Lisboa sin palabras

Lisboa sin palabras

José Saramago definió Lisboa como el lugar “donde acaba el mar y la tierra comienza”, y, ciertamente, algo se acaba y empieza cuando viajas a la capital del Tajo.

Y es que  algo especial debe de tener un lugar que ha visto nacer tan ilustres poetas. No sé si será su luz atlántica, o sus implacables pendientes, pero lo cierto es que hay algo en ella que me obsesiona, que hace que nunca tenga suficiente, que siempre quiera volver. Imagino que se me pegó el espíritu melancólico que dicen tener los portugueses, la saudade de la que hablan los fados de Amalia Rodrígues, mágica palabra para referirse a un sentimiento que sólo puede llegar a comprender un portugués.


Algo (te) espera
Sea como sea, la obsesión me viene de lejos, desde que descubrí los versos de Fernando Pessoa. Y aunque ninguno de sus heterónimos hace referencia directa a la capital portuguesa, a mí se me antoja ver la silueta de sus callejuelas escondida tras los versos de Alberto Caeiro. Y es quizá porque Caeiro hizo con Pessoa lo que Lisboa hizo conmigo, o porque no se puede visitar Lisboa sin descubrir a cada instante cosas nuevas en un mismo recorrido, puesto que siempre hay algo escondido, esperando para  sorprenderte.

Es quizá porque no hay atardecer que no sea mágico ni edificio por el que no merezca la pena levantar la vista. Es quizá porque, cuando le ponemos atributos a las cosas, sin saberlo, estamos distorsionando la naturaleza misma de las cosas. Y cuando he viajado a Lisboa he procurado no poner atributos, ni etiquetas, ni añadidos, he procurado, simplemente, sentirla. Y es por este motivo que no puedo escribir sobre Lisboa, porque no puedo pensarla, no puedo racionalizarla, simplemente puedo sentirla (que no es poco). Con todo, quizá sólo Caeiro puede describir este sentir, ya que a mí las palabras no me alcanzan.

 

Quien está al sol y cierra los ojos

Empieza a no saber lo que es el sol

Y a pensar muchas cosas calurosas.

Pero abre los ojos y ve el sol,

Y ya no puede pensar en nada,

Porque la luz del sol vale más que los pensamientos

De todos los filósofos y todos los poetas.

La luz del sol no sabe lo que hace

Y por eso no se equivoca y es comunal y es buena.

 


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(PESSOA, F., Antología poética, El poeta es un fingidor.
Traducción de Ángel Crespo, Austral, 2011, Madrid, Dentro de El guardador de rebaños, de Alberto Caeiro, poema 4).

 

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