que allí se degollaban iban destinados a la celebración familiar de la gran fiesta anual musulmana; en 2006 coincidía con la Navidad occidental.

Pero todo esto no lo descubrí hasta casi una semana después, en un pequeña casa de comidas en el valle del Orontes, donde un trajeado señor con dos críos rubios miraba la televisión colgada del techo, mientras un verdadero festín se enfriaba ante ellos, aún sin tocar. A las seis en punto, y como si hubiera sonado la sirena de una fábrica, empezaron a comer. Pero no sólo eso: cientos de neones se encendían a esa hora de la tarde, las calles empezaban a llenarse de familias paseando. El Hajj había terminado, así que aproveché para acercarme a una pastelería. Un kilo de dulces hechos con pistachos, avellanas, zanahoria y calabaza, almíbar y almendras, llenó una bolsa y más tarde mi (ya enorme) barriga. También me invitaron a un café, tan espeso que se tomaba como un yogur. ¿Quién me iba a decir a mí que se comía tan bien en Siria?

Desde luego, no la prestigiosa guía que me acompañaba, y que seguía consultando sólo por divertida curiosidad. En Damasco recomendaba estrechos alojamientos con fuerte olor a desinfectante. En Palmira describía bimilenarias avenidas con aburrida impaciencia (del autor) por volver a algún café; éstos sí estaban detallados, especialmente aquéllos en que se podían tomar bebidas alcohólicas. En Homs estaba la estación de autobuses más caótica, supuestamente, de Siria; pero llegué de paso, y localicé la ventanilla, compré el billete y subí al siguiente bus en menos de 10 minutos, y llegué a destino sin equivocarme. El autor de la guía seguramente no había estado en las estaciones de buses de Elche o Alicante: eso sí que es un caos.

En dicho autobús, moderno como cualquier otro que hubo en España en los años 80, se llevaba una limpieza escrupulosa. Tanto el conductor como el revisor trataban el vehículo como si fuera el salón de su casa, alfombrado, con cortinas y televisor, e incluso invitaban a zumo y dulces. Una señora se puso a cambiar los pañales a su hijo pequeño en el asiento, y el olor debió de llegar a la primera fila. Hubo un frenazo, y en plena autovía, el revisor los echó a la carretera. Después, vació un bote de ambientador en la fila de asientos, mientras la señora arreglaba al bebé acuclillada en el asfalto. Cuando volvió a subir, las miradas de desprecio rezumaban machismo. En la televisión pusieron un programa que empezaba como las películas de Joselito, pero luego salía una especie de Capitán Spaulding para seguir como una zarzuela, a ratos cantando y a ratos diálogo cómico cual Les Luthiers.

No es asunto simple el olor en Siria. En Oriente, los sentidos del olfato, gusto y tacto siguen siendo mucho más refinados que en Occidente, mal que nos pese. Los sabores son más potentes y variados, las calles y las personas huelen a canela, a mandarina, a sándalo. El bus me dejó en la estación a las afueras de Hama. Por supuesto, la guía decía que no existía tal sitio, que estaba en el centro de la ciudad. Un anciano que olía a jazmín fue extremadamente amable, y me acompañó el kilómetro largo que había hasta el río, donde ya se veían las enormes norias romanas. Señaló con el brazo: "dos calles más allá", entendí. "Shukran". Y acertó. Esa misma noche paseé por la ribera del río, donde las norias me provocaban vértigo pero hacia arriba, tan grandes eran. También influía que era de noche, y aunque la zona estaba iluminada, el Orontes tenía un color tan negro como mi miedo. Huí de las norias, y por el camino encontré a una barcelonesa de la que he olvidado el nombre. La única mujer en una hora del día y un país pensado sólo para hombres. Según una cordobesa casada con un sirio, hacia 1989, entrevistada por Rosa Regàs:

«En 1982, cuando yo fui a la Universidad de Damasco, ni una sola mujer llevaba pañuelo y ahora lo llevan por lo menos el veinticinco por ciento. Y lo mismo ocurre en las oficinas. En los años sesenta, en Siria las mujeres adoptaron la minifalda y en este momento ni una de ellas se atrevería a llevarla por la calle. Aumenta el integrismo como en Occidente aumentan el conservadurismo, el nazismo y las sectas religiosas.»


