La Pasión según las historias del Quiché

Guatemala

La Pasión según las historias del Quiché

Un año más, la Semana Santa extiende su manto multicolor por las ciudades y pueblos de Guatemala. Se percibe en el ambiente, festivo, multitudinario, tamizado por la neblina que emana de los incensarios, ya sean católicos o mayas, reflejo de la fusión espiritual que renace en estos días de recogimiento y devoción.

Chichicastenango y el Popol Vuh
Bajo formas de apariencia cristiana, en la región del Quiché surgen manifestaciones de honda raíz indígena. Nuestro viaje comienza en la ciudad de Chichicastenango, considerado por algunos antropólogos como el núcleo del sincretismo en Centroamérica.

ChichicastenangoSu mítica iglesia de Santo Tomás permanece en lo alto de una antigua pirámide. Allí, católicos y mayas-quiché celebran sus respectivas ceremonias casi sin solución de continuidad espiritual.

En las escalinatas y el atrio, los turistas no dejan de fotografiar los rituales indígenas; en el interior del templo, donde está prohibido tomar instantáneas, se desarrolla la misa católica, oficiada en idioma quiché. Ese mismo edificio fue escenario, en 1701, de un hecho sin precedentes, decisivo para comprender los significados de la espiritualidad maya. Aquel año, un grupo de indígenas entregó al párroco de la ciudad, el Padre andaluz Francisco Ximénez, su ejemplar manuscrito del Popol Vuh, el libro sagrado de las antiguas historias del Quiché. 

Mujer chiijXiménez, admirado por el hallazgo, aplicó su sabiduría lingüística para traducir la obra al castellano. El original volvió a manos de los indígenas y hasta hoy se desconoce su paradero: No se sabe si fue destruido por los inquisidores, enterrado o, como un tesoro, permanece todavía escondido en algún lugar secreto.

El minucioso trabajo del Padre Ximénez inmortalizó la que es considerada “la Biblia de los quichés”, también llamado “el libro del tiempo”. En sus páginas, se encuentran las claves para comprender los conceptos básicos de la cosmovisión local y la formación de los 22 pueblos de origen maya que hoy conviven en Guatemala.

El calendario sagrado
Mujeres sentadasJunto al Popol Vuh, el calendario sagrado es de vital importancia para descifrar los enigmas de la religiosidad local. Nacido de la antigua observación de los astros, representación a su vez de personajes mitológicos, el calendario maya es un engranaje perfecto de medición del tiempo, más exacto incluso que el sistema gregoriano.

Los mayas concibieron una cuenta de 18 meses de 20 días cada uno, es decir, 360 días. Los cinco días restantes, necesarios para completar el calendario solar, fueron agrupados en un mes diferente al resto, al que llamaron “Uayeb”. Eran conocidos como “los días sin nombre”, jornadas propensas a desgracias o catástrofes, que dedicaban al recogimiento y la meditación.

En esos días de silencio, no faltaba el sufrimiento físico para purificar el alma ante la llegada de un nuevo año. La conquista española y la consiguiente imposición católica no pudieron anular la tradición espiritual autóctona; sólo la ocultaron. Los mayas adaptaron sus creencias a las nuevas prácticas de advocación, pero en el fondo, siguieron adorando a sus dioses, revestidos de imágenes cristianas. Los días del Uayeb adquirieron, de esta manera, las formas de la Semana Santa.

Changalikes y gateadores
MujeresDesde Chichicastenango, una serpenteante carretera nos conduce a Santa Cruz del Quiché. Allí podemos tomar un solitario camino de tierra que, tras casi hora y media en vehiculo de doble tracción, nos conduce a una pequeña localidad llamada San Andrés Sajcabajá, que aparece de repente, como un oasis en medio del desierto.

Estamos en el corazón del Quiché, un lugar rodeado por una vasta y escarpada geografía, donde casi no se habla el español. En sus apacibles calles convive una población de gran mayoría indígena, frente a sólo un 2 por ciento de “ladinos” o mestizos. A medida que avanzan las horas de la Semana Santa, crece la expectación entre sus habitantes. Las mujeres visten sus mejores blusas bordadas o “huipiles”. Y algunas decoran su cabeza con el “chiij”, a modo de turbante con profusos adornos.

