Mucha belleza y poca identificación

Rusia

Mucha belleza y poca identificación

La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o simplemente Unión Soviética, acabó el 26 de diciembre de 1991. Antes, desde su creación en 1922, semejante a Brasil, país continental, reunía más o menos 15 repúblicas, que forman el antiguo Imperio Ruso, en Europa y Asia. Ahora, en el lugar de la superpotencia, las fronteras de las ex-repúblicas están abiertas. Hay, sin embargo, una línea imaginaria separando lo que resta de la Unión Soviética y los demás países y pueblos.

Estamos refiriéndonos específicamente a Rusia o, incluso más específicamente, a Moscú y San Petersburgo. La primera, la actual capital de Rusia. La segunda, la antigua capital, entre 1712 y 1918, llamada por los soviéticos Leningrado, pero que retoma su nombre después del fin del comunismo.

Esa línea imaginaria y el aislamiento de ese pueblo pueden ser mera sensación del viajante. Como sensación, pueden significar equívoco derivado de un tiempo corto de permanencia, algunos días de julio de 2008.

Nos referimos a la impresión de inmutabilidad transmitida por las personas, en cualquier parte. Es como si, a pesar de las fronteras abiertas de su nación, los individuos se debatiesen frente al propio aprisionamiento del alma, resultado, tal vez, de los pesados grilletes, tras largos años, del austero régimen comunista.

Sin simpatía y sin resquicios de sentimientos cálidos (al final, como promedio, son solamente 60 días de sol al año), resulta poco provechoso ensayar palabras de cortesía, como pachálausta (por favor) o espasíva: (agradecida). Los rusos festejan con mucha algarabía las bodas en las calles y en los parques,  pero no se impresionan fácilmente. Y mucho más, mantienen algunas o mil paradojas.


Por ejemplo, en teoría, país abierto al turismo, los folletos que circulan en los hoteles y en las agencias de turismo de Moscú y San Petersburgo, en casi su totalidad, están escritos en ruso. Lo mismo ocurre en las estaciones del metro, donde esculturas, bellísimas lámparas de techo y reproducciones de pinturas se confunden con mil e ininteligibles avisos en ruso. Encontrar personas, en las calles o en la multitud, con dominio del inglés, francés o español, al contrario de lo que pueda pensarse, no es tan frecuente. Portugués, ni pensarlo... Por otro lado, el susto comienza con la llegada a los hoteles, donde los pasaportes son recogidos y entregados luego de 24 horas. Es amenazador, incluso porque no ofrecen ninguna explicación...

Y otra más, aunque sea considerado el “país del ballet”, asistir a un espectáculo en Rusia no siempre es fácil. Irónicamente, al tiempo que el Teatro Bolshoi (bolshoi = grande), en Moscú, fundado desde 1776, es reconocido como una de las mejores compañías de ballet y ópera del mundo, pasa períodos bastante largos cerrado por reformas, sin contar con el histórico incendio de 1805, responsable de la destrucción casi total del edificio de entonces. Sobran los espectáculos folclóricos, de aquellos que hay en cualquier lugar, producidos para el turista.

Hay, no obstante, agradables sorpresas. Primero: el ruso no siempre es un borrachín de vodka. Hay, sí, borrachos que se confunden con mendigos, como ocurre en muchas otras naciones, inclusive Brasil. La violencia urbana, igual. La agresividad de la policía, en general, salta a la vista. Ella está en cualquier parte, incluyendo los puntos turísticos, como las inmediaciones del propio Teatro o el conjunto arquitectónico de inefable perfección de las murallas del Kremlin, majestuoso en el lado oeste de la famosa Plaza Roja, corazón pulsante de Moscú.

El término rojo, en ruso, significa bello, pero, la Plaza, en nuestro imaginario, continúa asociada a los desfiles militares de la época del comunismo, divulgados con altanería a todas partes. En su lado este, está el Mausoleo de Lenin, con su cambio de guardias, a decir verdad, sin la grandiosidad de aquella que caracteriza a la realeza británica.

La Plaza abriga, todavía, al Gran Palacio y un conjunto de catedrales, cuya visión es en sí una bella tarjeta postal, en las que sobresalen las Catedrales de San Basilio y de la Anunciación. La Campana del Zar (Zar Kólokol) y el Cañón del Zar (Zar Púshka) constituyen preciosa herencia de los siglos XVI y XVIII. Independientemente de su belleza “extraña”, son símbolos de la historia rusa: la transición de la guerra y la paz. Durante épocas de paz, los cañones se confunden con campanas; en tiempos de guerra, con cañones.

