El despertar de un viajero oculto

El despertar de un viajero oculto

Cuando viajamos y nos adentramos en otros mundos, nos conocemos a nosotros mismos como si fuésemos extraños. Introducimos personas nuevas en nuestras vidas y reaccionamos ante experiencias que nunca podríamos vivir en nuestro entorno más cercano. Esto le sucede a Hervé Joncour, un comerciante de huevos de gusanos de seda francés que vive en Lavilledieu, un pueblo del sur de Francia, con su mujer Hélène. Le gusta la tranquilidad de su hogar, la rutina y trabajar de manera responsable. Más allá de esto, no tiene demasiadas inquietudes, a pesar de tener medios económicos suficientes para llevar una vida bañada en el lujo. Sin embargo, se ve obligado a viajar cada año a Siria, Egipto y, durante gran parte de la novela, a Japón para comprar huevos de gusanos de seda.


Alessandro Baricco (Turín, 1958) nos muestra en su obra Seda que Joncour sufre pequeñas transformaciones personales a lo largo de toda su vida provocadas por sus visitas a Japón. Este país le convierte progresivamente en el viajero que Siria y Egipto no habían conseguido despertar. Al principio de la novela, los viajes que realizaba no eran más que meros trámites para que la producción de seda en Lavilledieu fuese abundante. No obstante, en su primera estadía en Japón encuentra otro sentido al viaje. Allí conoce y aprende otras costumbres y por primera vez siente curiosidad por algo que ocurre fuera de su entorno. Ve a una joven no oriental junto a Hara Kai, según el narrador, el hombre más inexpugnable del Japón y quien le vende los huevos de gusanos de seda. En los sucesivos viajes intenta averiguar quién es esta joven y qué hace allí. Ella se convierte en la motivación para atravesar cada año medio mundo. Mientras tanto sigue nutriéndose de la cultura y tradición japonesas y a cada viaje sabe tratar más adecuadamente con los japoneses y, en concreto, con Hara Kai. Aunque para Joncour sea secundario, un viajero siempre lleva a cabo este tipo de aprendizaje. Bien lo aprende en el destino o se documenta de antemano sobre las costumbres del lugar.
 
El trayecto que cada año recorre para llegar a Japón se presenta como un viaje solitario sin importancia para él y sin demasiadas complicaciones. Para Joncour es una simple gestión de su trabajo. Siempre hace exactamente el mismo recorrido y siempre tarda el mismo tiempo en realizarlo. Sin embargo, valora los regresos porque vuelve a la normalidad y queda aliviado de los esfuerzos de estar durante meses fuera de casa. Esto nos muestra que Joncour aún no es un viajero, ya que para un viajero la vuelta a casa no es la parte más notable del viaje porque se acaba la oportunidad de seguir aprendiendo de otras culturas.
 
Desde Lavilledieu, Joncour hace algunos viajes a solas y junto con su mujer Hélène a otros lugares de Francia y algunas capitales europeas. Durante estos viajes los dos se sienten felices de estar fuera de su entorno, lo que marca un cambio en el protagonista. Se siente viajero y está motivado para conocer diferentes destinos. Ambos viajan sin planes ni fechas y, aunque él se siente al principio incómodo viajando, al final deja despertar al Joncour viajero. Su transformación se completa cuando el narrador nos relata que "con el tiempo, empezó a concederse un placer que antes se había negado siempre: a quienes venían a visitarle les relataba sus viajes. […] Él narraba despacio, mirando en el aire cosas que los demás no veían".

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