Viaje al fin del mundo

Cabo Fisterra

Viaje al fin del mundo

Si hay una costa en Europa marcada por la tragedia ésa no es otra sino la Costa da Morte, situada en la fachada atlántica de Galicia. Agreste y robusta resiste, cada día, a cada hora, las duras embestidas de un bravo océano Atlántico que al tocar tierra no entiende de amistades. Sus acantilados han sido testigos de la friolera de más de ciento cuarenta naufragios en los últimos cien años. Petroleros, galeones y pesqueros siembran los fondos de una costa en la que una noche de temporal puede llevarse consigo más de una vida. Si la realidad es ya de por sí macabra no menos lo es la leyenda. Una leyenda que tiene en su haber el nacimiento de la figura de los “raqueiros”, una versión local de los piratas que según cuentan eran capaces de hundir un barco para hacerse con su botín.

El viaje... al 'final'
Parece imposible, pues, que detrás una historia negra como esta haya un hueco para uno de los paisajes más fascinantes de todo el litoral español. Pero algo especial debe contener dentro de sí. Cuentan los historiadores romanos que el mismísimo Décimo Junio Bruto, acompañado de su ejército, quedó fascinado por la hermosa puesta de sol que se podía contemplar desde aquel punto de tierra que se adentraba en el mar y desde el que no se veía nada más allá de la tenue línea del horizonte. Ellos lo denominaron el “fin de la tierra”, el “Finis Terrae”, o lo que viene siendo lo mismo, el “Cabo Fisterra”. No fueron los primeros en descubrirlo.

Los propios geógrafos romanos ubicaron allí un “ara solis”, un altar de culto al sol, que habría sido erguido por los fenicios y posteriormente destruído por el Apóstol Santiago. Y es que el “Cabo Fisterra” es epicentro de cientos de historias, a medio camino entre la realidad y la leyenda, en las que la religión tiene un peso importante. Cuentan que es allí donde está el final del Camino de Santiago, el kilómetro cero desde el que el peregrino debe iniciar su retorno. A día de hoy son muchos los que tras llegar a Compostela y entrar en la catedral continúan su periplo hasta “Fisterra”.

El cabo Fisterra, un lugar de ensueño
Pero más allá de historias y leyendas, el Cabo Fisterra es uno de esos lugares que enganchan a la primera. Los romanos no se equivocaban. Situado en el punto más al este de Europa el cabo ofrece una butaca de excepción para contemplar una puesta de sol. No hay nada más al alcance de la vista que una enorme bola de fuego que va siendo poco a poco devorada por la inmensidad del océano Atlántico. A uno le viene a la cabeza entonces el maestro Sabina al ver “que poco rato dura la vida eterna” cuando se contempla una maravilla como esa.Pero no es fácil concentrarse sólo en la caída del sol. La fuerza del paisaje y lo impresionante de los acantilados que lo rodean obligan al viajero a agudizar los cinco sentidos para sentir y percibir todo aquello que le va a ofrecer este “Finis Terrae” atlántico. En el “Cabo Fisterra” el mar es quién marca el ritmo de vida. Tan sólo con una mirada vamos a saber si está tranquilo o si, por el contrario, vamos a ser testigos de toda su bravura. Ver como la fuerza de las olas bate contra los recios acantilados es un privilegio para los que visitan el lugar pero un suplicio para los marineros del pueblo. Ellos saben que ese día salir a faenar supone un precio mucho más alto que el que percibirán en lonja por su pescado.

En lo alto del acantilado el faro sigue siendo la señal, la luz que guía el camino de los marineros y que advierte de la proximidad de una costa tan bonita como traidora. Y a su lado, la cruz da Costa da Morte, un recuerdo de lo que en Galicia denominamos las “viúvas de vivos e de mortos” (viúdas de vivos y de muertos), las mujeres de aquellos que han muerto o desaparecido en el mar.

Conocemos el pueblo de Fisterra
Pero el faro no es más que la punta de lanza de un hermoso pueblo que corona la ría de Corcubión. “Fisterra” fue creciendo poco a poco, a modo de anfiteatro, desde su puerto pesquero. Antaño fue una referencia en la pesca de bajura pero hoy, como en la mayor parte de las localidades de la Costa da Morte, el mar pasó a ser más un recuerdo que una realidad si hablamos en términos económicos. La emigración y la eclosión del sector servicios fueron dejando vacíos los pantalanes de un puerto que hoy no vive su mejor momento.

Con todo, un paseo entre los pequeños barcos pesqueros y una charla con los viejos marineros, hoy ya jubilados, pueden ser los ingredientes para una buena tarde. Encierran en su memoria noches de duro temporal  y luchas en sus barcos contra el poder de la muerte que llega en forma de tormenta. Ellos desafiaron la bravura de una Costa da Morte a la que aman y odian por igual. Les dio su pan durante años pero también se ha llevado consigo hombres y mujeres compañeros de faena. Por suerte ellos ganaron y hoy cuentan orgullosos su historia a aquel que tenga a bien escucharles.Si el mar marcó el crecimiento de Fisterra también la religión tuvo mucha presencia en su desarrollo. Por un lado el Camino de Santiago y su kilómetro cero. Por el otra, y sin dejar de lado la leyenda del Apóstol, el templo más representativo de la localidad, la iglesia de Santa María das Areas. Levantada en diferentes fases desde el siglo XII acoge en su interior la figura del Santo Cristo de Fisterra, uno de los de mayor devoción de la zona. Situado de camino al Cabo Fisterra es, por lo variado de sus estilos arquitectónicos, una de las visitas obligadas en la villa, sobre todo en Semana Santa cuando la localidad luce sus galas de fiesta.  

Inolvidable

Creo que siempre llevaré en la retina la imagen del faro de Fisterra, la línea difuminada del horizonte y todo el recorrido por la Costa da Morte. Realmente, cuando llegas a Fisterra, tienes la increíble sensación de haber llegado al fin del camino, al fin del mundo, donde no hay nada más que el mar y aquellos que nos quedamos bajo la lluvia observándolo. Moitas, moitas gracias. S.H.

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