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Viaje al centro de un universo

Eran las 8 de la mañana. Ella, completamente sola, sentada sobre la cama y mirando el guardarropa,  repasaba uno a uno los momentos vividos. Había transcurrido casi un mes desde su llegada, sin embargo, la línea que separaba el punto de inicio y el de ese momento era fugaz, imperceptible. La hora de empacar aguardaba, pero, ¿acaso era posible empacar la fuerza de la vida en una maleta, encerrarla, callarla con un zipper, y sellar su ímpetu? Mientras trataba de calmar la agitación de su mar interior recordó las sabias palabras de su abuela que, con su imagen protectora, en más de una ocasión la había sacado de aprietos: “la vida sigue, mi muchachita…”.