Hay, todavía, mucho por ver en Moscú: el Museo de las Armas; la Biblioteca Nacional; la Galería Treyakov, museo ruso dedicado a la preservación del arte nacional; el Museo Nacional de Historia; y el Parque Gorki. ¿Y qué decir del esplendor de la Catedral del Cristo Salvador, con sus cinco cúpulas doradas, que parece reflejarse en las aguas del río Moscova?  La Universidad del Estado de Moscú se aproxima al mirador Vorobyovy, de donde es posible divisar la imponencia de ese Moscú, que, a semejanza de las brujas, se acercan y se distancian, al mismo tiempo, transformándose en enigma para quien la visita por pocos días. Moscú no se entrega con facilidad, de ahí la dificultad de comprenderla o la aproximación de su gente.

La estratificación social tan decantada se hace notar en la cantidad de limusinas, que desfilan en medio del tránsito tan caótico, o en el movimiento casi suntuoso de la burguesía, que desfila por tiendas elegantísimas y de precios inaccesibles a la mayoría de los mortales, allá en la Calle Arbat o en el Mercado Gum, este en los alrededores de la Plaza Roja. Antes de los cambios impuestos a la economía por Mikhail Serguéievich Gorbachev (o Gorbatchev o Gorbachov), el Gum albergaba tiendas estatales, al parecer, ahora, sentenciadas a la extinción.

Además, la llamada “abertura” no recibe tantos elogios. Estamos recordando las dos iniciativas, implantadas en la década de los 80 y divulgadas en el mundo fuera de la Unión Soviética, emprendidas por el ex-dirigente soviético Gorbachev. En su época, la glasnost concedió algunas libertades a la población, incluyendo mayor autonomía a los medios de comunicación. La perestroika o reconstrucción está vinculada a la reestructuración económica, pues, según la percepción de su idealizador, en aquella época, la economía de la Unión Soviética ya no se sostenía.

A pesar de Premio Nóbel de la Paz de 1990, el ex-presidente no es unanimidad en el país. Existe la tendencia de atribuirle el colapso de la Unión Soviética. Para muchos, el naufragio del imperio soviético agravó el nivel de pobreza de significativa parte de la población y provocó la inflación de las grandes ciudades. Sin embargo, es insensato pensar en Rusia como nación pobre. Su economía es bastante rica y promisoria, gracias, sobre todo, al petróleo y al gas natural, lo que favorece su participación en el G8, grupo que reúne a los países más industrializados y desarrollados del mundo para discutir sobre cuestiones de alcance universal.

Mientras tanto, al tiempo que los turistas se deleitan con la variedad de las muñequitas rusas o matrioskas, de origen incierto y formadas por la composición de varias muñecas, (una dentro de la otra), el pueblo ruso convive con la miseria humana, el crimen organizado y la corrupción creciente.

Incluso así, como país transcontinental, cuyas tierras ocupan parte de Asia y de Europa, Rusia todavía mantiene significativa fuerza, como la mayor nación del mundo (dos veces mayor que Brasil), en términos territoriales, teniendo frontera con 14 países. Con baja densidad poblacional, sus 17.075.200 km2 abrigan la séptima mayor población del planeta: más de 152 millones de habitantes se dispersan por cerca de 80 etnias.

Un poco de San Petersburgo
Tratándose de San Petersburgo, año 1703, con sus 42 islas, numerosos ríos, canales y 400 puentes (sobresale el Puente Levadizo), gana el epíteto de “La Venecia del Norte”, dejando extasiado al turista que pasea en barco por el Rio Neva. La segunda mayor ciudad de Rusia y la cuarta de Europa, en territorio, sobrepasada solamente por Moscú, Londres y París, es considerada por muchos como “excesivamente rusa para ser europea y demasiadamente europea para ser rusa”. En realidad, combina elementos del Oriente y de Occidente. El recato de su gente se mezcla con la práctica de artistas de la calle, la inesperada presencia de los Mc Donalds de la vida, los amores descubiertos perdidos en los parques, en medio de la belleza de mil flores.

San Petersburgo abriga el famoso Museo Hermitage, con 150 mil obras diseminadas en más de mil salas; la Iglesia de San Salvador de la Sangre Derramada; la Catedral de San Isaac; el Palacio Pavlovsk, blanco y dorado, construido por Catalina, la Grande, al final del siglo XVIII. También es inexcusable visitar, a 30 km de San Petersburgo, el Petrodvorets (o Peterhof), comparado, con frecuencia, al palacio francés de Versalles, por cuenta de los magníficos jardines y fuentes.

Tal como el Centro Histórico de Petersburgo, el Palacio de Peterhof forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Por último, la Fortaleza de Petropavlovsk (San Pedro y San Pablo) nos deja la certeza de que viajar es siempre experiencia fascinante, y que nos da la oportunidad de identificación o no con los diferentes pueblos de este planeta. Al final, tal como ocurre con la historia de la Unión Soviética, el recorrido por Rusia, a lo largo de los siglos, no es simple ni tampoco transparente...