El triángulo mágico de Galicia

El triángulo mágico de Galicia

Potenciar el triángulo mágico que forman Santiago de Compostela, Lugo y A Coruña ha sido el objetivo que sus tres alcaldes, Sánchez Bugallo, López Orozco y Losada, se han marcado durante este verano recién finalizado. El nexo en común al que estos políticos se acogían era fomentar que los tres rincones han sido distinguidos por la Unesco con la declaración de Patrimonio de la Humanidad. En Santiago, su casco histórico; en Lugo, su muralla romana; y en A Coruña, la torre de Hércules. Pero más allá de estos tres reclamos turísticos, este “triángulo máxico” ofrece muchos más atractivos.

Torre de hércules (A Coruña).
Ciudad de peregrinaje: Santiago
Santiago, como capital gallega, como lugar constante de peregrinación, brilla con luz propia resguardada bajo sus eternas lluvias, entre botas de senderismo, conchas compostelanas, pesadas mochilas, esfuerzo y ganas. Pocas emociones pueden competir con la del peregrino que tras varios días de caminatas, con ampollas en los pies y un montón de anécdotas a la espalda, llega a la Praza do Obradoiro y contempla frente a él la imponente fachada de la catedral de Santiago, el Pórtico de la Gloria.

Deslizarse, -porque por Santiago uno no camina, flota-, hacia la Praza das Praterias, y de ahí, directamente, y siguiendo aún bajo la sombra de la catedral, detenerse en la Praza da Quintana a contemplar los dibujos que, a sus pies, venden los pintores. Quizás entre paseos, entre música y pulpo, uno se aleje un poco del bullicio y llegue hasta la Igrexa de San Domingos de Bonaval. Además del interesante Museo do Pobo Galego, el viajero intuye la esencia de Galicia al entrar, y no poder salir, en la famosa escalera de caracol que se esconde en el lugar. Porque es cierto, atendiendo a tópicos, que nunca se sabe si los gallegos -los mismos que siempre te responden con preguntas- suben o bajan esos escalones. O quizás es que son capaces de dejarte tan aturdido que eres tú el que no sabrá nunca si es hacia arriba o hacia abajo hacia donde te dirigen tus pasos, pisadas de las cuales, impulsadas por las meigas, has perdido el control. 

Horreo.Presumida y orgullosa: A Coruña
Si Santiago son huellas y deseos, los otros dos vértices de este triángulo podrían forman entre sí los dos cabos de una misma cuerda, los dos lejanos extremos de un mismo carácter.

Si A Coruña es ruidosa y atrevida, Lugo es silenciosa y tímida.La primera es coqueta y presumida, repleta de paseantes que, ataviados con sus mejores galas, atraviesan la calle Real contemplando ociosos cada escaparate, deteniéndose desde la Plaza de María Pita hasta el obelisco que un día representara el centro de la ciudad.

Los coruñeses frenan su caminar a cada paso para saludar a algún vecino; orgullosos de sí mismos, se contonean alegres igual que lo hace el lugar, una ciudad bañada casi por todos sus costados por el mar; un mar que ejerce sobre ellos una decisiva influencia.Desde un extremo, olvidándose de la Ciudad Vieja, la Torre de Hércules se alza sobre sí misma resguardando a su amparo pequeñas calas.

A continuación, playas de agua helada se suceden haciendo un llamamiento a la fiesta y a la risa. La playa del Orzán, y tras ella, la de Riazor, aprovechan cada tregua temporal para animar a los visitantes a disfrutar de un día de playa, llamando a disfrutar de los días soleados que se asoman tímidamente bajo el acecho de las constantes lluvias.Muralla de Lugo.
Muralla, melancolía: Lugo
Lugo, sin embargo, mucho más relajada, conserva una quietud bella y, al mismo tiempo, tenebrosa. Si uno llega, por ejemplo, un domingo de verano, la ciudad te acogerá desierta, y como duendes tímidos, sus habitantes irán apareciendo poco a poco, sin armar jaleo, de entre rincones hermosos que permanecían ocultos. La ciudad está dominada por su muralla. Del siglo III y con 2,1 kilómetros de extensión, suponen el recinto defensivo mejor conservado del mundo romano. Influenciados por ella, marcará todos los puntos de vista de la ciudad. Dentro de murallas, Lugo te tienta con pinchos y dulces, con una gastronomía popular, con aromas y armonía, con conversación.

