Detrás de la corona natural: conociendo el valle y la cordillera del Istmo

El Valle de Antón (Coclé)

Detrás de la corona natural: conociendo el valle y la cordillera del Istmo

A pesar de correr al encuentro no íbamos a llegar a la hora señalada, ya eran más de las nueve. El viejo Uaz, que alguien rescató de un cementerio de máquinas de bomberos en Penonomé, había chocado al salir de una curva difiícil con el carro de don Pacífico. Los frenos se fueron largos y quedamos sobre las farolas oxidadas de un hyundai noventero.


Sobre las farolas-pedacitos, como regaliz en la carretera, se paró don Pacifico a ver su carro. Nunca se exaltó. Como si esas cosas pasaran siempre, como si en la vida existieran choques más difíciles. Hablamos un rato, contamos las latas y farolas. Llamamos a don Manuel, que recién habia comprado una camioneta para remolque en Colón y almorzamos en su casa, Pacifico, Diana Marcela, Carlos E. y yo.

Cuando volvimos a la ruta, remolcados, ibamos cuesta abajo. Esque para llegar al Valle hay que atravezar una corona de montañas y luego bajar como rodeando una vasija. La fundacion de Antón fue producto de otro choque. El de la expedicion, en 1600, de un Antón Martín delirante de oro que terminó hecho estatua por haber navegado largamente el río Farallón. Antes de morir ahogado, iba buscando un pueblo mítico, de clima templado que ofrecía carnavales de gente vestida con oro en el corazón de un volcán.

El almuerzo terminó y nadie nos aclaró si ese pueblo era a donde habiamos llegado nosotros. Pensamos que sí. Anton tiene un encanto que lleva el viento y desde la carretera zigzagueante crece el olor a musgo y vida. En el límite de dos corregimientos que hacen parte de Antón, -distrito de la provincia de Coclé-, la brisa fresca transforma el sopor de la costa y la unica vía recta es la que desemboca en el mercado del pueblo. El guayacán de flores amarillas adorna el verde del cerro caracoral; el espectáculo es maravilloso. 124 kilómetros despues de andar la costa y dejar la ciudad capital estábamos en la cordillera del istmo.


Cuando salimos de la casa de Manuel, el mecánico, quedamos de encontrarnos con su primo, El Chacal, en el Mercado Artesanal. Los valleros trabajan bien el barro, tejen molas gruesas, mochilas y trabajan la madera. Allí compramos un mango gigante, dulce y suavecito en la boca y, sentados en las escaleras del mercado, vimos llegar al Chacal en un camioncito.

Recorriendo el Valle
Era el trompetista de la orquesta del pueblo hasta que el gobierno central decidió quitarle el dinero a la Casa de la Cultura. La iglesia los contrató un tiempo pero finalmente la orquesta no fue más y la trompeta ahora sólo se ve en los carnavales y el tuvo que dedicarse a otra cosa. Con el Chacal caminamos la ruta de la india dormida por el sendero de la piedra pintada. Cortamos camino hacia el monte, cabalgando unos 3 kilómetros. Luego nos bajamos y tomamos el sendero ecológico para ver los petroglífos, el chorro escondido y el de los enamorados y la piedra del sapo. 


Donde los caballos descansan y levantamos la mirada para buscar a la India Dormida aparece el agua, personaje clave de las montañas en Panamá: Más de tres ríos y varias caídas de agua detuvieron nuestra marcha hacia la punta del cerro. Más adelante el espectáculo natural se hace profundo en la cascada de las tres mozas y en el chorro del macho con caídas de más de 30 metros que forman auténticas piscinas naturales, en las que por supuesto, ahogamos el calor de la caminata.

Mitos, leyendas, ranas, gorriones y orquídeas: los vecinos en el valle

Flor del aire, la hija del cacique Urracá se enamoró de un español que murió de fiebre en el alto del Jujucal. Dicen que luego rechazó a Yaraví hijo de Praca y finalmente nunca tuvo hombre. Caminando atravezó la cordillera y cayó muerta en las playas del caribe. Luego dios le dió su silueta a la montaña y asi se quedó. Se ve desde lejos, es una india dormida y el mejor recorrido en el Valle es el trekking hasta el punto más alto donde esta la cabeza de la india y donde la vista panorámica del volcán convertido en cadena montañosa es única.

El bosque tupido y el verde del valle se hacen presentes a lo largo de la carretera de bajada de la pintada y los otros 6 senderos de montana en El Valle de Anton. Por esos recovecos naturales se ven cientos de aves y plantas endémicas, muchas en vía de extinción. Por ejemplo, Visitar el ecosistema del Cerro Gaital -monumento nacional-, es ir al encuentro de de más de 5 variedades de orquídeas, la rana dorada, Tucanes amarillos y azules y  monos perezosos contemplando la vida despacito.


De vuelta en el pueblo, a un costado de la iglesia de San José, esta el pequeño Museo, todavia está abierto. Luego iremos a los baños termales y una vez más al mercado para ver la colección de orquídeas y ranas de cera. Todavía no sabemos cuando estará lista la camioneta para volver a Panamá. Por ahora, no tenemos prisa.

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