El viajero

El viajero

“Todos los viajes –dijo el viajero- empiezan de la misma manera: con un paso que no admite dudas, con una puerta cerrada a tus espaldas, con la conciencia de que no puedes volver la vista atrás, porqué ya sólo toca caminar. Es mejor empezar de madrugada –opinó el viajero- para tener el empuje del sol como un barco que lleva el viento de popa; pero también se puede uno adentrar en la noche con el primer paso. En el fondo, todo viaje es una carrera hacia las tinieblas de lo desconocido. Una carrera que empieza despacio: por muy rápido que sea el primer avión que tomes, necesitarás tiempo para convertirte en viajero…”.

"...No te sirve de nada trasladarte a 10.000 kilómetros de distancia en las primeras 8 horas; tu cuerpo puede viajar a la velocidad del sonido, pero tu mente tardará 3 días más. Es una vieja experiencia. Tres días -decía el viajero-, suelen ser tres días hasta que llegues a cruzar la frontera de la noche. Así llamábamos –decía- al momento en el que tu mente ha vuelto a alcanzar tu cuerpo y te has convertido en viajero.

A partir de este momento ya no te preguntarás por qué se te ocurrió semejante locura, dónde demonios te has metido y cómo conseguirás regresar. Ya no arrastrarás como un poncho mojado la nostalgia de volver a estar en casa, tener una ventana a la que asomarte, una puerta que se pueda cerrar desde dentro, un hogar. Porque serás viajero y como tal vivirás la luz y la oscuridad, el frío y el calor, el café al que te invitarán y el hambre como algo inevitable. Como algo que forma parte de ti, como tú formarás parte de la carretera.

Supongo –decía el viajero- que las aves migrantes lo saben también, y por eso son capaces de colar día y noche, sin preguntarse a donde van, porque se han convertido en parte del viento y ya sólo pueden volar. Los primeros días les cuesta hasta a las aves migrantes –reflexionó el viajero-, así que no te asustes si el viaje, cualquier viaje, parece pillarte con el pie cambiado; es sólo la distancia que se ha abierto, como un golpe de volante, entre tu cuerpo y tu mente. Y ya te darás cuenta cuando te hayas vuelto a atrapar a ti mismo.

Cuando cruzas la frontera de la noche. Puede ser un largo autobús nocturno, una pequeña eternidad convertida en kilómetros de asfalto, puede ser una fiesta ruidosa que te ha salido al paso, puede ser una conversación que se prolongue hasta la madrugada. Te levantarás con los ánimos cambiados y al principio no te reconocerás: tan extraño te parecerá haber dejado atrás las dudas, las inseguridades, la tentación de arrepentirte.

Los viajes se repiten y tu pasaporte interno estará lleno de los sellos invisibles que atestiguan que has cruzado, una y otra vez, la frontera de la noche –decía el viajero. Hasta que un día llegues a tener tal costumbre, que te podrás asomar por la ventana desde cualquier ángulo, que ya no distinguirás entre los dos lados de la puerta, que ya no sabrás diferenciar entre la nostalgia y las ansias de lanzarse hacia lo desconocido, que ya no harás distinción entre la carretera y tu hogar. Este es el momento –decía el viajero- en el que estás cruzando la frontera del día”.

Una noche de abril, como podría haber sido un frío día de diciembre, este escrito llegó a sus manos. Los ojos se le abrieron y el corazón varió su latido. Acababa de leer algo que le hacía remover sus ideas, sus sueños, sus miedos, sus pasiones… Y recordó un momento de su vida:

Era mediados de julio y sus 16 años se aposentaban en su inquietud constante. Aquel día acompañó a su madre a recoger unos billetes de tren a la terminal de Ómnibus de Tucumán, y recorriendo los pasillos, entre el vaivén de gentes, los anuncios de quienes regresaban y quienes iniciaban su viaje, allí los vio. Ocupando parte del suelo, como si siempre hubiesen estado allí formando parte de la decoración de la estación, descansaban una decena de jóvenes sobre sus mochilas. Entre sus caras de cansancio, sus cartas de juegos repetidos hasta la saciedad, sus gestos de largas esperas y las ropas reutilizadas día tras día, ella vio esa luz. Esa luz que sólo un viajero puede transmitir; esa luz que no sale en forma de griterío, sino que se limita a brillar discretamente como un faro que ilumina en las noches oscuras. Y como un faro ilumina, no lo hace así un foco que deslumbra.

- Yo quiero ser eso de mayor.

Son las únicas palabras que balbuceó mientras extendía su brazo a la vez que el dedo índice se alzaba. No se enfadó con su madre por no hacerle el mínimo caso; de hecho, ni ella se lo hizo a sí misma. Y lo que no supo es lo que aquel día había empezado a despertar.  

Desperezándose pasó unos años hasta que, con la llegada de este escrito, algo estalló. 

estillo literario

Parece mas un viaje interior que no real,el articulo es tan interesante como tu, imaginate cuando nos conozcamos!

Ese poncho mojado nos pesa

Ese poncho mojado nos pesa en los viajes y en muchos momentos de la vida. Quizá en una estación de ferrocarril, en un aeropuerto, en una calle de Pekín rodeado de miles de seres humanos a los que no entiendes ni te entienden; quizá ante un padre al que quisieras decir algo y no te atreves; quizá ante un sueño al que temes lanzarte; quizá... Hermosa metáfora "el poncho mojado"!!!

Viajando

Qué texto más bonito... y motivador...

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
  • No se admite ninguna etiqueta HTML
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

To prevent automated spam submissions leave this field empty.
CAPTCHA
Responde a la pregunta para validar el envío.