Instantáneas de la Habana

La Habana, Cuba

Instantáneas de la Habana

El Caribe, bajo mis pies, arremete contra el Malecón. El compás infinito de las olas humedece los engranajes de mi reloj, desacostumbrado ya, a la hora española. Los cálidos rayos de la tarde destilan recuerdos y pienso si Unamuno tendría razón al afirmar que se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. A las espaldas de quien mira al mar La Habana se extiende majestuosa y subyugante. Su pátina de indolente subversión planea en cada rincón, intentando desalentar a cada pedacito de incertidumbre que en el verano de 2007 parecía haberse apoderado de la ciudad.

La Habana Vieja

La ciudad de La Habana, situada a 23º07’ latitud norte y 82º21’ longitud oeste, fue fundada en 1519 en una bahía natural y pronto se convirtió en uno de los puertos mejor defendidos del Caribe. Además de transformarse en parada obligada en la ruta marítima entre Europa y América.

La Habana Vieja, esa ciudad primigenia -declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad en 1982- se articula alrededor de la Plaza de Armas, la Plaza Vieja, la Plaza de la Catedral y el puerto. Constituye el casco histórico de la ciudad, cuyo máximo exponente, la Plaza Vieja, rodeada por edificios de estilo barroco, neoclásico y modernista, fue el primer intento de planificación urbanística de los españoles en América. Por otra parte, las distintas culturas que se entretejieron en el Caribe han dado lugar a un estilo arquitectónico que confiere a las casas de La Habana Vieja un encanto particular: se trata de viviendas que poseen arcadas, patios interiores, galerías y puertas de hierro forjado.

La Habana Vieja es la parte indispensable de la capital, donde se encuentran monumentos y edificios históricos, museos, fortalezas, restos de muralla, conventos e iglesias y paladares (restaurantes familiares de comida criolla). Es la ciudad de las columnas como la llamó Alejo Carpentier, pero podría ser también el lugar de las luces y las sombras, de la decadencia y la dignidad, del rescate. En ella conviven, sobre una alfombra de adoquines, los edificios restaurados con los hogares humedecidos y palpitantes, que acusan medio siglo de bloqueo y comunismo.

Las callejuelas serpentean por esta parte de la ciudad -Mercaderes, Obrapía, Lamparilla, Amargura- hacia las plazas principales. Siguiéndolas se descubren recovecos plagados de artesanía y de arte. Aunque abarrotadas por el gentío en las horas centrales del día, estas calles transpiran un ambiente sosegado y hospitalario. Revelan puestos callejeros dedicados exclusivamente a los libros y conducen sin remedio a los vendedores de guarapo (jugo de la caña de azúcar). Es también la zona del seis por ocho (danza cubana), del son, de las partidas de ajedrez o dominó y de los menesterosos.

El Malecón

Paseando por la principal arteria de la capital, el Malecón, se observa como los humildes edificios comparten paisaje con los más modernos hoteles a los que el cubano tiene prohibida la entrada; hoteles que se llenan de ajenos turistas cuyo más probable destino será Varadero y que partirán hacia sus hogares con la imagen de la Cuba de las playas cristalinas. Tal vez desde su habitación con vistas al mar no se verán las viviendas desconchadas, los mortecinos tonos pastel de las fachadas y los acogedores portales donde enrocarse o hacer dominó a algún vecino, o simplemente, conversar… en voz alta sobre el calor, susurrando sobre política.

Quizá pase por alto a los atolondrados veraneantes esa digna mirada del cubano que ansía conocer Venecia y que paciente desvela los entresijos de la doble moneda; la expresión de agradecimiento de la dueña de la casa que me acoge, cuando habla, con los ojos vidriosos, de la época de la alfabetización, de cómo la Revolución la sacó del campo y la llevó a la ciudad para estudiar; la resignación de su hija enferma cuando explica que debe llevarse su propia insulina al hospital y que es normal que tenga que incentivar al médico con algún que otro regalo para recibir un mejor trato. Al fin y al cabo, según ella, el médico cobra unos 50$ al mes; o los ojos despiertos del joven que habla tres idiomas, tiene a la mujer embarazada y vive de trabajar para el turista, conduciendo un coche de caballos por las calles de La Habana Vieja.

El Malecón es uno de los centros de reunión por excelencia de la capital cubana, a lo largo de sus siete quilómetros pululan grupos de pescadores, jóvenes enamorados y visitantes de piel clara.

Los ojos se detienen irremisiblemente ante los arreboles que moran en el cielo a esas horas en que el calor empieza a ser soportable. La luz del ocaso se desploma, se esparce sobre el mar e irradia los edificios haciéndolos centellear. Se refleja en los cristales rotos, en las envejecidas fachadas –verdes, rosas, turquesas-, en los soportales sostenidos por ennegrecidas columnas de estilo corintio, en las balaustradas de las azoteas donde se agolpan los niños, en los ladrillos que asoman en las paredes de desvencijadas construcciones, en los dinteles coloniales, en los tendales de las ventanas. El asfalto refulge, pero durante el crepúsculo todo adquiere un tono alicaído que contrasta con el bullicio que precede a la noche habanera.

