Amor a primera vista

España

Amor a primera vista

España. Barcelona. Mundo nuevo para mí en una civilización antiquísima. Intencionalmente, no quiero mostrar datos estadísticos. Hablo de sentimientos, de sensaciones, de percepciones, y, sobre todo, de disposición afectiva con relación a una vida nueva, con una duración previamente determinada de un año, en un país y en una universidad, donde nada soy, sino una extranjera o tan solo una intrusa más. No tiene nada que ver con mi vivencia anterior como turista en este país, en excursiones, que poco o nada muestran de la personalidad humana.

Primeros días
Los primeros días son siempre de expectación, mil descubrimientos y casi infinitas búsquedas. Búsqueda de las maletas perdidas en un vuelo de la TAP. Búsqueda del piso para alquilar. Búsqueda para descubrir el mejor local para vivir. Averiguaciones de cómo desplazarse, cómo telefonear, dónde comprar, qué comprar (cuál queso, cuál detergente etc. etc.), cómo hacer el pedido en bares y restaurantes, cómo convivir con las variaciones climáticas que se alternan a lo largo de los días, cuáles son los días de mejores precios para el cine. Y algo más, lidiar con las variantes entre el español que conocemos allá en Brasil y el catalán, los cuales se cruzan en un recurrente e irritante “¡vale!”, e identificar el mejor salón para el cabello que se empeña en emblanquecer, indiferente al gasto sorprendentemente alto que esto representa para nosotros, brasileños... Plaza Catalunya (Barcelona)

Alojamiento y horarios
Lidiar con grifos, duchas, sistemas de calefacción, fogones, lavadoras y así en lo adelante también es una experiencia desafiante, por sus diferencias, a veces, sorprendentes. ¿Y qué decir de los horarios? Descubrir que el mediodía brasileño es igual a las 14 horas de aquí y que la hora de la siesta es realmente sagrada (¡no leyenda!) es también curioso. Observar cómo las personas se saludan entre sí, en diferentes generaciones y en diferentes locales. El mayor o menor formalismo entre alumno y profesor en los pasillos de la universidad o en las aulas. Seguir (o intentar) la forma de cómo se visten las personas, solamente para no herir preceptos, por lo menos en el primer momento... Son sus invariables abrigos para el frío, por sí mismos, fríos, elegantes y distantes. Aparte de todo esto, una burocracia más “pesada” para el llamado “empadronamiento”: la gente se presenta en la “comarca” del local donde está viviendo, con una serie de documentos para, a partir de ahí, pasar a la comisaría de la “extranjería” y, entonces, esperar la “tarjeta” de residente después de 30 a 40 días, lo que asegura mayor movilidad y tranquilidad.

Sorpresas y sustos

En todo ese trayecto de exactamente 18 días, sorpresas y sustos se intercalan. El país está literalmente invadido por inmigrantes. Están por todos lados. Vienen de todas partes, pero, en su mayoría, de países africanos. Son marroquíes, argelinos, tunecinos. Hay también, en profusión, árabes y sudamericanos. En este caso, el mayor número, visiblemente, va por cuenta de los colombianos y ecuatorianos. Hay, también, muchos brasileños, al punto de existir asociaciones relativamente consolidadas en Internet y fuera de ella, por ejemplo la Asociación de Investigadores y Estudiantes Brasileños en Cataluña (APEC) y del Centro de Estudios Brasileños. Esta constatación “a simple vista” explica bien el porqué de toda la intriga y estrés que antecedió a la concesión de mi visado, y, entonces, reconozco la razón de la larga espera. Independientemente de los que sospechen de esto alguna sombra de xenofobia, ¡doy la razón al gobierno español!

Ferrocaril de la Generalitat CatalanaAnécdotas del día a día

¡Es una verdadera invasión! Salvo las excepciones que deben existir o salvo la equivocación que yo pueda cometer, los extranjeros parecen transgredir el territorio ajeno, en el momento en que no se adaptan a las costumbres catalanas, tradicionalmente más reservadas. En los metros, ómnibus, trenes y ferrocarriles, independiente del biotipo, es fácil, muy fácil, identificar a los “invasores”. Ríen alto – casi carcajean –, indiferentes a los que están a su alrededor. No respetan los asientos reservados, en todos los medios de transporte, para los más viejos, las gestantes y personas que cargan grandes paquetes. Con frecuencia, intentan burlar la vigilancia en cuanto a los boletos de pago en los transportes. Su presencia anuncia que algo irá a ocurrir. Hay, no obstante, cuestiones interesantes. Se abren nuevas perspectivas de mercado, que corresponden al incremento de la actividad económica del territorio catalán, con restaurantes, tiendas y otros servicios resultantes de la inmigración. Entre ellos, el más reciente es el denominado locutorio. Se trata de una mezcla de quiosco (venden cigarros, tarjetas telefónicas, jugos, refrescos, etc.) con lan house y telefónica. De ahí se puede llamar a cualquier país, inclusive a Brasil, por un valor casi irrisorio. Para tener una idea precisa, una llamada larga a Brasilia, por móvil, seis minutos, cuesta menos de un euro. Hacia la universidad

Se envejece...
Aparte del fenómeno de la inmigración, uno de los asuntos que más espanta es el envejecimiento de la población. Tiro a la basura los eufemismos, los viejos están por todas partes, así como los inmigrantes. En oposición, son respetados y mimados. Veo todo un esfuerzo de liberación en busca de una vida autónoma: caminan por las calles, cargando sus compras; suben escaleras de forma pausada, pero rehúsan ayuda; se sitúan en los parques en círculos que exhalan jovialidad, en fin, charlan en cualquier parte. Los niños parecen escasear, lo que justifica las concesiones que España viene dando a las gestantes y a las madres de niños pequeños.

Breve, intenso balance
Entre tantas diferencias apuntadas en este primer momento de mi vida por aquí, algunas semejanzas. Agradables o no. Sin diferencias, el celular está por todas partes. No tenerlo reduce status. El tráfico y el menosprecio a los transeúntes existen, aunque no imperen. Edificios con varias plantas, pero inimaginablemente, sin elevadores, también. Españoles sin afectividad o cualquier señal de emotividad son comunes de encontrarse. En 18 días de convivencia, colegas o profesores “nativos” son incapaces de preguntar como uno está, dónde está y si ahí está... Tratamiento cordial, pero marcadamente distante e impersonal. Existo en cuanto estudiante. Desaparezco, en cuanto ser humano, frágil o no. Mas el amor existe. Aquí o allá. Las parejas de manos dadas, besos enamorados, abrazos furtivos están por cualquier lugar: en transportes públicos, escalinatas, parques, museos y por ahí afuera. ¡Así como nosotros, latinoamericanos e incesantemente enamorados del propio amor, como yo!

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
  • No se admite ninguna etiqueta HTML
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.

Más información sobre opciones de formato

To prevent automated spam submissions leave this field empty.
CAPTCHA
Responde a la pregunta para validar el envío.