La Roma eterna

Cartas de una Erasmus - Entrega 16

La Roma eterna

En 1828, Stendhal escribe sobre las “visitas de despedida de Roma”. El 24 de septiembre de 2008, llegábamos, en plena noche, a una casi solitaria Fontana di Trevi. Cada vez que, durante este curso, he entrado, por horas o por días, en Roma, he ido anotando impresiones y lugares en una libreta. Éste es mi último viaje a la ciudad eterna de mi Erasmus, y las lluvias de estos dos últimos días han convertido muchas de esas palabras en un borrón ilegible de tintas azules, rojas y violetas.

Paseos por Roma
En casi todos estos viajes, he estado acompañada por el libro Paseos por Roma, de Stendhal, leyéndolo a pedazos, in situ en los lugares descritos. Por eso este libro –anotado, señalado, mojado, lleno de celo–, me ha acompañado también en estos días de descubrimientos y reencuentros.

 

Stendhal, cuando llevaba ya seis meses viviendo en Roma, escribió que su actitud respecto a la ciudad había “cambiado por completo; me atrevo a decir que sentimos una especie de pasión por esta ciudad célebre”.

Algo tiene Roma que atrapa de lleno. También mi relación con la ciudad ha cambiado a lo largo de estos poco más de ocho meses. He ido conociéndola a trozos, sin la presión del turista con fecha de vuelta pero sin la pausa del nativo. Estos dos días también han sido así, con el matiz de que, esta vez, sí había fecha de regreso, por lo que la relajación y el disfrute adquieren dimensiones de éxtasis.

En “giro”

Quizás por eso, no fue del todo casualidad que comenzáramos el recorrido en la Chiesa Santa Maria della Vittoria, contemplando el “éxtasis de Santa Teresa”, mientras en los alrededores se disputaba el “giro” ciclista. Bajamos luego Vía Quirinale hasta llegar al palacio, actual residencia de Napolitano, el Presidente de la República, desde donde contemplar una de estas maravillosas vistas que te ofrece la ciudad de las siete colinas.

La Chiesa del Gesù, el Palazzo Venezia, Sta. María del Cosmedín y otros lugares ya peregrinados de los que despedirse. Cruzar la Isola Tiberina, pasear por el Trastevere… Me gusta especialmente esta zona, llena de naranjas y verdes, de flores, de risas, de música.

Seguir caminando hasta el Castel Sant´Angelo, y sentarme en esa esquina, al lado derecho del puente, mientras pienso, una vez más, que es ese mi rincón favorito de Roma. Paseos por Roma, por el corazón de la Piazza Navona, por el Pantheon, y volver a lanzar una moneda a la Fontana di Trevi para que no se olvide de que nos prometemos regresar.

Por la noche, cenamos en La Montecarlo: los camareros corren de una mesa a otra, la gente está alegre, cantamos el “Cumpleaños feliz” a una amiga, y nos olvidamos, con la felicidad del instante, de las tristes despedidas. Volviendo a Stendhal, le parafraseo: “Hemos saboreado la felicidad de estar en Roma con total libertad”.
Ruinas bajo la lluvia

A estas alturas, aún tengo pendientes un par de lugares que no quiero quedarme sin ver antes de la partida. Bajo lluvias torrenciales, me aparto del grupo y paseo sola por un enfangado Foro. Apenas hay turistas. Otra cita del libro acierta: “No pretendo decir lo que son las cosas: cuento la sensación qué me han producido”. Me quedo absorta bajo la lluvia hasta que me despierta la vida.

Por la tarde, nos acercamos a la Via Appia. Pasear por la antigua calzada romana con un poco de imaginación es un bello ejercicio evocador. La catacumba de San Calixto nos la enseña un apasionado guía extremeño que intercala explicaciones con dramatizaciones de los hechos. Lo último que vemos es la Domine Quo Vadis. Buena pregunta, pienso… 

Es curioso que entre los últimos lugares visitados, esté el EUR, el barrio creado por Mussolini para albergar la Expo de Roma, truncada por la 2º Guerra Mundial.

A lo largo de estos meses, he visto Roma en días soleados y en días fríos y lluviosos. He deambulado por la Roma asfixiante repleta de turistas y por la silenciosa y solitaria. He paseado dubitativa y triste, y he reído y cantado pletórica. He comido aquí, como dicen los romanos, el mejor tiramisú del mundo. Y sin embargo, la de secretos que aún se quedan ocultos… Me monto en el tren destino al sur. Me alejo de Termini, esta vez, sin fecha de regreso. Cito a Stendhal: “Mi corazón está completamente conmovido”.

Recuerdos por palabras

Roma se aleja; bueno, mejor dicho, me alejo yo. “En estos lugares de placer, el genio italiano se olvida de tener miedo y de odiar”, dice el escritor.

Pienso si habrá alguna señal en el hecho de que la lluvia haya borrado las palabras de mi cuaderno. Quizás sea así mejor, para quedarme sólo con los recuerdos: con la cara de mi madre frente a Piazza Spagna, o la de mi hermano, dentro del Colosseo. Con el reencuentro en el Pantheon del amigo perdido, con el vuelo de pájaros negros desde San Angelo, con las galletas compartidas en el Gianicolo. Y con el paseo en bici por Villa Borghese, con el peregrinaje a las cafeterías y a los recuerdos de otros, con las anécdotas leídas a doble voz en las guías, con el claustro de San Giovanni. E incluso con el horrible albergue del primer día. Con la fila de los Museos Vaticanos entretenida con dibujos, con el Moisés y la Piedad. Con la primera vez que vi de noche Santa Maria Maggiore. Con el verde de los días de sol. Y con tantos otros...

“No os pido que me creáis bajo palabra, sino solamente que si alguna vez vais a Roma, abráis los ojos”. Ese es el último consejo que da Stendhal.

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