Guna Yala, mantener la tradición o morir

Guna Yala, mantener la tradición o morir

Es difícil imaginar que a solo una hora de avioneta de una capital financiera internacional como Ciudad de Panamá, emporio de rascacielos y vida cosmopolita, podamos sumergirnos en una realidad antagónica sin salir del país. En Guna Yala hay lugares donde el teléfono móvil o Internet todavía son inventos del futuro. De un futuro que se resiste a llegar... o al que no se le deja entrar, porque quienes custodian estas islas saben que la tecnología significa evolución de la especie, pero también muerte de la cultura. 


Viaje al paraíso 
Los cantos sagrados inspiran paz en Guna Yala, el hábitat de los indígenas guna (o kuna), en Panamá. Se pueden escuchar entre las abigarradas callejuelas que forman las paredes de cañabrava y techo de palma. Las chozas, dispuestas de forma anárquica, pueblan 49 de las 365 islas que se extienden a lo largo de la costa más oriental del Atlántico panameño, en el Archipiélago de San Blas. Más de 30.000 gunas viven en esas islas. Otros tantos han emigrado a Ciudad de Panamá y otras latitudes, persiguiendo un mejor modo de vida.

Las salmodias, pronunciadas en el idioma local, inundan el ambiente de Dubwala, uno de los últimos cayos antes de entrar en aguas colombianas. A Dubwala se llega, primero en avioneta, hasta la pista de Mulatupo, una isla cercana, y de allí en una canoa que, si tiene motor de gasolina, arriba a su destino en diez minutos. En el  pequeño muelle, en el que llama la atención una pequeña porqueriza en forma 

Melodías ancestrales de jaula de madera, un grupo de nativos sale a recibir la embarcación. El visitante es observado por ojos curiosos de quienes viven en el más absoluto aislamiento. En otras islas, más cercanas a occidente, existe alguna infraestructura para un esporádico turismo que conoce la cultura de forma superficial. Pero, hasta aquí nadie llega. Solo los maestros enviados a la escuela desde Ciudad de Panamá, que tratan de integrarse a en códigos que permanecen en las antípodas, a pesar de ser también panameños.

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Las lángidas voces musicales denotan una profunda espiritualidad. Surgen de las gargantas de los neles, encargados de diagnosticar las enfermedades. O de los inadulets, que buscan cómo curar al paciente, tratando de recuperar el alma que robó algún ser maligno y vaga perdida por los niveles del inframundo. Las retahílas nacen también del Ommagged Nega, la Casa de Congreso, el punto de reunión y reflexión comunitaria, donde se abordan los asuntos políticos y religiosos. Los sahilas o caciques, sentados en tres hamacas centrales, colocadas a modo de púlpitos sagrados en el gran recinto, evocan las enseñanzas de la cosmovisión guna.

En los cánticos sagrados renace Ibeorgún, el joven que, según la leyenda, llegó un día por un río en tierra firme, y consolidó los principios de la organización y la cultura guna. Acompañado de una mujer llamada Giggardiyai, dictaminó los roles del hombre y la mujer, basados en la armonía, la solidaridad y la complementariedad. Enseñó las artes de la pesca - su base gastronómica- y de la construcción de las casas, en las que cada parte de la estructura cobra vida y se convierte en metáfora del armazón del mundo material y espiritual.


Una sociedad matrilineal
Los cantos en Dubwala también acompañan el acompasado movimiento de la hamaca, en las agudas y estridentes nanas que las madres recitan para arrullar a sus bebés, maraca en mano. La mujer imprime el ritmo de la melodía, como ha hecho tradicionalmente con la propia vida de la comunidad en estas islas. La cultura guna es matrilineal y es la mujer la depositaria de la tradición oral, y la encargada de transmitirla. Son ellas las que conservan el traje tradicional, las molas, cuyos coloridos diseños adornan una gran oferta de artesanías como emblema del país.

