La imposibilidad de parar el tiempo

Brujas (Bélgica)

La imposibilidad de parar el tiempo

Los viajes están repletos de cuentas atrás. Antes de partir, cada hoja que arrancamos del calendario está tintada de ilusiones, de emoción por que llegue el momento de descubrir nuevos lugares y personas que marcarán nuestros días en ruta. Pero un buen día, sin permitir a la rutina que inunde nuestro paso, la cuenta atrás llama a la puerta de nuevo al acercarse la hora de marchar. Es entonces cuando nuestra condición humana se resiste de forma natural a arrancar hojas de ese mismo calendario, intentando parar el tiempo sin éxito alguno. Los días pasan a una velocidad vertiginosa mientras nos empeñamos en aprovechar todos y cada uno de los instantes como si fuesen ya el último, olvidándonos de que, en el fondo, todo viaje termina para dar paso a otro distinto. Incluso mejor.

Los colores del viaje
Tras casi un año viviendo en Brujas, el momento de partir se presenta cada día más cercano. Partir sin un rumbo fijo, por el momento. En todos estos meses he recorrido los mismos lugares, cada día con un color distinto. He conversado con los canales al atardecer y ellos siempre han mantenido una calma envidiable, mostrando la mayor templanza incluso ante el hielo cortante. He visto desde mi ventana como los árboles envejecían en una amalgama de ocres, amarillos, marrones y tonos rojizos, y he visto esos mismos árboles renacer en una explosión de colores durante los días de sol de abril, al florecer de nuevo la vida.

Mientras recorría los caminos una y otra vez, he contemplado las mismas casas cubiertas de nieve al apagarse diciembre, sufrir bajo la intensa lluvia de un cielo gris, y brillar en soleadas tardes de domingo, momento en que las masas de turistas dan una tregua a esta ciudad. Y en todo este tiempo, he aprendido a ver las diferentes caras de un mismo lugar, caminando en soledad y con grandes grupos. A veces de buen humor y otras de peor; al comenzar nuevos días y cuando la ciudad dormía plácidamente.


Todo se transforma

A nuestra llegada tuve la sensación de encontrarme con personas de rostro amable, pero de las que nada sabía por el momento. Rostros que, con el paso del tiempo, se irían convirtiendo en nombres propios, historias con antes y después, con momentos compartidos y con un significado, con un lugar decisivo en mi diario de viaje. Dueños de puertas a las que llamar a cualquier hora del día, compañeros dispuestos a brindar por pequeños detalles o, simplemente, a escuchar las penas de los ratos grises. 

Y es ahora cuando se acercan los “hasta luego”, la habitual despedida del viajero que sabe que los caminos siempre terminan por reencontrarse en algún lugar, pues nunca quedaremos quietos. Es, precisamente ahora, cuando los momentos especiales se intensifican. Cada noche, cada día que pasa, una u otra de las personas que me rodean me regala una charla, una canción, una cerveza o una café que recordaré a lo largo del camino.

Conversaciones, risas, miradas llenas de sentido, propias de aquellos que han caminado juntos por las mismas calles y han visto pasar el tiempo codo con codo. En estos momentos, cualquier viajero deja entrever su lado más débil y a la vez más humano, todos nos mostramos suficientemente ingenuos como para pensar que hemos llegado a nuestra Itaca y que estamos a punto de perderla definitivamente.

 

Tendencia al olvido
No importa cuántos viajes hayamos vivido con anterioridad, siempre contemplaremos el presente como único y temeremos el regreso como si todo fuera a desvanecerse de inmediato, llevándose con él los rostros y las risas, los días y las noches. Sin embargo, a menudo olvidamos que ya conocemos esta sensación. Olvidamos que ya vivimos las vibrantes incertidumbres y la seguridad de la certidumbre antes de un viaje, la alegre cuenta atrás y la melancólica. O que ya planeamos principios y finales en muchas otras ocasiones. Que construimos y deconstruimos historias a cada paso que dimos, pero que aún así siempre seguimos caminando.

Así pues, me aferro a los recuerdos de esta aventura temporal, de este viaje que en espacio y tiempo me ancló varios meses en una ciudad al Norte de Bélgica, y que me ha dado todas y cada una de las historias vividas aquí sin apenas variar mi ruta cada día. Al comienzo, la curiosidad por descubrir dio paso a la calma, nunca monótona, de una rutina matizada por sorpresas constantes, y orquestó como colofón final una coda sutil pero memorable, de la cual aún no tengo constancia. No puedo parar el tiempo, pero le pido que camine con pasos lentos. Hoy, intencionadamente, me declaro olvidadiza por unos días, para disfrutar cada instante como si nuestro viaje fuera a terminar pronto.

No obstante sé que nuestro camino, en realidad, no ha hecho más que comenzar.

 

Fotografías: Cecilia Pellosniemi

Muy linda tu narrativa,estoy

Muy linda tu narrativa,estoy por emprender un viaje a bélgica...a vivir en realidad,y las dudas que se generan,tus palabras ayudan a disipar,muchas gracias!!!

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