Jordi Serrallonga: “Sin el arduo trabajo de Max Schmidt, la memoria de muchos pueblos se habría perdido para siempre”

Jordi Serrallonga: “Sin el arduo trabajo de Max Schmidt, la memoria de muchos pueblos se habría perdido para siempre”

“Sin el arduo trabajo de Max Schmidt, la historia, la cultura y la memoria de muchos pueblos del Brasil y Paraguay, se habría perdido para siempre”, sostiene Jordi Serrallonga. Arqueólogo, naturalista, escritor y viajero, Serrallonga es profesor del Máster en Periodismo de Viajes de la UAB. 


Seducido por el legado del antropólogo alemán Max Schmidt, ha participado recientemente en la presentación del libro Hijos de la Selva. Fotografía etnográfica de Max Schmidt (Perceval Press), en el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona y en la Universidad Autónoma de Barcelona. Hijos de la Selva es un libro de fotografía que recoge un total de 90 fotografías que el pionero de la etnografía Max Schmidt realizó fruto de sus expediciones antropológicas y arqueológicas, durante los años 30 y 40 del pasado siglo.

A continuación, Serrallonga ofrece una crónica de cómo se encontró con el libro Hijos de la Selva, su relación con éste y una perspectiva de Max Schmidt.  

Hace unos meses atrás, Rafel Plana, me hizo entrega de un paquete. Como los de antes, un grueso sobre con dirección manuscrita. En su interior había un presente que, el polifacético actor Viggo Mortensen, quería que estuviera en mis manos. Era un libro. Una “joya”. Y no lo digo porque yo sea bibliófilo empedernido. Lo digo porque, como arqueólogo y naturalista que lleva mucho tiempo tras la pista de los grandes exploradores de campo –los que han dedicado su vida al estudio de la naturaleza, y del ser humano como parte de ella–, aquel regalo aunaba todos los requisitos que, creo, siempre debería cumplir un libro que pretenda difundir la ciencia: presentar datos contrastados, pero de forma tan rigurosa como bella y seductora. No es fácil. Hijos de la Selva lo consigue con creces.   

Temía que una gota perdida de leche, o una miga de croissant –Rafel y yo nos habíamos citado en la cafetería del decimonónico Ateneu Barcelonès–, manchara aquellas páginas cuidadosamente encuadernadas, pero, desde el primer momento, no pude resistir la tentación de sumergirme en sus contenidos. Quedé, irremediablemente, prendado de una monografía que recogía las magníficas fotografías etnográficas, y cuadernos de campo, del desaparecido profesor alemán Max Schmidt durante sus expediciones antropológicas y arqueológicas –en los años 30 y 40– entre las culturas indígenas de la región del Gran Chaco, en Paraguay; documentos conservados en el actual Museo Etnográfico Andrés Barbero, de Paraguay, y que Viggo Mortensen ha editado, para Perceval Press, con los textos de dos antropólogos: Federico Bossert y Diego Villar.  

Una vez en mi despacho, lejos de los peligros de la cafetería, seguí con el viaje iniciático que me brindaba Max Schmidt, y le reservé un lugar privilegiado entre los volúmenes de otros grandes naturalistas y exploradores como Alexander von Humboldt, Charles R. Darwin, Alfred Wallace o Jordi Sabater-Pi. El empeño de Viggo Mortensen, había hecho posible que un coloso de la antropología y la arqueología, Max Schmidt, dispusiera de una plataforma capaz de otorgarle, por fin, proyección y reconocimiento parecidos a los de Bronislaw Malinowsky, Margaret Mead, Mary Leakey o Marvin Harris, entre otros. Y tomé una decisión: Hijos de la Selva tenía que ser una obra de referencia para la Academia, pero también para el gran público de nuestro país.  

Para ello, había que presentar Hijos de la Selva en un escenario que simbolizase el espíritu con el que siempre trabajó el profesor Schmidt, y rápidamente pensé en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona. Efectivamente, lo que destaca de la vida y obra de Max Schmidt no es sólo su pasión por aprender (a finales del siglo XIX trabajó como voluntario del reconocido Museo Etnológico de Berlín), sino también el haber desarrollado una revolucionaria metodología de trabajo de campo en el terreno de la etnografía. Es decir, desde sus primeras expediciones –a inicios del siglo XX investigó entre las desconocidas, para Europa, comunidades indígenas de Matto Grosso en Brasil– hasta las ya citada misiones etnográficas y arqueológicas en Paraguay, Schmidt se alejó de la visión “colonial” o del “buen salvaje” de muchos científicos y exploradores de la época, para adentrarse en el seno de pueblos y etnias de forma no agresiva. Por ejemplo, evitando el uso de grandes equipos humanos y materiales, pero también respetando las costumbres y naturaleza del “otro”. El estudiar al “otro”, desde una posición de igualdad, y no de superioridad, es lo que nos permite situarnos en un contexto natural. Y es que somos una pieza más en la evolución y la diversidad de la vida, por lo tanto de la Historia Natural. Hablar del ser humano en el marco de un Museo de Ciencias Naturales es, sin duda, apasionante.  

Tan apasionante que, Max Schmidt, nombrado profesor de Etnología de la Universidad de Berlín (1918) y director de la Sección Sudamericana del Museo Etnológico de Berlín (1919), acabó abandonando ambos prestigiosos cargos para, en 1929, marchar a vivir a su querida América. Primero Brasil, y después Paraguay, donde el año 1931 es designado como director del hoy Museo Etnográfico Andrés Barbero. ¿Por qué? Se dice que su marcha fue debida, en buena parte, al rechazo que le causaban las tesis racistas que apoyaban los académicos afines a la política nacionalsocialista de Adolf Hitler. Como sigue ocurriendo en nuestros días entre los defensores del racismo, estos científicos, sin prueba consistente alguna, consideraban inferiores a otras etnias y culturas. Los trabajos de Max Schmidt, precisamente, eran el mejor argumento científico para desmontar el racismo. Era un personaje incómodo para la ciencia politizada, y, por el mismo motivo, él se sentía incómodo en su Europa natal.  

Por todo ello, en pleno siglo XXI, Hijos de la Selva no es sólo una magistral lección sobre la importancia del olvidado y, muchas veces, denostado, trabajo del naturalista de campo, sino también una reivindicación de las mentes libres e independientes, como la de Max Schmidt, que sitúan a la ciencia por encima de intereses personales y políticos, y que consiguen documentar y “fotografiar” al “otro” de una manera respetuosa y objetiva. Sin el arduo trabajo de Schmidt, la historia, la cultura y la memoria de muchos “otros” pueblos del Brasil y Paraguay, hoy se habría perdido para siempre. Gracias a mujeres y hombres, como Schmidt, el estudio del ser humano es sólo una de las muchas piezas que se requieren para la comprensión del estudio de la vida, del planeta Tierra y del Universo; no somos una especie escogida, sino una curiosa especie de primates “exploradores”.  

Hemos de agradecer que los antropólogos Federico Bossert y Diego Villar, y el editor, Viggo Mortensen, nos hayan regalado esta “joya” que muchos querríamos imitar en el momento de publicar nuestros propios estudios.   

Jordi Serrallonga

Arqueólogo, naturalista y explorador
Asesor del Museu de Ciències Naturals de Barcelona
Profesor de la Universitat Oberta de Catalunya

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