Nada ni nadie es perfecto

Porque cuando se pone el sol ya no hay mujeres por la calle; desde luego, no solas. Muy pocas salen con su marido del brazo, y siempre con el pañuelo cubriendo el pelo. Ahora que lo pienso, sólo en el centro de Damasco vi a chicas sirias como si estuviera en Europa, con pelo largo y suelto, con falda o vaqueros ceñidos. Cuanto más pequeño era el núcleo urbano, fuera un barrio o una aldea, más conservadoras en el vestir. Y que nadie se equivoque: la mayoría de veces llevan el pañuelo por deseo propio y no porque se les haya impuesto, por costumbre de madres a hijas y no por religión, por defensa de los valores tradicionales frente a las invasiones bárbaras.

Así ocurre al menos en los países con mayoría musulmana pero gobierno no religioso, como en Turquía. En Siria, la república es gobernada por un sistema de partido único: el Baaz, que fue panárabe y laico en su creación. Palabras aparentemente democráticas, que no esconden a Bachar El Assad, quien gobierna en Damasco como un califa eterno que heredó el poder de su padre. No lo ocultan en absoluto: su imagen se encuentra en cualquier tienda, en los taxis y autobuses, en las calles. (El otro país panarabista donde triunfó Baaz fue Iraq: Saddam Hussein llegó al poder aproximadamente al tiempo que el padre de Bachar en Siria.)

De todos modos, no se me ocurriría juzgar a un país cuyas fronteras fueron diseñadas en 1918 en Londres, tras engañar a los políticos locales con promesas que luego no se cumplieron. De aquella época de Lawrence de Arabia ha quedado poca influencia francesa, el país que obtuvo en sorteo la gestión, y que utilizó Siria como campo de tiro y saqueo. En pleno siglo XX. Otra entrevista de Rosa Regàs:

«Cuando Occidente era defensora de la democracia para sí pero imponía su yugo colonial a los países subdesarrollados, nadie se metió con Siria. Ahora que ya nadie tiene intereses directos en el país, se le exige que adopte la misma forma de gobierno que Occidente. Y cuando tras la independencia los sirios tuvieron unos pocos años de democracia nadie les ayudó a conservarla, sino todo lo contrario. (...) Cuando Francia vio amenazado su poder por las violentas manifestaciones de los nacionalistas sirios, que pedían la independencia y, con toda probabilidad, la democracia, asesinó sin juicio a cientos de insurrectos y los expuso para su escarnio en la plaza de Mezzè sin que el mundo civilizado protestara ni hablara entonces de democracia. (...) Ni cuando en represalia incendió aldeas enteras (...) y bombardeó Damasco.»

Aparte de la Mezquita, nada podía ver en el Gran Bazar damasceno, tiendas cerradas que ya eran viejas cuando Matusalén nació, apenas fijarme en los pequeños huecos del techo, balazos de la Gran Guerra. Llegué al barrio cristiano, que también cerraba, en su caso por Navidad. Paré ante un patio, hermoso y recogido, con jardineras de flores y una vieja bicicleta, y ropa tendida. A mi lado pasó un señor trajeado, pelo cortado a navaja de color carbón y un pañuelo asomando por el bolsillo. Puede pasar a verlo, me dijo en francés, y siguió su camino calle abajo. Tras visitar uno de esos lugares que enseñan más sobre una ciudad que cualquier monumento o guía, seguí por la calle y paré ante la única tienda abierta: atendía el mismo señor de traje gris claro impecable. El dependiente de una tienda de sombreros de una película de Clark Gable. Me invitó a pasar, charlamos durante más de una hora y aprendí más, si cabe, de este hermoso y gran país de contrastes.


Lo más antiguo, lo más nuevo

En la Gran Mezquita Omeya, el tercer lugar más sagrado para los musulmanes tras la Roca en La Meca y Medina, uno podría esperar un lugar grave, silencioso y extremadamente antiguo; se sabe que en ese mismo lugar ya había culto en el siglo IX antes de Cristo, es decir, hace tres mil años. Sin embargo, parecía un lugar de fiesta: niños corriendo de un lado a otro, familias que van a pasar el día, jóvenes leyendo alguno de los tomos que hay en las viejas estanterías de madera, el suelo de mármol blanco impoluto en el patio, los frescos medievales aún con inserciones de oro puro, que hacen que brillen como nuevos.

