Caballeros del viento

La Mancha (España)

Caballeros del viento

“Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación” (Miguel de Cervantes Saavedra).

Hidalgos de cuatro lanzas

La Mancha, cuna de Alonso Quijano, más conocido como el Hidalgo Don Quijote, nos brinda algunas de las maravillas más preciadas para el viajero. No hay visita que no requiera una buena parada en la posada para reponer fuerzas, y qué mejor que hacerlo con un buen vino y queso de la tierra, especiado quizá con hierbas aromáticas, miel de flores, o simplemente al natural. Gachas, Migas, Duelos y Quebrantos, Gazpacho manchego y un sinfín de especialidades nos esperan para escuchar con más alegría las aventuras de Sancho y su amo, los amores de Dulcinea y las peripecias de personajes variopintos.

Ciudades importantes como Guadalajara, Albacete o Ciudad Real no restan protagonismo a los pequeños municipios, donde se fusiona el arte, la historia y el encanto literario, para perdernos en las letras y sus paisajes. Hoy llegamos a Campo de Criptana y comenzamos a caminar bajo un sol justiciero, adentrándonos en sus calles hasta llegar a una cuesta. Allí, la senda empedrada parece custodiada a lo lejos por dos grandes guardianes de largos brazos, que no alcanzamos a reconocer. Seguimos caminando, en busca de una sombra donde resguardarnos, hasta que se nos presenta ante nuestros ojos una inmensa llanura de leyenda.

“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta, o pocos más, desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla”

-¿Qué gigantes?

-Aquéllos que allí ves de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.”

Entre imaginación y realidad

Majestuosos, imponentes, se alzan los caballeros del viento con la villa a sus pies. Podemos verlos de cerca, tocarlos, adentrarnos en ellos, pero también podemos armarnos de valor, entrar en el mundo mágico de la Palabra y batirnos en duelo contra ellos. Todo depende del viajero.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquéllos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo, quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

Experimentamos la sensación de pequeñez frente a estos ingentes soldados de piedra. Sus aspas, interminables, semejan espadas que cortan el cielo al girar siguiendo el compás que les marca la rueda. Anonadados, lo observamos imaginando cómo sería girar con las aspas, llegando tan alto que pudiéramos tocar el sol. Algunos valientes podrían plantarles cara y correr hacia ellos, intentando tumbarlos con su lanza y adarga.

Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que, sin duda alguna, eran molinos de viento, y no gigantes, aquéllos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en voces altas:

-Non fuyades, cobardes y viles criaturas; que un solo caballero es el que os acomete.

Levantóse en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:

-Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.

El fin de la batalla

Don Quijote optó por enfrentarse a sus gigantes, batiendo sus aspas contra el viento mientras él, montando a Rocinante, se acercaba a su destino

Y diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y cuando llegó halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.

-¡Válame Dios! -dijo Sancho-. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

Así pues el viajero, quiera ver molinos o gigantes, podrá vivir su propia historia de caballeros andantes desde lo más alto de Campo de Criptana, bajo el cielo de La Mancha, como lo hiciera Don Quijote ansioso de victorias. Para aquellos que sean más amigos de Sancho, los molinos habrán brindado un bonito días de leyenda que nos despertará las ganas de volver a nuestro punto de partida, alguna taberna o posada manchega donde seguir conociendo lo mejor de esta tierra.

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