Viaje al centro de un universo

Viaje al centro de un universo

Eran las 8 de la mañana. Ella, completamente sola, sentada sobre la cama y mirando el guardarropa,  repasaba uno a uno los momentos vividos. Había transcurrido casi un mes desde su llegada, sin embargo, la línea que separaba el punto de inicio y el de ese momento era fugaz, imperceptible. La hora de empacar aguardaba, pero, ¿acaso era posible empacar la fuerza de la vida en una maleta, encerrarla, callarla con un zipper, y sellar su ímpetu? Mientras trataba de calmar la agitación de su mar interior recordó las sabias palabras de su abuela que, con su imagen protectora, en más de una ocasión la había sacado de aprietos: “la vida sigue, mi muchachita…”.

Era un viaje como tantos otros a tierras cálidas y llenas de fuego, o frías, donde a ratos se pasean todos los cambios otorgados por la naturaleza. La vida le había enseñado que los contrastes, como los cambios de la naturaleza, daban la riqueza a las cosas y a las personas, y ese aprendizaje la había convertido en mujer intensa, y le había moldeado el carácter.

Llegó a Barcelona una noche de otoño, procedente de un mundo tranquilo de verano, de una ciudad que podría ser definida como un pueblo grande, exactamente en el centro de América, con pocos edificios altos y ninguna línea de tren, mucho menos un metro cruzando todos los costados de la ciudad, o un funicular que, empinado en leve lucha contra la gravedad, conduzca hacia la cima de un monte, como el Tibidabo, o a los bellos paisajes del Mediterráneo visto desde el Mont Juic.

Su ciudad era diferente, pero igualmente bella, de casas de una planta, anchas y espaciosas, abiertas por lo general de par en par, incluso para los foráneos; ataviada con flores de colores todo el año, calles sencillas, rotondas, plazas llenas de historia revolucionaria y valor popular, niños descalzos, centros comerciales, un hermoso lago en recuperación, y lo más importante, habitantes de corazón abierto.

Las luces de los faroles de las avenidas se reflejaban sobre los cristales del taxi y decoraban los edificios, volviéndolos románticos. Cómo se llama aquí, preguntó al conductor -Paseo de Gracia, respondió. Minutos más tarde atravesaría sin saberlo el corazón de la ciudad: plaza Catalunya, la misma por la que luego caminaría tantas veces, para conocer y reconocerse.

En lo impredecible y nuevo de cada día reafirmó que las posibilidades del viaje de la vida son infinitas. Se encontró una mañana de domingo de pie sobre Barcino, una ciudad construida hacía más de 4 mil años, en el punto donde los romanos, tantas veces estudiados en la escuela primaria, habían levantado el primer pilar de entrada a la ciudad que dio origen a lo que ahora es Barcelona. Descubrió maravillada y de viva vista el “Abrazo”, de Picasso, y su habilidad para traducir en líneas y trazos a las Meninas de Velázquez, supo que la canción “Óleo de mujer con sombrero”, que tanto le gustaba, lo era, probablemente por una obra suya; conoció el cuadro original de la rosa meditativa de Dalí y sus excentricidades; los mimos en las ramblas, bien como mariposas o temibles vampiros y tanta, tanta gente caminando a la vez en una misma calle sin que se celebrara nada especial.

Un día, aprovechando la cercanía geográfica y un feriado de clases, su responsabilidad cotidiana en esa ciudad por un mes, compró un boleto de avión y dos horas después estaba en Roma a la una de la madrugada y sin compañía, una actividad quizá normal para algunos, pero una verdadera hazaña para ella, acostumbrada a planificar sus viajes. Ahora, tratando de llenarse de esa bella ciudad, de tenerla completa, por el breve instante de su visita. Rodeada de cientos de turistas lloró en la basílica de San Pedro sin importarle la mirada curiosa de algunos y no porque sintiera dolor alguno, simplemente por la emoción que le causó tanta energía reunida en un mismo lugar, tantas peticiones juntas.

Recorrió los pasillos del coliseo romano y mentalmente recreó los circos que había visto en las películas, las batallas que los esclavos tenían que librar contra las fieras para salvar sus vidas. Hizo una larga fila para entrar al museo del Vaticano y ver la Capilla Sixtina. En este punto pensó que además del destino final, el recorrido en sí mismo fue también de singular belleza. Sentada en una gelatería regaló a su paladar un delicioso sabor de crema de almendras y fresas, le encantaba disfrutar lentamente de aquello que causara deleite a su sentido del gusto. Aprovechando los traslados del servicio de autobuses turísticos, se tomó el tiempo necesario para imaginar frente al circo máximo cómo eran las carreras de caballos que en años anteriores había visto en Ben Hur.

Muchas experiencias juntas, demasiada humanidad expuesta. El tiempo pasó a prisa. y ahora, recordó nuevamente las palabras de su abuela amada: la vida sigue, mi muchachita… Terminó de empacar, cerró la maleta y abrió el alma. A la una de la tarde abordaría el avión, hasta su próximo viaje.

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