El orgullo de ser garífuna

Reportaje

El orgullo de ser garífuna

Lébuna libágari garífuna es una frase recurrente a lo largo del recorrido que hoy nos lleva por el litorial Atlántico de Honduras. Quiere decir “la razón de ser del pueblo garífuna”, es decir, la identidad que mantiene con orgullo este pueblo de raíz africana, que se plasma en su vida junto al mar y en las tradiciones que, a ritmo de punta, recuerdan a sus antepasados, también llamados “caribes negros”.

 

El principio
Todo comenzó en 1797, cuando un grupo de garinagu (plural de garífuna), arribó a las costas del norte de Honduras. Venían deportados de la Isla de San Vicente por los ingleses, que se disputaban contra los españoles el control de esta zona del Caribe. Los garinagu ya eran producto de un mestizaje anterior, entre los esclavos llegados de Nigeria en 1635 y los indios caribes originarios de la Isla, que los llamaron “kalipuna”.

Pero los garinagu se habían resistido a su expulsión de San Vicente. Y para ello, los hombres se vistieron de mujeres, pensando así que no serían reconocidos por los ingleses. Ahora lo rememoran en el “baile del máscaro”. Las mujeres, agrupadas, entonan sus voces de clara influencia africana, mientras que los hombres, ataviados con faldas multicolores, una máscara de malla con los ojos y los labios pintados y una ristra de conchas atadas a las rodillas para sacudirlas a modo de maracas, imprimen intensos movimientos ante un trío de músicos que percuten sus tambores sin parar. Uno de ellos, de pronto, saca su gran caracola y sopla con fuerza emitiendo un gemido que parece venir del mar, como sus cayucos o pequeñas embarcaciones de caoba.

Siempre el mar
Su relación con el mar es perenne. Hoy siguen pescando con sus redes, que aquí llaman tramas, en los botes que se atisban como diminutas manchas desde la playa.


Poco a poco se acercan y muestran su botín. El pez más grande que traen es la barracuda, que llega a medir más de un metro. Pero también destaca el pez mantequilla o calale, nombre con el que curiosamente los hondureños denominan al billete de un lempira, su moneda. El pescado no puede faltar en la rica gastronomía de los garífunas, acompañando nutritivas sopas de mariscos junto al tradicional cazabe, una gran torta de yuca, la cual todavía muelen en el rallador o egi, y lo voltean con el gararu o espátula, en el proceso de horneo.

Nuestro viaje ha comenzado en La Ceiba, capital del departamento de Colón y antiguo enclave bananero. Y desde allí, hemos emprendido un periplo que nos lleva por varios municipios, todos costeros. En Santa Fe, llama la atención el Cayo San Lucas, con sus arrecifes de coral y aguas cristalinas. Todo un potencial turístico por explotar. Hasta el momento, los visitantes se decantan por la vecina isla de Roatán, estrella de las afamadas Islas de la Bahía. Sin embargo, unos kilómetros más hacia el oriente, la histórica ciudad de Trujillo ofrece atractivos como la Fortaleza de Santa Bárbara, construida por los españoles en el siglo XVI para defender el enclave de ataques corsarios. Y si caminamos un poco entre las históricas casas aledañas, llegamos al Cementerio Viejo, donde reposan los restos de un importante personaje de la historia de Centroamérica: el filibustero William Walker, quien quiso apoderarse de la región y llegó a ser presidente de Nicaragua, pero acabó sus días en 1860, fusilado en Trujillo por la coalición de los países del istmo.

Se fue el asfalto
La carretera ahora ya no es de asfalto. Un largo camino de terracería nos lleva hasta el corazón de la cultura garífuna: Iriona.

Aquí la gente casi solo habla en garífuna, idioma y cultura reconocidos como patrimonio mundial por la Unesco. “Buiti binafi” –“buenos días”, inquiere el maestro a sus alumnos en la escuela del cercano pueblo de Cusuna, donde se desarrolla un proyecto de educación bilingüe. Los pequeños responden: “Ida biña”, “cómo estás”.

En Iriona y sus pueblos es común comprobar cómo las mujeres siguen sosteniendo el peso de la estructura familiar. Acompañan a los hombres de madrugada a las tareas agrícolas y es común verlas luego cortar leña para cocinar, o triturar el plátano a golpes en el mortero de madera, también llamado hana. Les quedan fuerzas incluso para cantar y bailar su música ancestral, en ritmos como la punta o el fedu, vestidas con su traje típico, de blusas y pañuelos coloridos y faldas largas y anchas exhibiendo tres franjas a modo de bandera: amarilla, que evoca la esperanza. Blanca, que alude a la paz y la pureza. Y negra, que rememora la raíz africana de su cultura.

 Los misterios de la Mosquitia
Al último punto de la geografía garífuna hondureña ya no se puede llegar por carretera, ni siquiera por camino de terracería. Ahora la fina arena de la interminable playa hace de vía. Las ruedas de nuestro vehículo todoterreno se incrustan en las huellas de otros que han pasado por allí previamente. La marea va subiendo y el mar amenaza con cortar el paso definitivamente.


En una aldea de aspecto tradicional, llamada Sangrelaya, con casas de bajareque y palma de manaca en el techo, refulge una iglesia de madera decorada con motivos garífunas. La mayoría de los garinagu son católicos, pero subyace en sus manifestaciones religiosas un claro sincretismo, especialmente en sus ritos funerarios. Pervive, incuso, el dugu, parecido, en cierta medida, al vudu haitiano, pero esas prácticas se realizan solo cuando los ancestros lo solicitan.

Batalla es el último punto que alcanzamos por tierra. Ya estamos en el departamento de Gracias a Dios, así llamado por Cristóbal Colón en 1502 durante su cuarto viaje, tras una tormenta que casi hizo naufragar a su tripulación cerca de la costa hondureña. Ante nuestros ojos se abre la frondosa e inhóspita Mosquitia, territorio de indígenas misquitos y pech, y mestizajes seculares con garífunas incluidos. La selva se alimenta de innumerables ríos y pantanos pertenecientes a la Biosfera del Río Plátano, que a veces se estrechan en canales poco profundos y en otras ocasiones se abren como mares paralelos al gran Océano.

En las oquedades de la Mosquitia está la mítica Ciudad Blanca de la que siempre hablaron los pech. Ahora, los expertos aseguran haberla localizado con la ayuda de los satélites. Quizá sea el inicio de nuevas expediciones y descubrimientos. Honduras esconde todavía innumerables secretos. Su historia está muy viva, como la cultura de los garinagu, los caribes negros.

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