El Vedado

Se abre el Vedado, sus casas modernistas y sus ceibas en las veredas.

El Vedado se considera el centro neurálgico de la ciudad. Se trata del barrio que se articula alrededor del Hotel Habana Libre y donde se encuentran los bancos, los cines, las tiendas y numerosas salas de baile. Sus arterias principales son la Avenida Paseo y la Avenida de los Presidentes (también llamada calle G), que discurren desde el centro de la ciudad hasta el Malecón. Probablemente las calles arboladas del Vedado son las más anchas de La Habana, trazadas en ángulo recto se denominan con cifras y letras.

 

Una de las más interesantes calles de esta zona es La Rampa (nombre que toma la calle 23 desde la esquina de L y hasta el Malecón), allí se concentran la mayoría de los cines y comercios. Se trata de la vía en la que al caer el sol asoman los más jóvenes y donde existe un hormigueo constante de vehículos de toda índole: compiten Ladas soviéticos, vetustos Chevrolets y modernos Volkswagen con veloces cocotaxis y motocicletas con sidecars.

El Vedado es un barrio que se considera modelo de un desarrollo urbanístico que vivió su máximo esplendor durante la primera mitad del siglo XX; durante la década de los 50, el Vedado acogió nuevos edificios gubernamentales y casas art nouveau que formarían lo que hoy conocemos como El Nuevo Vedado. Es esta una zona residencial formada por chalés con mecedoras en el porche y con jardines que se extienden tras las verjas. Estos vergeles constituyen un muestrario de la más variada flora antillana, cuyo verde resplandece con los primeros rayos de la mañana y donde revolotean los zum-zum (colibríes).

Ahí está también La Plaza de la Revolución, lugar donde se encuentra la Sede del Gobierno y donde se concentran las manifestaciones del Primero de Mayo y la mayoría de las celebraciones de la fiesta nacional (primero de enero, triunfo de la Revolución). Caminar hasta la Plaza de la Revolución es un paseo salpicado por los murales rebeldes. De pronto asoma la efigie de Martí, de mármol blanco, que recuerda a las esculturas soviéticas. Frente al Memorial Martí y flanqueadas por el Teatro Nacional de Cuba y la Biblioteca Nacional, aparecen las dependencias del Ministerio del Interior, en la fachada de las cuales cuelga la imagen que Korda tomó de Ernesto Che Guevara. El rostro del guerrillero argentino-cubano es el icono inmaculado del régimen, el semblante amable, duro y tierno que llena las calles. Él simboliza la eternidad de la lucha contra las injusticias y el más puro socialismo, según sus seguidores. Aunque quizá la mera explotación de su imagen haga desvanecer los propósitos de la Revolución.

Regla
Frente a La Habana Vieja y cruzando su bahía se encuentra la ciudad-municipio de Regla, con 42.390 habitantes. Antes de la Revolución de 1959 esta localidad era conocida como la sierra Chiquita por su afinidad con la sierra Maestra y su tradición revolucionaria. Actualmente, se trata de una población obrera –industrial y portuaria- que constituye el centro de las religiones afrocubanas, entre las que destaca la sociedad secreta de Abakúa y en la que se concentran un gran número de santeros.

Andando desde el muelle se encuentra la Iglesia de Nuestra Señora de Regla que constituye uno de los principales atractivos de la zona. En su altar mayor se distingue la virgen de Regla o Yemayá, la orisha negra del mar y patrona de los marineros.

Las calles que circundan el templo son apacibles, el tráfico resulta inexistente y, aquí, los transeúntes no se confunden con turistas, puesto que en Regla no existen puntos de interés turístico de masas. La visita a Regla es una excursión fuera de la algazara habanera. Además, resulta interesante pasear por sus calzadas, que a primera vista parecen desamparadas pero que están salpicadas de bodegas y de tascas.

Sin embargo, no existe perspectiva mejor para contemplar la inmensidad de La Habana que desde Regla. La cúpula del Capitolio recorta el horizonte que se alcanza a ver por encima de la bahía y el sol, cuando se sitúa frente a quien contempla la imagen, refleja sus rayos en el agua y crea un contraluz con la mayor urbe del Caribe de fondo.

Como escribió Benedetti [La Habana] cultiva el imposible y exporta los veranos. Es una ciudad que sobrevive y por ello fascina. Estoica, digna e inviolable La Habana aguarda.

Hola!

Me gustó mucho el reportaje. Me parece muy interesante, y espero que publiques muchos mas.
Muchos ánimos Cris.

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