¿Dónde está el balandrán?

Tolupan, Honduras

¿Dónde está el balandrán?

El balandrán es la indumentaria típica de los indígenas tolupanes o jicaques, en el corazón de Honduras. Su acepción en el diccionario remite a una vestidura talar ancha y con esclavina que suelen usar los eclesiásticos. Viene a ser una especie de poncho de tela de un solo color, que les llega por las rodillas, no tiene mangas y presenta los laterales del faldón abiertos. Pero ésta y otras muestras de la cultura tolupán prácticamente han desaparecido por culpa de la globalización y la pobreza. En este viaje buscamos aquellos signos ancestrales que se resisten a desaparecer.

Me han dicho que todavía se pueden ver balandranes en los vericuetos de la Montaña de la Flor, en la confluencia de los departamentos hondureños de Yoro y Morazán. Ojalá los portadores de esta tradicional túnica, que en sus orígenes elaboraban con corteza de árbol, no hayan sido absorbidos del todo por la cultura occidental y todavía conozcan las historias míticas de su pueblo, recopiladas por la etnóloga estadounidense Anne Chapman –ya fallecida- a mediados del siglo XX. 

   El municipio de Marale será nuestro centro de operaciones. Llegar allí es fácil. Desde Tegucigalpa, una carretera en buen estado nos transporta a nuestro destino después de tres horas de trayecto. El panorama ya es estrictamente rural. Marale es un pequeño pueblo, donde la iglesia sobresale en un reducto boscoso sobre una loma. Un grupo de casas sencillas se deja colgar por las laderas del cerro. Son edificios de estilo colonial. Bajo el tono rojizo de los tejados, relucen paredes de adobe, la mayoría enjalbegadas. Soportales con columnas de madera y mucho silencio -sólo roto por el canto de algunos gallos- completan el cuadro, entre calles empolvadas por las que discurre una parsimoniosa comunidad de vecinos.   

Me llama la atención que, en su registro lingüístico habitual, los tolupanes utilizan vocablos como “tribu” y “cacique”, palabras denostadas en otros grupos indígenas, que las consideran estereotipos ligados a términos de exclusión y marginación. Todavía quedan seis tribus tolupanes, con diferentes grados de pureza étnica. A una hora de Marale, se encuentra la aldea de Paraíso. Allí el aspecto de los lugareños es más parecido al ladino o mestizo hondureño. No hay rastros visibles de la cultura tolupán de antaño, pero orgullosamente se autodefinen como indígenas y conservan algunas palabras del ya casi desaparecido “tol”, su idioma vernáculo. Bernardino, el maestro de la comunidad, escribe en mi cuaderno la palabra “minkiastejawka”, que significa “buenos días”. Precisamente en relación al lenguaje se han realizado algunas investigaciones que sitúan al tolupán como una derivación del tronco hokan-sioux, lo que alimenta la teoría de que este grupo cultural bien pudo ser el resultado de movimientos migratorios procedentes de Norteamérica. Sin embargo, no hay verdades absolutas al respecto.  

 El cacique de Paraíso es Lucas Evangelista Martínez, un anciano de 85 años que todavía guarda en su memoria algunas de las historias míticas que le fueron narradas en su día y que ya casi nadie recuerda. Y eso que aquí, en Paraíso, no ha llegado la luz eléctrica y, por tanto, no conocen la televisión. Pero si se juega un Madrid-Barça, todos se las apañan para ir a verlo a las inmediaciones de Marale. Un acontecimiento así puede con las carencias del progreso, y nadie puede perdérselo.

  En nuestro tránsito por caminos de tierra hacia las comunidades tolupanes más alejadas, la vegetación hace acto de presencia, y el cauce del rio Sarabuquí interrumpe hasta siete veces nuestro paso. Es un caudal tranquilo, en ocasiones más ancho y profundo de lo que permite el avance normal de nuestro vehículo todoterreno. Unos kilómetros más adelante, un gran claro en un valle rugoso nos enseña las primeras viviendas de la localidad de San Juan. Están dispersas a lo largo de la aldea, sin diseño ni trazado de calles. San Juan constituye un grado de pureza intermedio en la cultura tolupán. La comunidad sale a recibirnos. No veo balandranes.