En el Ommagged Nega, las mujeres tejen las molas y sus brazaletes de chaquira -que se colocan también en las pantorrillas-, mientras escuchan a los sahilas. Y si se hace de noche, alumbran su labor con lamparitas de baterías colocadas en sus cabezas. Es un primer signo de modernidad en Dubwala, en la que no hay ni telefonía móvil, ni Internet. Un único teléfono público supone la única comunicación con el exterior, aparte de una buena entrada económica para el gobierno local.

Las mujeres exhiben otro gran referente de la cultura tradicional: sus ajuares bañados en oro, especialmente en forma de pendientes y de narigueras, más visibles en las ancianas. La primera nariguera es colocada después de nacer, en un ritual que hoy subsiste a duras penas: la Icco Inna, la fiesta de la aguja. A la pequeña se le perfora el tabique nasal con un hilo, a modo de "bautismo" cultural y social, usando un aceite de coco como antiséptico. La ceremonia se acompaña de una gran fiesta donde se baila música tradicional y se consume chicha de caña, debidamente fermentada en grandes tinajas de cerámica, que incluso cata un grupo de expertos que en las islas llaman "químicos". Ellos determinan si la bebida está en su punto o hay que esperar uno o varios días para celebrar la tradición.

La ritualidad en torno a la mujer está viva en otras fases de su crecimiento. Sin embargo, la mayoría de las jóvenes en Dubwala y el resto de islas ya no llevan la nariguera. Ni siquiera visten las molas. La tradición se va perdiendo como en otras tantas latitudes.


Educación bilingüe
La globalización no ha entrado en Duwala en forma de Facebook ni otra red social, pero siempre encuentra sus estratagemas para convertirse en un fenómeno imparable. De las habituales placas solares que brillan junto a los tejados de palma solo se saca fuerza para alumbrar pequeñas bombillas nocturnas, pero en la isla hay más de una planta de gasoil para generar energía eléctrica. Cuando alguien invierte algunos dólares para activar el mecanismo durante un par de horas, es común ver cómo la población se reúne en alguna casa para ver la televisión. Entonces, gracias a la antena parabólica -que también las hay- se puede captar desde el noticiero de CNN hasta la más internacional de las telenovelas mexicanas.

Preocupadas por este hecho, las autoridades gunas son celosas en el mantenimiento de su cultura. En Ciudad de Panamá, un grupo de indígenas destacados del archipiélago conforman el Congreso General Guna, desde el que se impulsan proyectos para que los jóvenes no se alejen de las tradiciones y sientan que son parte de su cosmovisión. En la última década, la legislación panameña ha respaldado los derechos de las comunidades indígenas. El idioma guna se ha consolidado como una de las lenguas del país y se ha investigado en su léxico y gramática, hasta el punto de determinar que su alfabeto cuenta con 15 letras: cinco vocales (a, e, i, o, u) y 10 consonantes: (b, d, g, l, m, n, r, s, w, y). Por esa razón el vocablo tradicional kuna ahora se escribe "guna".

Con apoyo gubernamental y de la cooperación española, un proyecto de educación bilingüe intercultural enfoca la enseñanza de la escritura guna acompañada del rescate de la tradición oral. Un programa de educación infantil y otro de formación del profesorado son las puntas de lanza de la iniciativa.

Vivir en Dubwala unos días conociendo los entresijos de la cultura guna es una experiencia imborrable. Pero, para el viajero que no ha perdido la curiosidad, resulta ciertamente frustrante la actitud de los sahilas cuando prohíben la toma de fotos, la captura de imágenes de vídeo o la simple observación participante en el ritual de la Icco Inna. Quizá sea el peaje que ha de pagar el visitante para que la única riqueza de los gunas, que es su cultura, perviva y no muera, como ha ocurrido en otros lugares no muy lejos de allí.

Como bálsamo, el viajero siempre podrá salir a contemplar la luna y las estrellas en la cálida noche de Guna Yala. Y escuchar a lo lejos los sempiternos cánticos que resuenan una y otra vez, desde que Nana y Baba crearon el mundo.

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