Una península de leyendas que se sostiene sobre el mar

A Coruña (Galicia)

Una península de leyendas que se sostiene sobre el mar

Cuenta la leyenda que un joven llamado Hércules pretendió un día convertirse en dios del Olimpo. Para conseguirlo, hubo que viajar desde Grecia hasta el fin del mundo. Su viaje tenía como objetivo asesinar a Gerión, un malvado gigante que había colmado de desdichas a los pobres campesinos de Brigantium. Después de una encarnizada lucha, nuestro héroe soterró el cadáver de su adversario en el islote que marcaba el final de la tierra y, seguidamente, construyó una gran torre de piedra sobre él, para que su victoria no fuese olvidada.


Una leyenda…
Hoy día, siglos después de ésta batalla épica, La Torre de Hércules se cierne todavía como escudo de A Coruña, recordando a los habitantes de la capital gallega antiguos tiempos de conquista y protección real. Sin embargo, la belleza de sus más característicos enclaves no ha cambiado con el paso del tiempo. En esta ciudad, erigida sobre el mar e inmersa en toda la tradición de leyendas mágicas que posee Galicia, el viajero puede caminar entre múltiples y pintorescos encuadres fotográficos. Desde los absorbentes terrenos que rodean la torre hasta el curioso ambiente medieval que emana La Ciudad Vieja.

La Torre de Hércules
Sus 68 metros de altura son actualmente considerados el faro romano en funcionamiento más antiguo del mundo. Construida en el Siglo I después de Cristo entre los reinados de Nerón y Vespasiano, la torre ha pasado por múltiples transformaciones a lo largo de su historia. La construcción original, pensada por el arquitecto lusitano Cayo Servio Lupo de Aeminium (actual Coímbra, Portugal) no tiene nada que ver con la que hoy puede ver el viajero. De hecho, uno de los atractivos que presenta este faro es el museo de su planta baja, donde se podrán contemplar las fotografías y dibujos que ilustran cómo lucía la torre hace varios cientos de años.

Así como otros muchos lugares gallegos, el enclave no es una excepción para las leyendas. A parte del mito herculino recogido por Alfonso X y que le da nombre, la torre también está mencionada en el Lebor Gabála Éren, el libro mitológico irlandés que narra la construcción de dicho país a partir de la suma de las múltiples conquistas celtas. En uno de sus manuscritos sería Ith, hijo de Breogán, quien justificaría un asentamiento celta tras asegurar que, desde una torre que mira al mar, había sido capaz de avistar las costas de Irlanda. La posibilidad de que tales personajes hayan existido se ve acrecentada por el topónimo Brigantium, y se les ha conmemorado con la construcción de una estatua que representa a Breogán, a los pies de la torre. Los terrenos que rodean el enclave están repletos de naturaleza, tan absorbente que no es raro olvidarse de la torre.

Mientras el viajero da una vuelta por el islote, podrá contemplar maravillosos paisajes que cambian a cada paso que da. Al fondo,sobre el mar, impresionantes montículos de piedra que dejan entrever otras zonas de la costa gallega, bañadas por el atlántico. Al este, la pintoresca y siempre cambiante playa “de las lapas”, y en el centro, imponente, el gran faro romano.  Se recomienda visitar la torre en cualquier momento, pero especialmente en los atardeceres de verano, pues las puestas de sol en días despejados son sencillamente preciosas. En ellas, la luz varía constantemente, jugando con las nubes y creando contrastes celestes inimaginables.

No sé si es el olor a mar, el viento que arrastran las olas o las místicas luces que el firmamento puede llegar a emitir, pero existe algo en ese islote que te atrapa. Y una vez lo sientes, no podrás dejar de acudir allí siempre que puedas. 

María Pita
El 4 de Mayo de 1589 la ciudad tembló. En el mar, a lo lejos, ingentes navíos cruzaban los lindes de la ría coruñesa. Al mando, el famoso comandante Drake, un ex pirata que se había tornado del lado del ejército Inglés cuando sus prácticas fueron perseguidas. Fue un hombre temido en los siete mares. Con su llegada, los coruñeses vieron cómo se cernían sobre la ciudad unos días difíciles, donde todo parecía perdido ante la inmensidad de tal ejército imperial. Cuando comenzó el ataque, dicen los historiadores, los coruñeses hicieron gala, en todo momento, de la fuerza y perseverancia por la que se les caracterizaba.

Todo tipo de objetos fueron los que acabaron conformando, en la ciudad vieja, el muro que pretendía impedir el paso del ex corsario inglés. Su esfuerzo fue noble, pero los ingleses, que los superaban en armamento y unidades, no tardaron en abrir una brecha en la barricada, por la que se avistó un primer alférez inglés. Todo estaba perdido, la masacre estaba a punto de comenzar. 

