Cazador blanco, corazón negro

Cazador blanco, corazón negro

Hubo un tiempo en que la caza fue para muchos una necesidad. Hoy, por diversos motivos, en numerosos lugares se ha convertido en una suerte de hobby, distracción o divertimento. Y también para algunos en parte de una singular filosofía de vida. Más allá de distorsionados discursos ecologistas, el buen cazador es, sin lugar a dudas, un verdadero amante de la naturaleza y un férreo centinela de la misma. Pero los tiempos cambian. Y, por desgracia, también algunos cazadores...

 

El filme Cazador blanco, corazón negro (1990), dirigido y protagonizado por Clint Eastwood,  narra la historia de un director que viaja al continente africano con la excusa de seleccionar exteriores para una de sus películas y con la verdadera intención de dar caza a un elefante. En ella, el espectador asiste al duelo entre el cazador y la presa donde todo puede suceder, donde el desenlace final dependerá de las habilidades de cada uno de ellos.

PirañaSin embargo, los tiempos cambian y hoy asistimos a otro tipo de caza y, por ende, a otro tipo de duelos más desiguales, más cobardes. En largo pero productivo viaje en tren, leí atónito el reportaje que aparecía publicado el pasado sábado 21 de abril en las páginas 24 y 25 del diario español El País. Bajo el título de “A cazar leones al zoo” se presentaba la dramática situación de miles de leones que son criados en cautividad a la espera de que algún cazador (generalmente, de EEUU, Alemania o España, según el reportaje) pague la suculenta cifra de 5.000 euros si la presa es hembra ó entre 14.000 y 26.000 si es macho.

Le llaman canned hunting –cabeza enlatada en inglés-. El negocio proporciona 70.000 puestos de trabajo. Un trabajo que consiste en separar cuanto antes a las crías de sus madres para que éstas vuelvan a quedar preñadas, y en alimentar al rey de la selva con carne de burra. Así hasta que un día, tras pagar unos miles de euros, un cazador se aproxime a una verja metálica y protegido por ésta dispare al animal. Un duelo desigual, mezquino, cobarde. La fiera no tendrá la oportunidad de defenderse. Sólo podrá morir, tarde o temprano, según sea la puntería del tirador. Algunos más valientes (?) optan por otras modalidades, como disparar al animal desde potentes todoterrenos o asediar con perros a presas previamente sedadas.

El título de la película de Eastwood vuelve a tener sentido. Pero esta vez, el negro no alude a la magia de África. En este caso, este color es tan sólo el retrato de un esperpento del cazador que materializa la antítesis del verdadero sentido de la caza. El rifle lo empuñan esta vez la cobardía y el deshonor.

Por cierto, la foto, de Bernat Joval, que acompaña al texto es de una piraña. La atrapó un viejo amigo en el río Tiputini, en el Oriente ecuatoriano, en plena selva amazónica, con un pedazo de hilo y un pequeño cebo. La observamos unos minutos y después... la dejamos en libertad.  

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