Las tierras mayas aún viven

Las tierras mayas aún viven

Una tierra de batallas épicas, alabados Dioses, grandes guerreros, hermosas doncellas, ritos, leyendas, descubrimientos, conquistas, traiciones… Las cicatrices aún están en nuestras tierras, la sangre derramada por las batallas todavía está impregnada en los vestigios: San Miguelito y el Rey.

Estos asentamientos mayas fundados en el postclásico tardío (aprox. 1200 – 1550 años de nuestra era) le pertenecieron a ECAB (EEK’CAB),  que en maya significa “Punto de Tierra” o “tierra negra” -por su suelo café claro a rojo obscuro y su delgada capa caliza-. ECAB, quien fue uno de los 16 cacicazgos Mayas en la península de Yucatán, lideró estás rutas de comercio marítimo, a los guerreros, comerciantes: a la sociedad.

San Miguelito, una zona mágica
 Josué Tello San Miguelito fue un rancho cocotero, en los años 50’s del siglo pasado, cuando Cancún era un pequeño pueblo pesquero; de ahí el nombre, ya que no se conoce el original. Por la cercanía a las aguas de tonalidad turquesa del mar caribe y, a la biodiversidad del ecosistema acuático de la laguna Nichupté, San Miguelito es un lugar mágico. Rodeado de la selva alta: árboles de zapote (), caoba (ka’wakché), huaya (huayum) otorgaron sombra y protección a los nativos mayas. Esta flora que le da vida al lugar.

 

Los mayas construyeron varios conjuntos, con diferentes finalidades. El conjunto norte, tiene un área residencial compuesta por cinco estructuras que sostenían casas de madera y palma, aquí se hallaron vestigios de entierros de niños. Se cree que el alto índice de mortalidad infantil fue provocado por las condiciones difíciles de la zona. Jaguares (chacmol) pumas (ko) tigrillos (Sakchikin) asechaban entre la maleza, veían a la presa, eran niños indefensos. Su último suspiro. 

El conjunto sur, cuenta con pequeños alteres y un palacio con dos salones, esta pirámide (del año mil 300 dC, más o menos), es de ocho metros de altura y 12 de base. De ahí, desde las alturas, podían ver el arribo de las canoas a la orilla de la playa con productos y esclavos para comerciar.

El Palacio Chaak, que fue un edificio de funciones públicas, donde se realizaban ceremonias y celebraciones por parte de los pobladores al Dios, Chaak, ser  divino protector y dador de lluvia. Aquí vieron su último día guerreros, esclavos, doncellas… Honor para el guerrero, suerte para la doncella y desprecio para el esclavo, así veía las ofrendas: Chaak.

El conjunto de los dragones, fue un lugar donde se preparaban los alimentos y ceremonias, así como también, un lugar de enterramiento y culto para los ancestros. Este lugar contaba con cuatro edificios y cuatro adoratorios con sus respectivos altares. Con los sonidos de la naturaleza, los ritos y cantos alegraban a los creadores, sonidos que eran: el privilegio de los Dioses.

 Raymond Merwin.

Sin la cabeza no hay Rey

 

Se desconoce el nombre original pero se dice que obtuvo la denominación debido a que durante las primeras etapas de exploración, se descubrió una escultura antropomorfa con una prenda tallada que parecía ser el tocado de un monarca.   

Con un avistamiento magnífico a la laguna Nichupté, y a unos metros del mar Caribe.  Cuenta con alrededor de cuarenta y siete estructuras, correspondientes a una zona religiosa y administrativa en la que se llevaron a cabo importantes ceremonias y vivieron los personajes de mayor jerarquía en la vida política de esa región.

 

Con una estructura social bien delimitada, el Rey, contaba con una nobleza compuesta por los señoríos almeheno’ ob (los que tiene madre y padre) y los sacerdotes ahkino’ ob (los del sol), quienes después de la muerte eran enterrados en tumbas cavadas dentro de pirámides.

Es aquí, donde el día comienza antes del amanecer, con el sonido de los caracoles marinos fungiendo como trompetas. Mujeres con los niños, jóvenes con los cazadores, los abuelos con la sabiduría. Los ach chembal uinico’ ob iniciaban sus actividades comerciales y pesqueras: lisas, truchas (uzcay), robalos, meros, boquinetes, eran algunas especies marinas que pescaban y comerciaban nuestros ancestros.

 

El manglar los protegía de las tormentas tropicales y les abastecía de nutritivos alimentos. Eran lugares de peligro, tanto para el cazador como para el cazado…  

 

Sigilosos detrás del cedro, divisan a la presa, respiran profundo, cieran los ojos… imaginándose el siguiente movimiento del animal. Con la lanza entre la mano, aprietan el puño, el sudor de la frente cae como lágrima por los ojos. Si te mueves se va la presa. La lanza le atravesó órganos vitales, las crías huyeron,  así cayó muerto el jabalí, que se acercó al mangle a beber agua, nada más. Matar o morir de hambre. No es una simple cena, es un festín para la tribu, que con bailes y cantos acompañan la velada.  


Más que mayas… Guerreros.

Es aquí, en estos lugares emblemáticos del norte de Quintana Roo, donde habitaron los ‘insumisos’, quienes fueron grupos de comunidades mayas a las que los españoles les tomó 3 campañas y 20 años, para someter la península de Yucatán.

Sin embargo, la sumisión no fue por la caída de los guerreros mayas en los campos de batalla contra los conquistadores españoles, fue debido a que estos, los del viejo continente, cerraron las rutas de comercio y abastecimiento, lo que propició el abandono de estas lindas y sagradas tierras. ¿A dónde fueron?... No lo sabemos, solo sus recuerdos nos quedan.  

Perdimos los asentamientos, saquearon reliquias, destruyeron pirámides, vino la conquista, la colonia, el mestizaje…

Pueblos de valientes y guerreros; matemáticos y astrónomos,  así son recordados en nuestros tiempos; y lo serán mientras cada columna, cada centro religioso, cada pirámide, cada vestigio, ornamenta y su sagrada sangre, sigan corriendo en nuestras venas y recuerdos. Estos que jamás pudieron conquistar.   

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