De paso por Puigcerdà

Una puerta en La Cerdanya

De paso por Puigcerdà

Será un domingo de primavera y a unas tres horas desde el centro de Barcelona, el tren te traerá por fin a La Cerdanya. Y te darás cuenta fácilmente de que has llegado. Notarás que estás en ella. Porqué sí, será el Pirineu, pero será diferente. La entrada es imponente, como gran parte del camino, el cual está rodeado constantemente de árboles y montañas. Algunos blancos en invierno, el resto siempre verdes. Pero la entrada a La Cerdanya no deja indiferente. Nada más pisar sus límites, justo antes de llegar a la estación de Urtx-Alp, desde la ventana visualizarás la Torre de Riu del siglo XIV a mano izquierda. Seguramente pensarás que es como el Colegio de Hogwarts pero en pequeño, allí metido, en un diminuto valle. Una fortificación donde actualmente vive alguien. Con un fino riachuelo a su lado y con ropa tendida en su terraza. Pero no te quedarás en el pueblo de Alp, La Cerdanya tiene mucho que ofrecer. Después de Urtx-Alp viene la penúltima estación de la línea, donde bajarás. Es la estación de Puigcerdà. Y de camino hasta llegar a ella, verás que el paisaje ha cambiado completamente. Los bosques y las montañas impresionan, pero la plana de La Cerdanya de repente descoloca, sorprende, emociona. Todo plano, o eso parece. Todo verde, o amarillo según las flores. Todo azul, o gris si hay tormenta, en un cielo recortado por infinitos picos a su alrededor. Y si te despistas, te perderás a la izquierda la inmensa serra del Cadí a lo lejos, o no tan lejos, con sus 22,6 km de distancia y sus más de 2600 metros de altura en algunos puntos.

El tren continuará y estarás en nada en tu destino. Y poco antes de llegar verás que hay más pueblos en La Cerdanya de los que creías, como Queixans, que lo acabarás de pasar muy de cerca a mano derecha. Entonces te fijarás en la plana y verás que está llena de pequeñas colinas, y algunas no tan pequeñas. Colinas como la de La Corona en Bolvir, zona conocida por el Castellot de Bolvir de entre los siglos IV y III aC, yacimiento arqueológico de entre la edad del bronce y la del hierro. O como la del turó de Montlleó en Prats i Sansor, un yacimiento arqueológico del paleolítico que se descubrió en 1998 y que cambió la prehistoria de la cultura ceretana y del Pirineu en general. Y todo esto en un solo paisaje, el de la cultura ceretana y, en parte, de la vila de Puigcerdà, la capital de la comarca. Una villa que verás allí delante situada en medio de todo en una de las tantas colinas.
Y al fin llegarás a Puigcerdà, bajarás del tren y respirarás. Y respirarás muy bien. Se notará que no estás en Barcelona. Avanzarás mirando hacia un lado, hacia atrás, hacia todas partes, porque en todas ellas el paisaje te llamará. Y ya sacarás la cámara y desde allí harás algunas fotos. Pero como siempre, lo mejor aún estará por ver. Y por saber. Saldrás de la estación y caminarás hasta llegar arriba para pasar por el centro de la vila donde todo se cuece, tanto ahora como antes. Mucho antes, y es que en Puigcerdà ya hace mucho tiempo que se cuecen cosas. Y que pasa gente. Y no es ninguna exageración. Desde el año 17.000 aC ya se contaba con un campamento paleolítico al aire libre en plena comarca. Sí, y esas personas ya pasaban por la zona de Puigcerdà. Y mucha más pasó aún con el aumento de población en plena edad del bronce, en la cual numerosas cuevas, monumentos megalíticos y poblados de la comarca fueron ocupados por seres humanos, los ceretans, un pueblo indoeuropeo bascoide que apareció durante el primer milenio aC, sin olvidarte de los íberos que también estuvieron. Y los romanos, que se asentaron en Llívia, una villa catalana que se caracteriza por estar rodeada de territorio francés en La Cerdanya francesa, y que cuenta con el museo de la Farmacia Esteve, una de las farmacias conservadas de origen medieval más antiguas de Europa, siendo esta del siglo XV. Y quizás te plantearás ir, ya que en una ruta de una hora y veinte minutos de paseo podrías acercarte a Llívia desde Puigcerdà.

