Eterna. Fugaz. Roma

Italia

Eterna. Fugaz. Roma

Tres días. Ese era el tiempo que teníamos para ver Roma. Todo un reto en una ciudad en la que cada calle tiene algo digno de ver. Doce amigos en Roma con un único objetivo: disfrutar al máximo la ciudad eterna en tres fugaces días.


Vista Plaza San PedroPrimer día
07:00 Todo el mundo en pie. Los Museos Vaticanos abren a las 10:00 pero las colas ya bordean los muros que limitan el Estado Vaticano. Un día entero no llegaría para ver todo lo que esconde en su interior, pero si hay algo ineludible es la Capilla Sixtina. La primera impresión se resume en: ¿es esto tan pequeño y tan lleno de gente? La respuesta es sí. Quien espere algo gigantesco se ha equivocado de lugar, pero quien espere un lugar lleno de magia, está en el sitio adecuado. El Discóbolo, la Escuela de Atenas, el Laocoonte y sus hijos… demasiado que ver y poco tiempo para hacerlo.

La salida a la luz después de tres horas luchando entre la muchedumbre por los interminables pasillos del Vaticano nos descubre un día soleado y frío, muy frío. Nuestra siguiente parada es la Plaza de San Pedro. Increíble es la palabra que define esta maravilla realizada por Bernini. Y una vez más gente por todos lados. La gran cola para entrar en la Basílica nos hace desistir de nuestro intento y decidimos tomar la Via della Conciliazione rumbo al río Tíber, no sin antes prometernos que volveríamos. 

Puente de San Angelo.Cruzando el río por el puente de San Angelo, uno de los más impresionantes y que da nombre al castillo que se encuentra justo enfrente, empezamos a callejear por las curiosas y pequeñas calles de la ciudad. Comer pizza es nuestro objetivo. Y aunque lo conseguimos, nuestra decepción es evidente, porque las pizzas de los restaurantes de Italia son de una masa muy fina, algo muy distinto de lo que esperábamos.

Y comenzamos la “ruta de las piazzas”. Piazza es el término italiano de plaza, aunque muchas veces te encontrarás en Roma con que una piazza es una simple intersección entre dos calles. Piazza Navona, el Pantheon en la Piazza de la Rotonda, Fontana di Trevi, Piazza di Spagna, Piazza del Popolo… Recorrerlas es la manera más fácil de convertirnos a la vez en turistas y en romanos. Turistas porque cada lugar estaba más lleno de gente que el anterior hasta unos límites insospechados, y romanos porque caminar de un lugar a otro permite ver otra Roma, la que se esconde entre las calles menos transitadas.

Segundo día
De nuevo en pie a las 7:00. Empieza otro día en el que nos dirigimos directamente en metro hasta el Coliseo romano. Contábamos con esperar otra larga cola como el día anterior, pero parece que hoy la gente no madrugó y entramos rápidamente. Y entras, y subes las altas escaleras, y sales a la grada, y te quedas boquiabierto… Dentro del Coliseo, te planteas más seriamente cómo los romanos pudieron realizar construcciones como aquella, tan sofisticada e increíble a la vez. Pasamos más de dos horas admirando aquella inmensidad y preguntándonos cómo debió de ser en sus años de esplendor. Justo enfrente del Coliseo se encuentran el Monte Palatino, donde según la mitología romana la loba amamantó a Rómulo y Remo, y el Foro Romano, punto central del desarrollo del imperio.

Es la Roma de las ruinas, donde te das cuenta de que todo lo que ves a día de hoy no es ni una sombra de lo que fue antaño. Pasando el Campidoglio, donde se encuentra el Museo Capitolino, llegas a uno de los lugares más representativos la historia más reciente de Roma, el monumento a Vittorio Emmanuele II, en la Piazza Venezia. Terminado hace menos de un siglo, es un orgullo arquitectónico para los romanos, que ven en él el símbolo de la reunificación italiana que llevó a cabo el rey Vittorio Emmanuele II.

Dejando atrás el Circo Massimo, del que únicamente se conserva su emplazamiento, entramos en el barrio de Trastevere pensado en un buen plato de pasta. Pero en Italia, la pasta se come como primer plato, por lo que se sirve en pequeñas cantidades. La tarde la reservamos para perdernos por las calles hasta llegar a las Termas di Caracalla, unos impresionantes baños públicos en los que llegaban a caber 2.000 personas. Expoliadas en varias ocasiones, ahora tan solo conservan parte de la construcción original y muestras de los mosaicos que recubrían todo su interior.

Tercer día
Sorprendentemente para nosotros, llegaba el último día y nos encontramos con que ya habíamos visitado casi todo lo que teníamos previsto. Menos un lugar: la Basílica de San Pedro. Ése sería nuestro primer destino.

Lo mejor que puedes hacer en Roma para no perder tiempo en las largas colas es levantarte temprano, así que a las 9:00 ya estábamos subiendo a la cúpula de la basílica, desde donde puedes ver toda la ciudad de Roma. Llegar hasta la cúpula no es tarea fácil, te separan alrededor de 300 escaleras de caracol, y eso si coges el billete combinado con ascensor. Pero merece la pena. La sensación de poder abarcar con tu mano toda la ciudad es increíble. Al bajar, entrar en la Basílica es una parada obligada.

Es un edificio tan lleno de historia, de arte, de fe pero, sobre todo, de gente, que toda su magia y misticismo quedan en un segundo plano. Pero a pesar de todo, nadie puede negar la majestuosidad que se respira. El baldaquino de Bernini, la Cátedra de Pedro y La Piedad de Miguel Ángel son algunas de las visitas que nadie puede obviar.

Aún con tiempo para visitar más lugares, decidimos echar el freno al ritmo de los últimos días y dedicar la tarde a pasear y a hacer algo que nos teníamos prometido: comernos uno de los famosos (y riquísimos) helados italianos en la Fontana di Trevi mientras anochece, justo en el momento en que empiezan encenderse las luces. Un espectáculo indescriptible. Y así termina el día y con él nuestra estancia en Roma. A la mañana siguiente partimos para casa. Pero queda mucho en el tintero, Roma da mucho más de sí, por algo fue la capital de un imperio. Ciao Roma. No es un adiós, es un hasta luego.  

Las mismas sensaciones senti

Las mismas sensaciones senti yo cuando estuve en esa maravillosa ciudad

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