La melancólica mirada del Güegüence

La melancólica mirada del Güegüence

El pueblo nicaragüense de Diriamba se engalana para celebrar sus fiestas patronales en honor a San Sebastián. Es una reunión abierta y multicolor que tiene su referente en el Güegüence. Esta obra de teatro es conocida también como “el Macho Ratón” y pervive desde el siglo XVIII como patrimonio inmaterial de Nicaragua y del mundo, como reconoció la UNESCO en 2005. Sin  embargo, la tradición no cuenta con el respaldo necesario para asegurar su permanencia.

Como un rasgo cultural puro de la historia de Nicaragua, el Güegüence se abre paso en la algarabía festiva de Diriamba. Este pueblo, cercano a Managua, mantiene viva su raíz indígena. No en vano aquí nació uno de los emblemas de la resistencia nativa: el cacique Diriangén. Ahora, entre el gentío que acompaña las procesiones cristianas, refulgen las máscaras y los trajes que representan la época colonial y el mestizaje. El Güegüence es una obra de teatro, pero también es música, baile y sincretismo, todo ello reflejado diálogos que esconden la burla indígena hacia el dominio español, en castellano antiguo y en náhuatl:

…no más hemo mantera de revoso, no mas hemos capotin colorado á sones panegua sesule  Güegüence, Señor gobernador Tastuanes” ( “…sólo tenemos manto de rebozo, ya solo tenemos capotín colorado quizá peores que los de ese Gran Bufón del Güegüence, Señor Gobernador Tastuanes”).

Güegüe significa “anciano” en nahuatl. Lo confirma un diriambino de nacimiento, el historiador e investigador Octavio Argüello, cuyo semblante se enorgullece al hablar de este tesoro de la cultura local y nacional. “Mediante la inclusión de términos y frases en náhuatl, el autor quiso ocultar el significado real de la obra, basada en la picaresca y la crítica hacia el dominio español”, confiesa.

El Güegüence es el protagonista central de esta obra de teatro callejero escrita en el siglo XVIII y perpetuada por tradición oral. Se desconoce su autoría, aunque bien pudo ser indígena o mestiza. El maestro Argüello nos explica que la escribió alguien que sabía de teatro. En su creación influyó la novela picaresca española y su intención estuvo alejada del propósito de evangelizar, a diferencia de otras puestas en escena en América Latina.  

El Güegüence se representaba en las esquinas de Diriamba al estilo del teatro callejero europeo. El argumento gira en torno a la estructura dominante en la colonia, a la ruina económica de la provincia y al pago de tributos que se exige al protagonista. En apariencia, éste se ha hecho rico gracias al comercio de mercancías por Mesoamérica, desde Veracruz (México) hasta Nicaragua, ayudado por sus recuas o mulas, también llamadas “machos”. De ahí que a la obra también se la conozca como “El Macho Ratón”. Aunque en la obra se citan hasta doce machos, no hay constancia del porqué de dicha denominación.

Tampoco hay explicación sobre el origen del vestuario. El Güegüence y el resto de protagonistas “humanos” de la obra llevan una máscara de mirada fría que representa el ser español. El sombrero de tres picos es fácilmente identificable en el protagonista principal, el cual está adornado con monedas, las mismas que se advierten en el faldón que porta. Representan la riqueza que aparentemente ha atesorado y sobre las cuales ha de rendir cuentas al gobernador Tastuanes. Sin embargo, detrás de esas máscaras se esconde la autenticidad del ser indígena, porque tanto el protagonista principal, como el propio gobernador, son nativos de Diriamba. No hay que olvidar que, durante la colonia, los españoles otorgaron poder a ciertos indígenas para mantener el orden en las comunidades.

Estos personajes agitan de pronto una especie de maracas que portan en una mano. Con ellas simulan el ruido de los arrieros en el trasiego de las mulas, las cuales se hacen notar en la coreografía. En ese momento, el grupo de machos, con sus máscaras características y sus trenzas de colores, realiza movimientos acompasados en círculos. Un añejo violín de sonido desgarrado acompaña la representación.

La sátira está presente a lo largo de la obra. Y cobra énfasis en los momentos en los que el protagonista simula una sordera con la que logra cambiar el sentido de las palabras. El propio Güegüence queda en entredicho cuando: “…vergüenza me da contar las cosas de ese Güegüence embustero, pues sólo está esperando que cierre la noche para salir de la casa a hurtar en las cocinas para pasar él y su hijo Don Forcico. Dice que tiene cajonería de oro y es una petaca vieja totolatera, que tiene catre de seda y es un petate viejo revolcado, dice que tiene medias de seda y son unas botas viejas sin forro, que tiene zapatos de oro y son unas chancletas viejas sin suelas, que tiene un fusil de oro y es sólo el palo, porque el cañón se lo quitaron”.

El Güegüence recorre las calles de Diriamba a finales de enero, en el tradicional “Tope”: San Sebastián, San Marcos y Santiago, que han caminado en procesión desde lugares dispares, se encuentran en el atrio de la iglesia del cercano pueblo de Jinotepe entre vítores y alegría. En la comitiva han desfilado otros bailes representativos de la riqueza cultural de Nicaragua como el del “toro guaco”, en alusión al uso de este animal en labores de carga durante la colonia.

El pito, hecho de carrizo y cera de abeja; y el tambor, con piel de venado, marcan el ritmo de los danzantes. Éstos portan máscaras parecidas al Güegüence. Sin embargo, las plumas de pavo real que lucen en la cabeza y el signo de la serpiente emplumada en sus capas evocan la identidad indígena de Diramba. Las melancólicas notas llaman a los jóvenes de este pueblo para que mantengan sus costumbres en tiempos en los que la globalización los aleja del acervo más propio. Porque, a pesar de la Declaración de la UNESCO, el Güegüence y otras joyas de la cultura inmaterial latinoamericana están en peligro de extinción.

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