  Tolupanes, vida de miseria y enfermedadesLa primera casa, a modo de entrada, es la del cacique, Cipriano Martínez. Es un anciano muy respetado en toda la comunidad. Está sentado al sol, delante de la puerta de la vivienda. Su aspecto es enfermizo, su mirada denota agotamiento y la piel apenas cubre su cuerpo huesudo. Tose con frecuencia y casi no se entiende lo que habla. Nidia, su esposa, sensiblemente más joven que él, nos aclara es la edad de su marido: ¡111 años! Pese a su aspecto avejentado, no parece que tenga una edad tan avanzada. La tos le aflige. Dice que es gripe, pero yo me pregunto: ¿no será tuberculosis? 

 Esta es una de las enfermedades más graves que sufren actualmente los tolupanes. La última víctima mortal fue, en marzo de 2011, Julio Soto, el cacique de El Rincón, el sitio que a continuación visitaremos. El otro mal que agobia a las tribus tolupanes es la enfermedad del Chagas, la cual transmite una chinche que se aloja en los resquicios del bajareque –paredes de adobe y madera- y de los techos de paja, fabricados con la hoja de una palma llamada manaco. La chinche ataca a sus víctimas mientras duermen. Al rascarse, éstas introducen el excremento del insecto en su piel, el cual inocula un parásito que llegará por la sangre hasta el corazón, hiriéndolo lenta y progresivamente hasta la muerte.

  El mal de Chagas es una enfermedad propia de lugares pobres, misérrimos, como San Juan. El aspecto de esta comunidad es desolador, igual que sus habitantes. La basura inunda la destartalada aldea. Hombres, mujeres y niños deambulan descalzos, con harapos, el cabello desaliñado y sucio y las caras ennegrecidas, entre promontorios de desechos y letrinas al descubierto ya abandonadas.  

 Las  madres transportan a los más pequeños amarrados a su cuerpo por la parte delantera, como hacían sus antepasados. Y, como en Paraíso, una buena parte de ellos se han concentrado delante de la casa de Cipriano, pues hoy somos el gran acontecimiento que rompe la rutina de la aldea. Todos portan canastos, grandes, medianos, pequeños, minúsculos algunos. La venta de sólo uno de ellos por unos pocos lempiras –la moneda nacional de Honduras- puede aliviar por unos minutos el hambre que sufren a diario, pues podrán comprar una tortilla de maíz con la que alimentar momentáneamente a su familia.También venden unos toscos collares que ellos mismos preparan con unas piedrecitas a las que llaman “lágrimas de San Pedro”. Por la insistencia de un grupo de niños, entro en una de las casas a ver los collares, y el panorama es dantesco. Es un recinto sin divisiones ni habitaciones, absolutamente insalubre, donde reina la suciedad y el desorden. En medio, parece haber rescoldos de una hoguera. A primera vista, da la sensación de que los tolupanes mantienen algunos hábitos ancestrales de convivencia familiar, pero han sido destructivamente modificados  por la pobreza y por las peores influencias de la cultura occidental.

  La merma y distorsión de los rasgos culturales más propios también se debió a la etapa de explotación y servidumbre que sufrieron los tolupanes en la primera mitad del siglo XX, cuando los finqueros blancos les arrebataron sus terrenos para el cultivo del café; o cuando les obligaron a recoger y cargar sin descanso la raíz de la zarzaparrilla, con la que alimentar la industria europea y estadounidense en torno a una codiciada bebida refrescante. 

 Sin embargo, en las conversaciones con algunos tolupanes, me doy cuenta de que perviven hábitos originarios, como su manejo con las abejas y avispas, para la obtención de miel. Incluso aparentemente todavía preparan un plato típico con estos insectos, llamado petel. Otra comida tradicional es el chijil, cuya base, según indican, es un gusano autóctono. 

 Pese a que no lo exteriorizan, deduzco que los tolupanes conservan al menos parte de su universo mítico, en torno a una misteriosa habilidad para adivinar el futuro, para saber, por ejemplo, dónde hay un animal susceptible de ser cazado, o si la pareja deseada aceptará una propuesta amorosa.  No sé si algún tolupán es todavía portador de las artes del chamanismo. Los antiguos llamaban “punakpanes” a quienes poseían esta habilidad. Aparentemente, entre los casi 20.000 tolupanes que todavía quedan en Honduras, ya no hay punakpanes.

  Los hijos de la muerteAnne Chapman plasmó su trabajo con los tolupanes en un libro titulado “Los hijos de la muerte”, en alusión a sus creencias míticas. En ellas, el mundo de los hombres es el mundo de los mortales, de la muerte. El mundo de la vida es otro, donde habita el Creador, Tomam Pones Popawai y toda su parentela de dioses y espíritus -dueños de los animales y de las plantas-. En este mundo también habitan los mensajeros entre Tomam y los muertos (los seres humanos), a quienes llaman “jívaros”. Y no pueden faltar los representantes del mal, los “liaurios” o diablos. Todos ellos son los protagonistas de un universo espiritual que permanece ya muy desfigurado en la mente de estos pocos supervivientes de su propia cultura, inmersos hoy en los sufrimientos de la globalización.

