Simplemente Marrakech

La puerta de Africa

Simplemente Marrakech

10 días. Tiempo escaso para conocer un país. Sobre todo, cuando el país es Marruecos. Sobre todo, cuando la ciudad visitada es la emblemática Marrakech, reconocida como la más importante de los antiguos reinos musulmanes del noroeste de África, que se impone como ciudad cosmopolita y "capital turística", cuyos habitantes (total impreciso, aproximadamente un millón quinientos mil) se mezclan con incontables visitantes de todos los continentes, el año entero. Incluso con esta limitación, no puedo dejar de lado el deseo inmenso de registrar los momentos que por allá viví.

Marruecos es identificado como la puerta de entrada del África para los europeos, por su posición geográfica, al extremo del continente africano y próximo a las costas andaluzas. Es también punto de encuentro entre pueblos distintos que alcanzan su larga y perturbada historia, que data de los 1.200 a.C. A fenicios, cartagineses, bizantinos, romanos, les suceden musulmanes, almorávides, almohades y otros pueblos, sin contar la intervención de los europeos, fundamentalmente franceses y españoles, aunque ingleses y alemanes no hayan permanecido lejos de alguna oportunidad de conquista, hasta la independencia, en 1956, con la llegada al trono del rey Mohammed V, al año siguiente.

Hoy, Marruecos, todavía monarquía constitucional, se constituye en conjunción de ciudades y paisajes naturales increíbles. Entre las villas imperiales, se destaca Fez, la más antigua, "capital intelectual" del país y patrimonio histórico de la humanidad, según los patrones rigurosos de la Unesco. A ella, se unen la capital Rabat, Meknés y la propia Marrakech. En el caso de los recursos naturales, a la soledad del desierto de Sahara se contraponen las cumbres heladas de la Cordillera Atlas. A la belleza de sus playas, que se extienden en 1,100 kilómetros de litoral hasta las aguas del Océano Atlántico y del Mar Mediterráneo, se suma el esplendor de cascadas, bosques milenarios y campos, donde pastores de ovejas me remiten a mi infancia, en lindos cuentos.

Aún como recurrencia de su evolución histórica, más o menos el 70% de los marroquíes son de etnia árabe, mientras el 30% se distribuye entre beréberes y minorías europeas. Así, su lengua oficial es el árabe, siendo común el berebere. También es frecuente encontrar marroquíes que dominan o "arañan" francés. Con menos frecuencia, español e inglés. De la misma forma, la diversidad artesanal y gastronómica, presente en Marrakech, es inolvidable. En el primer caso, comprobando la riqueza de Marruecos, abundante en minerales, fértil en agricultura y con industrias fuertes de turismo y pesca, el oro, la plata, el cobre, el hierro, el cuero, la madera y el barro son trabajados con esmero. Almohadas, pañuelos y bufandas multicolores hacen la fiesta de los turistas. El caftán, para hombres y mujeres, gana, cada día, un nuevo diseñador, en busca de los caminos de la modernidad. A decir verdad, las riquezas naturales contrastan con un proceso educacional frágil, en el que sólo un tercio de la población está alfabetizada (la situación es más grave entre las mujeres) y cuyos hábitos de higiene sorprenden.

n cuanto a la gastronomía, no hay cómo rechazar el cuscuz, la harira, los tagines, el mechoui. El té de menta impera, en los hoteles sofisticados, en las casas más simples, en las terrazas o en los cafés intimistas. Esto es porque el islamismo, religión predominante (cristianos, judíos y bahaístas son minorías), prohíbe las bebidas alcohólicas (circulan en hoteles internacionales y en los aeropuertos) y el juego de azar. Pero el fútbol, sobre todo, el brasileño, para la ciudad. Chóferes de taxi, niños y jóvenes exaltan a los jugadores brasileños...

En fin sobre el islamismo, nada que ver con el radicalismo fundamentalista de los que matan en nombre de un dios. Es interesante escuchar la llamada, cinco veces al día, por altoparlantes instalados en las mezquitas, para recordar las oraciones dirigidas a Meca. Se trata de uno de los cinco preceptos del islamismo, al lado de los otros cuatro: (1) no hay dios, más allá de Alá, y Mahoma es su profeta; (2) los fieles pueden enriquecer, con la condición de ayudar a los pobres; (3) saludo al sagrado Ramadán, noveno mes del año musulmán, durante el cual se prescribe la abstención de comida, bebida, cigarro y sexo, en el período diario entre el amanecer y la puesta del sol; (4) peregrinación, por lo menos una vez en la vida, a la Meca.

Y hay más, Marrakech es una joven. Marrakech es mujer. Su porción juvenil tiene el barrio Guéliz, como el más representativo. Avenidas largas y floridas acogen residencias, tiendas y oficinas lujosas y modernas. Su porción mujer se hace presente en las extensas murallas de Medina, que hasta el 1060, velaban por la ciudad antigua de los almorávides; en los bellos jardines de la Menara, que permiten la visión de las montañas de la Cordillera Atlas; en la grandiosidad de la mezquita Koutoubia, que, con sus 77 metros de altura, se impone a los visitantes; en la frialdad de las tumbas Saadianas; en el Palacio Bahía; en la visión exterior del Palacio Real; en el Teatro Royal; y en los incontables jardines, que se dispersan por la ciudad, como el de Agdal y el Majorelle. Las palmeras ganan espacio por toda la ciudad, con exuberancia y ostentación. ¿Y qué decir de los alrededores? Encantan el Valle de Ourika, la represa de Lalla Takerkoust y la villa berebere Asni y Tizi N´Test, donde visité una familia local.