Mucho más lejos, en el desierto, tuve el privilegio de sentirme solo en Palmira. No había nadie, los circuitos turísticos se habían marchado tras la comida, y el atardecer batía los colores: naranja, rosado, ocre... La sensación de silencio absoluto fue rota por una pequeña niña vestida como Heidi, incluyendo unos hermosos coloretes color carmín que ella misma se habría hecho jugando con el maquillaje materno.Vendía pulseras sin mucha convicción. Más arriba, en otro palacio prerromano, vi a su hermano tocando la armónica, pero no lo oí. Ya de vuelta en casa, me di cuenta de que no había hecho ninguna foto en Palmira. Es obvio: ¿cómo se fotografía el silencio?

De vuelta a los alrededores de Damasco, en un pequeño pueblo llamado Ma'aloula, buscaba algún resto de la lengua que probablemente hablaba Jesús, el arameo (Cristo no hablaba inglés ni español, probablemente no era pelirrojo ni rubio, y desde luego no sabía leer ni escribir). Pensaba que el arameo sería algo reducido a estudiosos y religiosos, pero lo cierto es que lo encontré en el mismo minibús desde Damasco. Era el primer día de enero por la mañana, y lo hablaba una joven pareja que iba delante de mí, con su hijo de unos tres años y los ojos más grandes, verdes y bonitos que yo haya visto. En cuanto le salga bigote llevará de cabeza a las damascenas, al tiempo. El arameo suena como el árabe, pero más largo y quizá más suave, pero la lengua depende muchas veces de quien la pronuncia. Lo interesante es que había muchos, pero muchos niños en un pueblo tan antiguo, y seguramente todos ellos hablan ambas lenguas.

Ma'aloula era también interesante para mí porque es el origen de la patrona de los informáticos (y de Tarragona). Santa Tecla fue una de las primeras feministas de la historia; se dice que dejó a su marido para acompañar a San Pablo en sus viajes a España y otros lugares. Feminista por castidad: era el único modo que tenían las mujeres en la Antigüedad para hacer valer sus derechos, como demostrara Lisístrata. Se supone que por eso, o por predicar el cristianismo en época panteísta, el caso es que los romanos persiguieron a Tecla por las montañas de Tierra Santa, concretamente hasta Ma'aloula. Tecla subió y subió, hasta encontrar un callejón sin salida en la montaña. Los romanos se acercaban y ella se puso a rezar. En algún momento, justo antes de que llegaran los malos, Tecla dijo la palabra adecuada y la roca se abrió, permitiéndole pasar. Si era un portal, si la palabra era la contraseña, no lo aseguraría. El caso es que a través del desfiladero (fijj) se llega a la cumbre, donde hay un monasterio y una cueva donde se supone que está enterrada la santa, en la que una monja leía la biblia junto a una estufa eléctrica. Una tarjeta comercial le servía de marcapáginas.


¿Qué será de Siria?

¿La acosará la política antiterrorista internacional? ¿Resistirá a la modernidad de cocacolas y hamburguesas? La piedra contra el tiempo: ¿resistirá Qala'at al Hosn, el inmenso Krak des Chevaliers? Allah jugaba al Exin Castillos, y le salió la madre de todos los castillos, "la síntesis de todos los sueños de niños sobre castillos de justas medievales, torneos, armaduras, alabardas y conquistas a espada y caballo" (Paul Theroux).

Por mi parte, no pude ver Aleppo y su zoco rival del de Damasco; ni la ciudad romana de Bosra, hermana de la jordana Jerash; ni llegar hasta Mari, con ruinas tan viejas que son poco más que polvo, en la carretera del desierto que termina en Iraq; tampoco Antioquía o Iskenderun, la vieja Alejandretta de la Gran Siria que hoy languidece tras una frontera turca.

Ojalá todos estos lugares, así como los que tuve la suerte de visitar, sigan manteniendo sus contrastes para los sentidos. Fue como darse una fiesta de creatividad.

Mi más sincera enhorabuena

Mi más sincera enhorabuena al autor. Ha sabido plasmar una realidad muy compleja en este artículo......para sacarse el sombrero

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