Derecho a la alegría
Derecho a la alegría
Publicado el 9-Mar-2010 por Suso López
La Veracruz de nuestros días nos recibe un cinco de agosto con un calor y una humedad tropicales semejantes a los de una Cuba no muy lejana. El taxi nos deja en el Zócalo, también conocido como Plaza de Armas, y allí, en lo que es el epicentro de la vida social y cultural de la ciudad, podemos comprobar que al himno no le falta razón y Veracruz es una ciudad alegre, acogedora y vibrante. Sólo hace falta girar sobre uno mismo y abrir bien los ojos y los oídos. Puede ser lunes, miércoles, jueves o domingo porque cualquier día y a cualquier hora, aunque preferentemente al anochecer, un son de marimba y unos pasos de danzón nos obligarán a esbozar la mejor de las sonrisas y a mover el cuerpo de un lado al otro aún cuando el baile no sea el mayor de nuestros atributos. Las ganas de pasarlo bien inundan toda la ciudad y cuando en una plaza deja de sonar la música en otra ya se afinan los instrumentos para que el ritmo no cese. Y es que en Veracruz el espíritu carnavalesco permanece vivo los 365 días del año por más que las jornadas clave de su Carnaval, así con mayúsculas porque es de los más sonados de México, sean nueve y se celebren o bien en febrero o bien en marzo. Por tanto, no son necesarios muchos esfuerzos para que la fiesta se apodere de quien visite Veracruz. Unas chelas en una terraza al son de las marimbas, guitarrones y trompetas y se corre el peligro de no querer marcharse. Eso y la acogida de su gente empeñada en mostrar la mejor cara de su ciudad.
Un ejemplo lo encontramos al visitar su catedral del siglo XVIII, maltratada por los efectos corrosivos del salitre y bien necesitada de una remodelación para evitar que las gaviotas y el óxido se apoderen de sus bóvedas y altares. Nada más entrar y mostrar nuestra sorpresa ante el deterioro que preside el edificio neoclásico de una sola torre, una señora se acerca a nosotros y nos invita a visitar la única capilla ya remodelada. “Vean, vean – nos apura la señora – así de bonito estará todo el templo en muy poco tiempo, no se queden sólo con la imagen del resto”. Su empeño en que seamos testigos del primer paso de la rehabilitación merece la pena pues la impresión que deja la catedral mejora, y mucho, si uno se acerca antes de terminar la visita por una capilla con las paredes impolutas y un mármol brillante que recuerdan que algún día la catedral estuvo, y esperan que esté, así de hermosa y cuidada. Los efectos del salitre son la evidencia de que Veracruz es una ciudad abierta y al mismo tiempo cerrada al mar. Se abre al Atlántico porque en él se sustenta buena parte de su economía tanto a nivel comercial, con uno de los puertos históricamente más importantes del país azteca, como también turístico, pues de sus aguas salen los pescados y mariscos que atraen a cientos de paladares ansiosos de probarlos aderezados con la salsa veracruzana, una mezcla de cebolla, tomate, aceitunas, pimiento y especias. Pero un puerto que hasta 1760 era el único desde el que se podía comerciar con España significa hoy un muro adornado con cargueros y petroleros que impide que la mirada se deslice por las aguas del Golfo de México. Máxime cuando unas cuantas millas más al norte está el puerto de Tampico con mucha más actividad que el veracruzano. Se limita así el horizonte de un paseo que se inicia en el Malecón, un dique también conocido como Insurgentes en el que abundan los puestos de venta de souvenirs así como las actuaciones callejeras de música y teatro. Y allí, a la izquierda del malecón, en medio de enormes grúas, aparece la fortaleza de San Juan de Ulúa. Hoy son sólo unas ruinas pero antaño fue la protección principal del puerto de Veracruz y allí se erigieron una iglesia franciscana y el fuerte de San José, reconvertido en prisión durante la dictadura de Porfirio Díaz. Los pasos por el Malecón permiten observar también el Faro Carranza, vivienda del que fue presidente de México entre 1917 y 1920, Venustiano Carranza.
