Finales que son principio

Finales que son principio

Recupero la antigua costumbre de escribir cada fin de semana. Me gustaría escribir de viajes. De todo tipo de viajes. Los más habituales que nos desplazan de un lugar a otro. Los más espirituales. De todos. También de educación. Y, a veces, de como ambos territorios (el viajar y el educar) se mezclan, se fusionan, se rehuyen y más. Recupero a continuación algo que escribí tiempo atrás y que luego se incluyó en un libro que hablaba del “volver” y del “empezar”. Trata sobre esos finales –todos– que son principios.


Lo llaman fin o final. Me dijeron (y nos lo recuerda también el diccionario) que «es aquello que ha acabado». Lo que está agotado, cerrado, terminado. Lo que fue. Lo que pasó. Lo que ya no está. Lo que ya no es. Quizás por eso aprendimos a temer tanto a esa palabra: fin. O a su vecina: final. Nos aterra que algo pueda terminar, que se acabe. Tememos que nuestra historia (también en los sentimientos) pueda desquebrajarse una mañana. Que llegue a su fin. Que finalice. Así, sin más. Sin motivos (o con ellos). Pienso que no es así. Quizás el error vino al confundir el significado de la palabra y, por descontado, su alcance. Vale la pena —también esta vez— retar al diccionario (nos disculpe la Academia) y construir una definición propia. Se juntaron estas palabras: 

 
Fin: Dícese de la puerta de llegada a un principio. Es la antesala de una oportunidad, de un viaje, de un comienzo. Aparece justo antes de lo nuevo y tiene un extraño poder  de abrir puertas, caminos e historias. Y muy pocas veces, de cerrarlas.

 

P.D.: Imagina un final. ¿Lo has hecho? Pues justo ahí ya tienes un nuevo principio.

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