"Encosta-te a mim"

Aproximaciones al norte de Portugal y a sus sabores

"Encosta-te a mim"

Atrás queda el embalse de Ricobayo, Fonfría y Alcañices. La Nacional 122 nos acerca a Portugal. Ante mí aparece el país vecino que por desidia o ignorancia muchas veces es un gran desconocido. Así que abro bien los ojos y agudizo el oído, porque soy consciente de que a penas conozco cuatro palabras en portugués y otros tantos tópicos de españolita de a pie que como todos los tópicos no son más que simplificaciones desatinadas de la realidad.

La primera noche la pasamos en Bragança. Después de tener un inmejorable primer contacto con la gastronomía portuguesa a base de posta à milanesa (chuletón de ternera) y buen vino y pasear por sus calles bajo una dulce llovizna que pronto se convirtió en chaparrón, centré mi atención en la impecable educación de sus habitantes que te hacen sentir como en casa desde el primer momento, diluyendo el sentimiento de extranjera desubicada a medida que pasan las horas.

Al día siguiente partimos hacia Coimbra, pasando por Porto (u Oporto para nosotros) y haciendo primero una parada estratégica para comer en Matosinhos una deliciosa açorda de camarão (migas de pan con gambas) y arroz de marisco. Hacía unos ocho años que no contemplaba el Atlántico desde este lado del océano y cuesta describir la sensación de inmensidad que sentí al pensar que a penas un año antes estaba en la misma posición, de pie, con una cámara de fotos en las manos, en una playa del Golfo de México, mirando justamente hacia esta parte del mundo.

Tras comer, el viaje continuó, y yo, dejándome llevar por la carretera, ni siquiera pregunté hacia dónde íbamos. Al poco rato, nos detuvimos y bajamos del coche. Estábamos en Aveiro, una pequeña ciudad muy cercana a la costa en la que viven aproximadamente unas 60000 personas. Aveiro está situada unos 55 kilómetros al norte de Coimbra y fue ahí donde me enamoré de las paredes de Portugal. Decía Juan Diego Botto en la película Martín “H” que lo que más extrañaba de Buenos Aires eran los techos… Pues quizás a mí me pasó algo parecido con las fachadas de los edificios portugueses, completamente alicatadas con preciosos azulejos que reflejan la tenue luz y las aguas de los canales.Para describir Coimbra, el destino principal de este viaje por el norte de Portugal, me faltan las palabras.

Podría empezar hablando de un par de bifanas (pan con carne de cerdo adobada) acompañadas de un fino (una caña de cerveza); o podría hablar de cientos de rincones, recovecos y callejuelas empinadas; o quizás mejor, de adoquines húmedos o de cientos de faroles observados por edificios grises y nostálgicos. Todo eso es Coimbra. Pero esta ciudad es muchas cosas más: estudiantes con capa, intelectuales, Universidad; el café Santa Cruz situado en una antigua capilla anexa a la iglesia del mismo nombre con su decoración manuelina y sus vidrieras medievales; el río Mondego, el portón único de Sé Velha (Catedral Antigua), la praça do Comércio; decenas de escalinatas y fados en el Diligencia Bar.

Escribió Fernando Pessoa en 1929 que “el fado no es alegre ni triste” y es cierto porque en realidad no llegas nunca a determinar cuáles son los sentimientos que se revuelven en tu interior al escuchar un fado, esos fados que quiebran el alma y que turban a propios y extraños. Y más de ese modo, cantados a media luz, en un pequeño local y con todo el estremecimiento del tañir de la guitarra.Cuando se visita un nuevo país o una nueva ciudad, uno debe dejarse llevar por las recomendaciones de los lugareños y la gastronomía nunca debe quedar exenta de esos consejos. En mi caso, intento cumplirlo siempre. De Portugal todavía sigo saboreando mentalmente muchos platos como, por ejemplo, las alheiras de Viseu.

Las alheiras son un tipo de embutido de origen judío. Cuando éstos tenían que esconderse de la Inquisición, y el no comer carne de cerdo podía ser una forma de identificarlos, se idearon las alheiras, con apariencia de salchichas de cerdo, pero rellenas de todo tipo de carne, excepto de esa: pavo, pollo, pato, perdiz, conejo… Hacia el final del viaje emprendimos la huida, lejos del mundanal ruido que diría el poeta, hacia la Serra da Estrela, el punto más alto de Portugal. En concreto, nuestro destino era Piódão, uno de los núcleos poblacionales más aislados del país.

Esta aldea, originada en un castro lusitano, está considerada una de las más bellas del país y, personalmente, osaría decir que es una de las poblaciones más hermosas que haya visto. Ni Perrault, ni Andersen, ni Carroll imaginaron nunca una aldea así para sus cuentos. Es como si un pintor la hubiera ubicado así a conciencia: diminuta, de difícil acceso, en medio de la sierra, inhóspita, con esas casas de pizarra, piedra y loza, con ventanas de madera pintadas de azul y con el agua corriendo por estrechas acequias en algunas de sus calles…

Normalmente, durante los viajes, le damos más importancia a lo que vemos que a lo que escuchamos. Sin embargo, los sonidos y los silencios están siempre presentes, incluso mientras dormimos. Probablemente, haya sido este viaje a Portugal el que me ha enseñado a apreciar y a entender tanto las melodías, como las palabras dichas y calladas que surgen durante muchos kilómetros de carretera. Y fue precisamente en una de esas carreteras, en la que une Coimbra con Figueira da Foz, una noche, cuando descubrí a Jorge Palma y con él su Encosta-te a mim (Acércate a mí).

Podría ser una sencilla canción romántica, pero no lo es. Es mucho más, es un canto al gran viaje que supone vivir, al camino continuo. En una de sus estrofas la canción reza así:

“Eu venho do nada porque arrasei o que não quis
em nome da estrada onde só quero ser feliz”.
(“Yo vengo de la nada porque arrasé lo que no quise
en nombre de la carretera donde sólo quiero ser feliz”).

Mi última noche en Portugal la pasé en Oporto, paseando por la praça da Ribeira, tomando café en el Majestic en la mesa contigua a un paisano, Carmelo Gómez, bebiendo licor beirão con hielo y limón en la orilla del río Duero y sentada en una terraza viendo un partido Oporto-Sporting de Lisboa.No sabemos por qué, pero muchas veces nos centramos demasiado en las diferencias, en lo que nos distingue, en lo que nos separa y, sin embargo, esas diferencias enriquecedoras también ayudan a reforzar lo que nos une y nos asemeja. Quizás suene a delirio o pensamiento vago, pero el poeta portugués Miguel Torga lo describe a la perfección en su poema Fronteira de 1944:                                

De um lado terra, doutro lado terra;
De um lado gente, doutro lado gente;
Lados e filhos desta mesma serra,
O mesmo céu os olha e os consente.

O mesmo beijo aquí, o mesmo beijo além;                                   
Uivos iguais de cão ou de alcateia.
                                   
E a mesma lua lírica que vem
                                   
Corar meadas de uma velha teia.
                                    
Mas uma força que não tem razão,
                                   
Que não tem olhos, que não tem sentido,
                                   
Passa e reparte o coração
                                   
Do mas pequeño tojo adormecido.

Y si algo me queda por decir es lo siguiente: De coração, muito obrigado.

bonito bonito

Excelente articulo Sonia
muy bonito los lugares, muy bonitas elecciones.