Marrakech es aún la "ciudad-roja". El color tierra impera por todas partes. No existen edificios de otra coloración. No existen explicaciones. Solamente la tradición marroquí de mantener villas definidas por un color único de las construcciones. Meknés es la ciudad-verde; Fez, la amarilla; Rabat y Casablanca, las blancas. Además, Casablanca, "capital económica", se perpetuó en el imaginario colectivo, inclusive entre brasileños, gracias al filme homónimo, de 1942, aunque, contrario de lo que se piensa, tuvo inspiración marroquí, aunque fue rodado en Hollywood.

Pero, Marrakech es, esencialmente, la "Plaza". Está próxima de los suks (mercados que se subdividen por productos: especias, souvenir, muebles, zapatos, ropas, tapetes, dulces, bisuterías etc.), sobre los cuales me confieso incapaz de describirlos, por su singularidad. Registro solo la práctica abominable de regatear, que se extiende por diferentes locales de la ciudad. De 100 dirhams marroquíes (un dirham corresponde a 10 u 11 euros), por ejemplo, el producto puede pasar a 50 o hasta menos. Y la "Plaza", prescinde especificación. Las personas hablan sólo así: "La Plaza". Se trata de la Plaza Jmaa el Fnaa, cuya denominación aparece escrita bajo formas variadas. No importa. Ella es la identidad del pueblo marroquí. A lo largo de los días predominantemente calientes o de las noches frías, en su espacio, no siempre limpio, hay de todo: restaurantes y cafeterías al aire libre, puestos de dulces, de jugos de naranja y de CD'S piratas, encantadores de serpientes, acróbatas diminutos o no, "amaestradores" de monos, mendigos de todas las edades, hombres en trajes almorávides, musulmanes leyendo El Corán, travestís que se exponen, mujeres que explotan la tradición de pintar las manos de las novias la víspera de la boda, y arreglan manos, brazos y pies de turistas deslumbrados, como forma de ganar dinero.

Todo gira en torno del "vil metal": fotografiar o hasta mirar por algunos minutos significa pagar, tal como ocurre con "servicios" mínimos, inclusive informaciones sobre direcciones. Y la "Plaza" también admite a aquellos que buscan compañía de sexo ocasional (pago o no), además de pícaras, que intentan engañar a los incautos. ¿Y qué decir del tráfico? Por increíble que parezca, de vez en cuando, al lado de bicicletas y motos, circulan por la Plaza Jmaa el Fnaa, carros particulares y taxis, rematando la locura que es el tránsito de Marrakech, donde faltan semáforos y sobran cláxones estridentes.

No obstante, para mí, lo más increíble de la "Plaza" es la fusión de rostros. Muchos rostros. Rostros alegres y tristes, indiferentes y perplejos, enamorados y coléricos, inocentes y astutos. Rostros infantiles y jóvenes, de adultos y de ancianos, saludables o no. Pienso en la magia que representa el rostro en la multitud. Por más parecido que sea o parezca, un rostro tiene siempre vida propia. Es singular y, simultáneamente, múltiple. Un mismo rostro asume dimensiones fantásticas: en un momento, exhala espanto o admiración; un segundo después, se crispa de dolor o rencor.

Rostros femeninos cubiertos, totalmente o no, casi siempre, en mujeres más viejas o de jóvenes de familias musulmanas más radicales se mezclan con rostros jóvenes o gastados, cuidadosamente maquillados, que parecen desafiar prejuicios y tradiciones. Y hay rostros cubiertos como recurso de marketing, como me dijo, con candidez, una vendedora, de edad indefinida. De hecho, si la mujer marroquí todavía se esquiva de conversar con extranjeros (as), sobre todo si más vieja, es por cuenta de la limitación del idioma berebere. En general, es más liberal y muestra gratitud al actual rey Mohamed VI, idolatrado tanto por su condición de descendiente del profeta Mahoma, como por haber abolido el Mudawama, estatuto que la trataba como un eterno menor de edad.

Por todo esto, la suma de multitudes de rostros que se aglomeran en la "Plaza" no expresa absolutamente nada sobre la "ciudad-roja", al mismo tiempo en que dice todo sobre ella: la unión de personas distintas determina la fuerza de la multitud. Fuerza es, inexorablemente, poder. Poder que se materializa en la magia de un país que no se confunde con ningún otro por la semejanza de los rostros sin nombre de los que rondan la "Plaza", reconocida por la Unesco como patrimonio de la humanidad, pero cuyo mayor mérito es mostrar al pueblo marroquí tal como es, en la multiplicidad de rostros, que pueden ser profundamente bellos o desgraciadamente feos. Depende...

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