Fue entonces cuando una mujer armada con un gran cuchillo que no estaba dispuesta a dejar su libertad a merced del ejército imperial,  asestó una certera puñalada al alférez que entraba por la brecha, cayendo éste al mar inmediatamente. María Mayor Fernández de la Cámara y Pita fue considerada a partir de entonces la heroína de la ciudad, ya que gracias a ella, dice la historia, los coruñeses vieron la victoria posible. Se ensañaron contra los militares que intentaban subir la muralla y, los restantes, viendo con horror e incredulidad la masacre, emprendieron la huída. Actualmente, una estatua en el corazón de la ciudad conmemora su heroicidad, donde una llama permanente ilumina un grabado de piedra que reza la palabra “liberdade” en gallego y castellano.

La Ciudad Vieja
El ambiente medieval de la ciudad se encuentra en su casco antiguo, que responde al nombre de “Ciudad Vieja”. Este núcleo lo constituyen los cimientos de la fundación de la ciudad, allá por el 1200. Éste pequeño rincón será de especial disfrute para el viajero amante del arte, especialmente del románico. Ejemplos del mismo son la iglesia de Santa María (S.XI, la más antigua de la ciudad) o la de Santiago.  No obstante, el arte no es lo único que caracteriza al lugar. El ambiente allí está envuelto por un peculiar silencio, tan solo roto por el sonido de los escasos pies que atraviesan sus sinuosas calles, las cuales sorprenden de vez en cuando con amplias plazas hechas de antigua piedra, como la de Azcárraga, o con los característicos cruceiros gallegos, como el del monasterio de las Clarisas.

La culminación del viaje por esta zona medieval llega cuando el viajero entra en el Jardín de San Carlos. El pequeño rincón, que actualmente responde al esquema de jardín romántico, fue edificado sobre los restos de una fortaleza que defendía la ciudad de los ataques navales. Sin embargo, el valor del lugar radica en su magnífica balaustrada, desde la cual se puede observar, de nuevo, el mar; ocupado esta vez por el Castillo de San Antón y los cañones defensivos al pié de la calzada.

El jardín es actualmente tumba simbólica del general Sir John Moore, que fue enterrado en la ciudad por sus compatriotas ingleses, tal y como reza un poema de Rosalía de Castro que guarda la pequeña entrada a la balaustrada. Fue allí también donde el General Wellington dirigió una proclama al ejército en la que mencionó una frase que quedaría para la posteridad en la memoria histórica gallega, guardada en el Archivo del reino de Galicia que rodea, precisamente, este lugar: Españoles: dedicaos a imitar a los inimitables gallegos.  

El campo de la rata
El campo de la rata es un lugar agridulce para los coruñeses más ancianos. Muchos de ellos vivieron entre esos maravillosos atardeceres los mejores momentos de su vida. Sin embargo, fue allí donde muchos otros perdieron a sus seres más queridos. Toda esta mezcolanza de sentimientos es la que algunos consideran que forma un pensamiento republicano bastante extendido por la ciudad.

Emilio, un anciano de 86 años, me contaba hace poco sus aventuras de cuando A Coruña tenía todavía una gran línea ferroviaria que conectaba el lugar con otros pueblos cercanos. En una de sus aventuras, recuerda un amanecer veraniego de 1936. Tenía por aquel entonces 8 años. Cuando iba a robar fruta a los campesinos de la zona (su familia, como tantas otras, vivía en la más absoluta pobreza), observó a lo lejos un alboroto de gente que se acercaba a gran velocidad hacia el campo de la rata, una gran extensión de terreno que rodea el islote de la torre y que entonces era utilizada por los campesinos para pastar el ganado.

La comitiva estaba formada por dos coches militares que se hacían paso entre la marabunta de gente. Por lo que Emilio pudo entender a sus vecinos, que observaban atónitos la escena, unos señores a los que llamaban “los nacionales” llevaban prisioneros a un supuesto grupo de criminales, a los que denominaban “los rojos”. Emilio no entendía nada de aquello, pero los siguió con curiosidad, sin saber muy bien qué sucedería. Fue solo cuando los militares apagaron los motores de los vehículos e hicieron descender a punta de fusil a unos hombres, que se dio cuenta de lo que iba a acontecer delante suya. Cerró los ojos. Sonaron disparos. Después, con los ojos todavía cerrados, simplemente dio la vuelta y se fue corriendo, temblando.  Actualmente, Emilio acude cada 14 de Abril al campo de la rata para conmemorar aquel momento, donde se encuentra ahora un monumento que reza, junto a un poema de Lorca:  

Inmolados nestes campos fronte ao mar tenebroso por amar causas xustas, estades presentes na lembranza do pobo da Coruña.

Qué ganas de conocer

Qué ganas de conocer Galicia!