Extramuros, la ciudad te incita a perderte entre árboles en silencio, a deambular por el parque Rosalía de Castro buscando respuestas que sabes de antemano que no vas a encontrar, a mirar hacia el Miño y sentirte indefenso. Otra perspectiva será la determinada por la altura. Un modo de pasear será a los pies de la muralla, mirando hacia arriba en su búsqueda para no perder la orientación, contemplándola desde la Catedral de Santa María. El otro modo será caminar por encima de la muralla, compartir el espacio con jóvenes que corren, con perros y gatos callejeros, y con lucenses que pasean por encima de la vida su permanente melancolía.

Tópicos y dulzura, complicado carácter
Estas tres ciudades tan diferentes comparten esa esencia gallega que hace inconfundibles a sus paisanos. Uno cruza Tui, en la frontera con Portugal, o se asoma a ratos a Asturias con quien ineludiblemente algo les une. O atraviesa las amarillas y llanas tierras de Castilla y León para adentrarse en el verde reino gallego. O quizás porque al mismo tiempo se baña en dos aguas, y la fuerza del mar Cantábrico y del océano Atlántico le conforman el carácter.

Es imposible no alabar su comida -su pulpo, sus empanadas, su pan, sus dulces, sus mariscos, sus vinos-, no dejarse trampear por sus innumerables tópicos. Uno llega, sabiéndose precavido, dispuesto a no dejarse aturdir por meigas, por ambigüedad, por “el verde cuesta”, por los horreos y los pazos, por la lengua arraigada de las bolboretas y las tartarugas. Ajeno a la fuerza centrípeta de la tierra, el viajero se creerá inmune a la muñeira, al sonido de una gaita, a un exceso de símbolos celtas, al mareo y al desconcierto que te dejan en la cabeza y en el paladar compartir unas cuncas de viño.

Perdido y enamorado
Pero si Galicia te ahoga porque no es capaz de medir sus fuerzas, si su belleza te aniquila sin remordimientos, aún más potente es el poder que ejercen los gallegos. Educados y serviciales hasta el extremo, esconden su también extrema desconfianza y te dan todo, derrochan sensibilidad y te abren sin reparos las puertas de los cielos que esconden. Pero son peligrosos, te llevan a su terreno, te hacen perder la autonomía y, como en el conxuro de una quiemada, te atrapan, te enamoran.

Después, una vez ya eres un esclavo de sus tierras, de sus deseos, de sus mundos, Galicia y sus gallegos, con una parsimonia desorbitada, con una extraña mezcla de indiferencia y orgullo, con inteligencia, saca un tono defensivo, una armadura inquebrantable, una ironía audaz a la que llaman retranca, y te hacen comprender en tu propia desesperación que las preguntas que un día, entre árboles y cielos, te plantearon, no serás jamás capaz de hallarles respuestas. Y entonces tú, el extranjero (madrileño, andaluz, americano, alemán… todos allí somos extranjeros), entendiendo lo que el amor duele, comprendes que debes dejar Galicia porque nunca podrá pertenecerte, porque ella siempre será libre.

El triángulo mágico que componen Santiago, Lugo y A Coruña forman parte de un mundo mágico compuesto por cada una de sus ciudades, de sus aldeas, de sus parroquias; atestiguado siempre por todos los gallegos, los que habitan allí, y los que te enamoran mientras, desde cualquier lugar del mundo, te relatan las maravillas de su tierra. Y es sólo entonces cuando entiendes el significado de la palabra moriña.

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Soy de esos gallegos que quieren a su tierra como si fuesen una parte de sí y por eso al leer tu artículo no pude más que esbozar una sonrisa retranqueira, de las que sólo emitimos los gallegos, y afirmar para mis adentros que habías comprendido a la perfección la esencia de esta "terriña" situada a camino entre dos mares.

Graciñas...

Hola Patricia:

Soy de esos gallegos que quieren a su tierra como si fuesen una parte de sí y por eso al leer tu artículo no pude más que esbozar una sonrisa retranqueira, de las que sólo emitimos los gallegos, y afirmar para mis adentros que habías comprendido a la perfección la esencia de esta "terriña" situada a camino entre dos mares. La esencia de sus paisajes pero también de su gente, sin duda el mayor valor del que podemos presumir

Simplemente graciñas, Patricia... y ojalá Galicia vuelva a contarte entre sus visitantes...

Un abrazo

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