Colocando el tronco de rosalEn consonancia con los días del Uayeb, los grandes protagonistas hoy en San Andrés Sajcabajá son los penitentes. Es Jueves Santo por la mañana y ya preparan al primer grupo, el de los “changalikes”. A Felipe Toj, que ejerce este papel desde hace 15 años, le colocan un travesaño de tronco de rosal en los hombros. Él será quien encabece el Vía Crucis, acompañado por un grupo de nazarenos que, descalzos, portan cruces de madera de unos 70 kilos cada una.

A los principales les han sujetado los tobillos con férreos grilletes. Sólo su habilidad a la hora de caminar les permite mantener el equilibrio, a costa del constante y doloroso roce de la piel.

Espinas, lamentos y sincretismo
Sus cabezas son adornadas con una corona de espinas, si bien en este caso es sólo simbólica. Las han sacado de la palma del coyol y adornan una fina corona forrada de tela hecha una pita autóctona llamada “petate”.

GateadorA esta ecléctica muestra religiosa se añade el lúgubre lamento de los “cantadores”, un grupo de varones habitualmente encargado de llorar a los muertos en los funerales, que adapta aquí el rezo del Rosario con tonos que más bien parecen heredados de la época precolombina.

Es un lamento procesional que, junto a los chasquidos del metal lacerante, nace de las entrañas del pueblo quiché, del Uayeb, de la Pasión de San Andrés: una forma de expiar, desde el anonimato, los pecados de una vida encadenada. Hoy sus habitantes no viven épocas pasadas de esclavitud y sometimiento, pero San Andrés Sajcabajá sigue siendo pobre, un flagelo penosamente asociado a lo indígena.

Hacia la iglesiaEntre el sonido y el silencio
El ritual discurre por las estaciones del Vía Crucis en medio de una oración musical profunda, porque, la emisión armónica de sonido, según los mayas, es el origen de la creatividad para el comienzo renovado de un nuevo ciclo temporal; pero el sonido surge del silencio, del origen de las cosas: “al principio, antes de la creación del mundo, todo estaba en calma, inmóvil y callado”, según el Popol Vuh. Mediante el silencio, el ser humano se reencuentra consigo mismo y puede emprender un camino mejor.

Parada en el caminoPor eso, a pocos metros de la procesión, en una austera casa de adobe, la ausencia absoluta de ruido preside la concentración del otro grupo de penitentes: el de los gateadores. Así pasan las horas hasta su entrada en la iglesia el Viernes Santo por la mañana, en la que, arrodillados frente a la imagen de Jesucristo, reciben el suplicio de un manojo de afiladas espinas que portarán en sus espaldas descubiertas. Pertenecen a una planta autóctona que no se podía llamar de otra manera: corona.

Grilletes y alfombraLentamente, salen gateando de la iglesia. Avanzan callados, descalzos y con la cara oculta, reflejo del silencio y la oscuridad que presidió la Génesis maya. Ahora regresan a ella para rescatar la pureza original del ser humano y afrontar un nuevo ciclo. Con el Rosario en su mano derecha, se disponen a recorrer el Vía Crucis por las calurosas calles de San Andrés, en una peregrinación con la que culminan cuarenta días de ayuno y abstinencia sexual.

El hombre de maíz
A su lado, algunos familiares les acompañan. Les colocan alfombras de lana a lo largo del recorrido y les asisten si necesitan agua. Pero, ¿por qué gatean? Una posible explicación nos devuelve a las páginas del Popol Vuh. Relata el libro sagrado que, antes de la formación del hombre actual, los seres humanos fueron creados de madera, pero carecían de alma y de razón. No tenían conciencia. Pronto se olvidaron de sus dioses y, caminando a gatas, vagaron sin rumbo por todas partes. Sus creadores les castigaron con gran un diluvio. Hoy los descendientes de aquellos primitivos seres de madera son los monos.

GateadorBajo el rito católico de redimirse ante las estaciones del Vía Crucis, los gateadores estarían cumpliendo con la tradición maya de revivir la creación del ser humano auténtico. Porque, después del hombre de madera nació el hombre verdadero, hecho de maíz y, con él, comenzó la era del pueblo quiché.

En un punto del trayecto, se unen a sus compañeros de contrición en el momento más emotivo de la ceremonia: los gateadores besan las cruces de los changalikes en la fusión repetida de lo cristiano y lo maya. Es el momento en el que los sufridos cuerpos de unos pocos se unen en la renovación espiritual y la esperanza de un tiempo mejor para un pueblo históricamente crucificado.

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
  • No se admite ninguna etiqueta HTML
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

To prevent automated spam submissions leave this field empty.
CAPTCHA
Responde a la pregunta para validar el envío.