Siguiendo el paseo no tardan en aparecer las primeras playas veracruzanas aunque no las más hermosas pues estas hay que buscarlas más al sur, limpias de la contaminación que deja tras de sí la actividad portuaria. De vuelta al interior de la ciudad aparecen los retales de la Veracruz fortificada cuyo máximo exponente en pie es el Baluarte de Santiago, edificio que hoy alberga una exposición de joyería prehispánica. Antes de regresar al Zócalo no es una mala opción dejarse atraer por los toques de marimba que, cual cantos de sirena, guían nuestros pasos hasta el Gran Café del Portal, un establecimiento clásico en la ciudad que hereda el encanto, el ritmo (porque la música no falta) y la tradición de lo que era su predecesor, el Gran Café de la Parroquia. Tres días en Veracruz son suficientes para descubrir que de guerrera nada y de acogedora mucho. Una ciudad que nos enseña que para la música y el baile, en especial el danzón, cualquier hora, lugar o espacio son buenos y que la alegría no es un privilegio sino un derecho que las veracruzanas y los veracruzanos no están dispuestos a perder pero sí a compartir.









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Y allí, a la izquierda del malecón, en medio de 70-646 test enormes grúas, aparece la 70-667 test fortaleza de San Juan de Ulúa. Hoy son sólo unas ruinas pero antaño fue la protección principal del puerto de 70-290 test Veracruz y allí se erigieron una iglesia franciscana y el fuerte de San José, reconvertido en 70-662 test prisión durante la dictadura de Porfirio Díaz. Los pasos por el Malecón permiten observar también el Faro Carranza, vivienda del que fue presidente de México entre 1917 y 1920, Venustiano Carranza.
Hoy estamos en nuevos
Hoy estamos en nuevos intentos; en la búsqueda de la “escuela integradora”; cuyo principio fundamental es que dentro de lo posible, todos los aprendan en la escuela, con reconocimiento de sus diferentes necesidades y sus distintos perfiles de capacidades, con un programa de estudios adecuado a sus estilos y ritmos de aprendizaje, a través de adaptaciones curriculares, a través de actitudes docentes que alivien la connotación terrorífica que tiene el error para tantos chicos y que por sobre todas las cosas que la escuela ponga el acento en la maximización de recursos de mediación pedagógica humanizada, que trabaje con todos los niños con reconocimiento de su singularidad y también con sus padres.
Aún en experiencias que
Aún en experiencias que quieren ser integradoras, ese “ sentimiento de no estar del todo en ninguna de las tramas que nos arma la vida” del que tan bien nos hablara Cortazar, invade la existencia de los llamados niños con necesidades educativas especiales, que suelen sentirse excluidos y desconsiderados en su singularidad, aún en situaciones que se planificaron como integradoras y que no dieron el resultado esperado, tal vez por haber descuidado la interrelación entre el aprendizaje del niño y su contexto.
En mis años de trabajar con
En mis años de trabajar con niños con dificultades de aprendizaje, he podido identificarme con el sufrimiento que viven estos chicos al no poder responder a las expectativas escolares, o al no poder satisfacer su propia motivación de logro ; he visto la carita mustia y la respiración entrecortada, cuando llega la calificación dada por una escuela homogeneizadora, cada vez más centrada en los contenidos disciplinares, aún desde los primeros años. Suele haber un notable desdeño por los aprendizajes sociales y emocionales, se toman con superficialidad los talentos expresivos y artísticos y son poco valoradas las habilidades práxicas y constructivas.
“En la medida en que
“En la medida en que realizamos nuestras posibilidades como personas, experimentamos la alegría más profunda a la que el ser humano puede llegar. Cuando un niño está aprendiendo a subir escaleras o a sostener una caja, trata una y otra vez de hacerlos bien cuando falla y recomienza de nuevo. Y cuando finalmente lo logra, se ríe con satisfacción expresando la alegría que le produce el uso de sus capacidades.” ........