  La visita a San Juan termina con un último y breve diálogo con Cipriano. “Cipriano, ¿dónde está el balandrán?”, le pregunto. Pero el cacique está como enajenado con esa molesta afección respiratoria. En un melifluo impulso, me cita el libro de Chapman. Él tiene un ejemplar y, claro, ahí sí puede verse el balandrán, en las fotos que tomó la antropóloga. Nidia trae el volumen. Está deteriorado porque “se le mojó”. Algunas partes están borrosas, pero se pueden observar las fotos del propio Cipriano, de joven, con la túnica puesta. También identifico a Julio Soto, cacique de El Rincón, recientemente fallecido. Nos hacemos varias instantáneas con el libro abierto, antes de partir hacia El Rincón.

  El Rincón es el lugar de más difícil acceso. Después de llegar a las inmediaciones de una aldea llamada La Ceiba, habrá que subir a pie un gran cerro hasta coronar la cima y luego bajar hasta la comunidad. La pendiente es grande y nos cuesta más de una hora remontarla, entre un calor abrasador, abriéndonos espacio como podemos entre la resbaladiza hojarasca y los incómodos obstáculos que impone el paisaje del bosque tropical seco. Las vociferantes chachalacas nos saludan a nuestro paso. Esas aves parduzcas son estridentes… y comestibles. 

  Finalmente, entre sudores y jadeos, remontamos la cima y bajamos hasta unas modestas casas de bajareque y paja, más toscas de las vistas hasta ahora, en medio de un silencio sepulcral. Los hijos de la muerte no están. Pero sólo para sus ya casi olvidados dioses están muertos. Ellos viven o, mejor dicho, sobreviven con lo que pueden. Ahora están en la milpa, la plantación de maíz que a duras penas les da para alimentarse. Muchos días sólo comen “chato” o “guineo”, un banano pequeño de cáscara verde que han de cocinar para ingerirlo. Uno de los racimos refulge al sol apoyado en el adobe de la casa de una mujer que asoma la cabeza por la puerta. No la entiendo cuando me habla. Su distorsionado español no me permite comprender ni siquiera su nombre. Tiene a un niño a su lado. Y cuando sonríe, porque es amable, esboza una casi inexistente dentadura.

  Se oyen ruidos y voces. Un grupo de campesinos regresa de la milpa. Es Chavelo, el hijo de Julio Soto –el cacique recientemente fallecido- ataviado con una sencilla camisa, pantalón corto y botas de hule. Le siguen dos muchachos y varias mujeres, jóvenes todas, con los niños amarrados a sus cuerpos. Todos portan  un machete en sus manos. Mi saludo con el nuevo cacique es cordial. Sonríe y habla con desparpajo, aunque casi no le comprendo bien. No tarda en hablar de su cultura y en defenderla a ultranza. Es el nuevo cacique y de él depende de que la identidad no desaparezca, especialmente, su signo más visible, el balandrán, al cual en seguida menciona, como si fuera ese emblema imborrable del ser tolupán. 

  - Pero, Chavelo, ¿dónde está el balandrán?, insisto.- En mi casa tengo uno.- Me gustaría verlo, Chavelo.- Ya voy por él. 

 Chavelo vuelve a los pocos minutos con su balandrán puesto. Es de color azul y, contrariamente a lo que me esperaba, no es una prenda rudimentaria, está bien rematada en sus costuras finales. El cuello, en forma de pico, así lo atestigua. Le llega por las rodillas. Ahora va descalzo y exhibe una orgullosa sonrisa, como la de los tolupanes del libro de Chapman. Pero el balandrán ya no es como antes. En la cintura, Chavelo se ha amarrado su túnica con una corbata vieja. En la cabeza, porta una gorra de color verde que dista del más estricto sentido de pertenencia a su cultura ancestral. Y, en su muñeca, exhibe un moderno reloj de pulsera con correa dorada.

  La conversación con Chavelo denota una desaparición casi total de los conocimientos recogidos en el libro de la etnóloga. O quizá no, quizá esté en su imaginario colectivo, como un secreto reservado sólo a los “hijos de la muerte”, aquellos que un día engendraran una mona y un ratón, y que ahora se aferran a la vida bajo la mirada perdida de Tomam Pones Popawai.

 

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