Después de varios escalones, el primer lugar que pisarás será la plaça de l’Ajuntament, situada en una de las entradas de la antigua población, con la Casa de la Vila de estilo ecléctico. Y junto a ella, el mirador de La Cerdanya, donde volverás a observar el paisaje de manera serena y relajada. Donde podrás sentarte y no pensar. O pensar en todo. Pero por encima de eso, respirar. Volverás a mirar la serra del Cadí en frente; a mano izquierda, la majestuosa Tossa d’Alp con sus más de 2500 metros de altura; y a mano derecha, el pico del Puigpedrós con más de 2900, así como también la cerrada vall de Querol, entrando ya en Francia, entre muchos otros valles y montañas. Entonces entenderás las palabras del poeta Joan Maragall en 1897 sobre ese lugar: "m’agrada el balcó de la muralla quan la gent de la vila hi va a badar" ("me gusta el balcón de la muralla cuando la gente de la vila va a abstraerse"). Te fijarás en la palabra muralla y tarde o temprano, en una paseada por la villa te encontrarás con los pocos restos de la antigua muralla del siglo XVII que quedan en Puigcerdà bajando por el passeig del Torreó.

Continuarás y andarás por las callejuelas del centro un rato. Pasearás por la plaça Cabrinetty, llamada así por el militar liberal Josep Cabrinetty que fue el liberador de Puigcerdà durante un asedio en las guerras carlinas en 1873, una plaza porticada clave que se utiliza para celebrar fiestas populares, ferias y mercados; y a través del carrer Major, una de las calles más antiguas de la villa, visitarás el campanario de la antigua iglesia de Santa María en la plaza del mismo nombre. Aquello fue una antigua iglesia de estilo gótico, siendo ahora un campanario construido a mediados del siglo XVII y que se quedó huérfano en 1936 durante la guerra civil española por los milicianos anarquistas. Un campanario solo que resiste pese a todo. Y las vistas desde arriba bien lo merecen. En él encontrarás el punto más alto desde donde visualizar los 360º de la vila de Puigcerdà, con sus casas, su entorno y su historia. Otro punto en el que Joan Maragall debió de pensar lo de abstraerse si es que pudo subir. Entonces volverás a recordar las murallas y te preguntarás por qué. Allí arriba te darás cuenta de que la buena situación estratégica de Puigcerdà era indiscutible, en pleno centro de la plana de La Cerdanya, motivo por el cual necesitó la construcción de una muralla para protegerse, a causa de ser atacada y asediada en numerosas ocasiones durante siglos.

Bajarás del campanario y después de verlo desde arriba, querrás verlo de nuevo desde abajo. Andarás de nuevo por las callejuelas y seguirás pensado en la de personas que han pasado por allí y en las batallas que se habrán librado. Los de antes de los romanos y los que siguieron después. Como los visigodos y los francos. Todos ellos movidos para cruzar al continente o para cruzar a la península, o incluso para llegar a África. O los propios movimientos interiores en Catalunya, con el poder que tuvieron en ciertas épocas los Condes de Cerdanya entre los siglos VIII y XI, y que se encontraron con los musulmanes que dominaban la Catalunya central.
Entonces te acercarás al mercado semanal de los domingos en el passeig 10 d’Abril y allí te darás cuenta de la riqueza gastronómica de Puigerdà. En él verás grandes paradas de carnes y embutidos, de verduras, de especies y sobre todo, de algo esencial en la comarca, de setas. Alimentos que ya se comercializaban tiempo atrás. Muy atrás, y es que la vila se fundó con el nombre Podiumceretanum en el año 1178 a manos del rey Alfonso I por su buena zona estratégica, con lo que tuvo un gran crecimiento comercial y económico a partir de finales del siglo XIII y varias órdenes mendicantes y comunidades judías aparecieron en ella.

Con un paseo llegarás a la frontera con Francia. Quizás te parecerá raro. Verás que la plana de La Cerdanya va más allá pero Puigcerdà de golpe se detiene allí. Y tú por un momento también lo harás. Mirarás Bourg-Madame al otro lado, al francés. Un lado de la comarca de La Cerdanya que se convirtió en francés a partir de 1659 con el Tratado de los Pirineos, el cual dividió el territorio de repente en dos a causa de la guerra entre la monarquía francesa y la española en la que utilizaron La Cerdanya como zona de enfrentamientos en muchas ocasiones. Todo esto afectó totalmente a la vida cotidiana de la población y a su relación con La Cerdanya francesa actual. Teniendo en cuenta también que durante la guerra de Sucesión Española en los inicios del siglo XVIII, significaron para Puigcerdà la invasión francesa durante un tiempo.
Avanzarás y cruzarás a Francia. No podrás sentir lo mismo, pero cruzarás la misma frontera que muchos exiliados tuvieron que pasar para poder huir de la guerra civil española entre 1936 y 1939, y de la dictadura franquista entre 1939 y 1975, las cuales Puigcerdà también sufrió como el resto del territorio. Por motivos muy diversos muchos son los que pasaron por la puerta que simboliza Puigcerdà en el Pirineu, como lo hicieron los pueblos indoeuropeos, los ceretans, los íberos, los romanos, los visigodos, los francos, los franceses… incluso se dice que en su momento pasaron el cartaginés Aníbal y sus elefantes. Y ahora también habrás pasado tú.

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