Carta a La Habana

Carta a La Habana

Querid@ viajer@! Esta carta que voy a escribirte es muy especial, quizá la más especial, por todo lo que significa para mí la ciudad que quiero presentarte. Habrás escuchado, visto y leído cientos de cosas sobre ella pero lo que yo quiero mostrarte aquí es mí Habana, la que yo vi, la que me conquistó y enamoró desde el mismo momento en el que la pise. Por eso esta carta no puede ser, ni quiere ser, objetiva (ninguna lo es).

Un día mi “hermana” cubana, Yanet, planteó una pregunta en el Facebook que me llamó la atención. Brindaba la posibilidad a quién quisiese de ser pintor y dar color a La Habana. Durante un buen rato me imaginé delante de un lienzo enorme, con mi pincel y mi paleta de colores. Empecé dibujando el perfil del puerto de la ciudad y sus castillos, piezas clave para la protección de La Habana en tiempos coloniales. Levanté las torres de la fortaleza del Morro y las de San Carlos de la Cabaña y empecé a trazar las líneas del Malecón. Descubrí entonces que mi cuadro debería tener sonido y trasmitir sabores y olores. Y es que el Malecón suena a salsa, a habanera o rap, sabe a ron, mojito o cerveza Bucanero y huele a puro con un toque de mar. Dibujé hombres y mujeres, niños y niñas también, sentados a lo largo del Malecón. Uno toca su guitarra, el otro cuenta sus penas y alegrías, cuatro o cinco tratan de convencerme de que son el mejor grupo de rap de la ciudad y aún queda tiempo para que una pareja de enamorados se bese a la luz de una luna que en La Habana se menea mientras en el Cabaret Nacional suena aquella que dice “Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma. Y antes de morirme quiero echar mis versos del alma. Mi verso es de un verde claro y de un carmín encendido: mi verso es un ciervo herido que busca en el monte amparo…Guantanamera, guajira Guantanamera…”. Al fondo del local, puro en boca y con una copita de ron en la mano sonríe José Martí mientras escucha sus versos más conocidos y aprovecha la ocasión para guiñar un ojo a Celia Cruz que mueve sus caderas al compás de la música. “Hasta la victoria, siempre” – le grita el Che desde la Plaza de la Revolución. 

Una capa más de color al Cabaret y empiezo a dar forma a la Habana vieja, esa maravilla declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, que observo desde una atalaya de excepción, la terraza del Hotel Plaza. El verde es para el Parque Central, un buen lugar para pasear y compartir un rato con los muchos que te van a ofrecer conversación; gris y negro para una catedral de estilo barroco cubano que merece la pena visitar; y de gris y pastel pinto el Capitolio y el Gran Teatro de la Habana. En este trozo de lienzo me detengo un rato más de lo previsto pues necesito pintar dos historias. Una es la de los miles de paisanos gallegos que un día marcharon de su tierra y levantaron en La Habana no sólo un Centro Gallego que hoy es Gran Teatro sino su vida y la de los suyos, muchos de ellos aún hoy en la ciudad. La otra historia es la de un fotógrafo que se ofreció a tomarnos una fotografía. Hasta aquí todo normal pero la suya no era una instantánea cualquiera. Su aparato era una cámara de finales del XIX y su única condición era que no tuviésemos prisa para sacar la foto porque, según nos dijo, los que llegan a La Habana con prisa nunca serán capaces de ver la ciudad. Tiene mucha razón, La Habana conviene visitarla despacito y con disposición a hablar, pero sobre todo a escuchar. Escuchar historias como la de nuestro fotógrafo o las de cualquier otro. Esos contadores de historias son ahora los protagonistas de mi cuadro, todos y cada uno de los hombres y mujeres, mayores unos y más jóvenes otros que me permiten dibujar lo más fascinante de esta ciudad.

Los versos de su banda sonora, salsera como no podía ser menos, riman con revolución, siempre; ilusión, mucha; o decepción, a veces. Los dibujo: a unos de pie, a otros sentados con libros debajo del brazo o con las manos meneando la tumbona, pero siempre abiertos, dispuestos a regalarte su mejor sonrisa y un trozo de su conversación. Ese carácter acogedor nos demuestra que una sonrisa vale mucho más de lo que a veces creemos.

Sigo mi recorrido por el lienzo y con el pincel voy retocando los bordes del Alma Mater, la estatua que nos recibe después de una impresionante escalinata a las puertas de la Universidad de La Habana. Entre la Habana Vieja y el Malecón dibujo calles llenas de libros y un colorido mercado. Termino mi lienzo dando forma a la Calle Compostela y completando la fachada de la Zaragozana, un bonito restaurante en el corazón de La Habana.

Poco a poco voy abriendo los ojos, despacito, en un ritmo lento como el de las habaneras porque como yo, como la canción, “cuando salí de Cuba, dejé enterrado mi corazón”.

Tuyo siempre, mi Habana. Hasta pronto.

La magia de antes del viaje

A poco más de un mes de alzar de nuevo el vuelo; Esta vez es Cuba el destino. Un destino que corría ansioso por salir desde que cumplí los 14 años y un libro me atrapó en este país. Gracias por tu escrito, pues ha hecho crecer esas ganas, esa ilusión, ese cosquilleo por conocer un lugar nuevo, un lugar bañado por sus gentes, sus risas, sus historias, su realidad y todo lo que la aventura a través de la isla, mochila al hombro, me depare.
Un abrazo a tod@s l@s viajer@s.

Como si hubiera estado alli...

¡Capitán!
Gracias por devolverme a las calles de esa preciosa ciudad...cada rincón que dibujas aparece en mi mente...como si hubiera estado allí, dibujando contigo ;)

Abrazos cálidos desde Valencia.

Impecable

Excelente retrato de esa maravillosa ciudad!!!. Por desgracia solo pude pasar por alli un día.

Me ha gustado mucho Suso,

Me ha gustado mucho Suso, una descripción realmente conmovedora.

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