Las tierras del Rey Arturo
Las tierras del Rey Arturo
Publicado el 20-Ene-2010 por Dani Valls
Bristol y Exeter, ciudades imperiales
La ciudad de Bristol tuvo uno de los castillos más poderosos de la Inglaterra bajo control normando y, desde el siglo XII, ha sido uno de los puertos comerciales más importantes del país. En sus calles se respira esa grandeza efímera que quedó plasmada en majestuosas catedrales góticas y las inconfundibles torres anglosajonas con relojes incrustados como la de Temple Meads. Su puerto constantemente ajetreado es una imagen digna de postal.
A pocos minutos en autobús llegamos a Clifton, reputado por su espectacular puente colgante que asoma sobre el estuario del río Severn. Las colinas que brotan de sus orillas rebosan una fertilidad casi inhóspita que contrasta con el cielo permanentemente gris; “aquí nunca sale el sol” me explica una estudiante francesa.
Tras un trayecto de casi dos horas en tren se llega a la siguiente ciudad, Exeter, la capital del condado de Devon. La ventanilla del tren se convierte en el mejor escaparate de granjas inglesas, colinas verdes manchadas de ovejas o vacas y praderas infinitas que desaparecen en la espesa niebla del frío amanecer. Exeter es la más castiza fusión de antigüedad y modernidad. Así, las murallas romanas o la gran catedral normanda se funden con las fachadas de estilo tudor de época victoriana y la emergente modernidad arquitectónica. La vasta naturaleza se respira por los campos que se divisan desde cualquier punto de la ciudad.
Rumbo a Dartmoor
Otra hora en tren nos llevará hasta Newton Abbot, la mayor ciudad próxima al Parque Nacional de Dartmoor, casi 1000 kilómetros cuadrados de tierra yerma y granito que cuenta con gran número de tors, colinas graníticas que configuran ricos yacimientos arqueológicos. Los altozanos perpetuos que Conan Doyle convirtió en escenario del inspector Holmes rompen con el paisaje denso y vivaz del resto de la zona. Merecen una visita los pequeños pueblos de montaña que nacen de las laderas de Dartmoor a las orillas del río Dart como la diminuta y admirable Ashburton.
La tradición de la industria y pesca sureña
Otras 2 horas en tren nos llevarán a la esquina atlántica del país, entrando ya en Cornuelles.
En Marazion el día comienza antes de la salida del sol, cuando los pescadores habituados a soportar las crudezas climáticas se disponen a faenar. Los vientos y tormentas que visitan la costa, los arrecifes y acantilados imponentes convierten esta región en una pesadilla para los marineros. “Aquí manda la mar” me cuenta un joven pescador de langostas de la región, “del mar depende el mantener a mi familia”.
Pero esta aparente crudeza se desvanece cuando brilla el sol: disfrutar de playas de gélidas aguas, observar las miles de gaviotas que vuelan en busca de cobijo antes del frío (y espectacular) atardecer, descubrir impolutos pueblos de mineros y pescadores como St. Ives o Gwithian, perderse por las callejuelas, acantilados y restos de la fábrica de cobre de Botallack o descubrir el magnífico castillo de St. Michael’s, construido en una pequeña isla al sur de Penzance durante el siglo XV y al que sólo se puede acceder a pie al bajar la marea, quedando el resto del día rodeado por las aguas del Atlántico. Es un delito no probar los helados artesanales de toffee o crema y las famosísimas pasties, empanadas semicirculares rellenas de infinidad de ingredientes desde pollo, verduras, queso o, la más tradicional, ternera y cebolla.
Hacia el fin de tierras británicas
A unos 25 kilómetros al oeste, en plena costa artúrica, merece la pena descubrir el punto más occidental de Gran Bretaña, desde donde se aprecia la inmensidad del Atlántico (si la niebla lo permite), se atisban majestuosos acantilados rocosos o donde uno puede deleitarse con esa manía tan inglesa de etiquetar: Land’s End presume de ser el primera y última zona de la Bretaña occidental y uno puede dormir en el primer y último hotel, tomar una cerveza en el primer y último pub y hasta orinar en el primer y último baño.








