América

Vías de encuentro

Era mi último día en Chicago, después de una semana mamando blues de todos los colores. Como despedida, a la Windy City le pareció buena idea ponerse a nevar mientras me arrastraba cargado con la mochila hacia Union Station. No sería el último guiño de una ciudad que me resistía a abandonar. Ya en la sala de espera, entre familias Amish atiborrándose de  McDonald’s y grupos de adolescentes que alborotaban el gallinero con la algarabía inherente a sus hormonas, Bobby se sentó a mi lado. Con 57 años y recién salido de la cárcel, se dirigía a Saint Louis para enterrar a su madre. La habían incinerado estando él en el trullo y, según me contó, le esperaban para que pudiese despedirse. Yo no pregunté nada, Bobby tenía ganas de hablar.