Editorial

Lo que esconde un ‘quizás’

Se equivoca el diccionario. Quizás: “Posibilidad de que algo ocurra o sea cierto”. Un quizás no es eso. Un quizás es un sí disfrazado. A veces, de miedo. A veces, de inseguridad. Un quizás es un intento de escapar del destino. De no atacar a la vida para intentar conquistarla. Vivirla. De no querer saborear la incertidumbre. De no atreverse y de no arriesgar. De preferir hundirse –y es comprensible– un poco más en esa agridulce zona de confort. Pero también un quizás puede ser una pequeña osadía. Una apertura. Una huida hacia delante. Un mensaje o una respuesta a lo que te dibujó el destino. Un guiño a la vida. Un intento valiente de ir. El principio de un grito. El principio de un sueño. Una bofetada al no.     

Dudas de si tienes dudas

Dudas de si tienes dudas. Y eso para mí ya es dudar. Hay gente –poca– que sabe que no sabe nada. Y eso, quizás, ya es saber mucho. Algunos construyen torres (y levantan murallas). Y otros nos aferramos a un lema que dice que “torres más altas han caído”. Así se mueve este extraño planeta que está lleno de “mundos”.

Lo que algunos no buscan

Me recordó hace unos días una alumna cuyo nombre, de origen sanscrito,  “posee las gotas de la lluvia”, que no todos buscan la felicidad. Es cierto. Algunos prefieren la tristeza. Ella hablaba de poetas y cantautores. Aunque quizás para ellos es suficiente con la saudade o la melancolía, la clave es que lo triste es un buen “pegamento de palabras”. Se juntan mejor, más fácilmente. Son creadores que crean desde la tristeza. Pero hay más. Hay otros también, que sin quererlo ni saberlo, se han instalado allí. Complicado. Muy real. Me hizo pensar. También recordar un cuento que escribí en el libro “El camino del discípulo”. Decía esto:

Como empezar un viaje...

Estar con alguien sin estar enamorado debe ser duro, triste y también bastante difícil. Como engañarse cada segundo (a uno mismo y a otro). Como alejarte de lo que eres y de lo que podrías ser. Como ser mentiroso y “mentido”. Como no creer en ti. Como despertar cada día apagado. Como confundir estabilidad con felicidad. Como equivocar “solo” con “soledad”. Como vivir en un lugar que no es el “tuyo”. Como no aceptar que “esto” tiene algo de aventura. Como no anhelar retos. Como no haber echado de menos. Como no haberse perdido. Como no imaginar países y lugares. Como no haber intentado alguna vez tocar el horizonte. Como tener miedo a intentarlo. Como pensar que siempre se ha de ganar. Como creer que perder es algo malo. Como ir cada día a un trabajo que no amas. Como no tener sueños. Como morir viviendo. Como estar solo estando con alguien. Como no quererse –al menos– un poco. Como no arriesgar nada nunca. Como rodearse de muros y murallas (invisibles). Como desaprovechar este regalo que es vivir…   

Vacío

De Quito al Cotopaxi. Del volcán activo más alto del mundo a la selva verde más exótica del planeta. Del frío de un nevado (por la mañana) al calor húmedo de la amazonia (por la noche). Así es Ecuador. Y en medio: carretera, mercados, caminos, pueblos remotos, búsqueda de oro, árboles que sangran, comunidades indígenas, niños descalzos (demasiados; siempre son demasiados), un río que es carretera, rastros de ocelotes, la suerte protectora de las semillas de huayruros, hospitalidad india y muchos recuerdos.   

Procastinación viajera

Me enseñó, por casualidad, una amiga cubana que en los viajes también, muchas veces, nos esforzamos por evitar la genuina aventura. Y buscar la tranquilidad del “no intentarlo”. Yo le llamo “procastinazión viajera”. Sea por indecisión; sea por pereza; sea –la mayoría de veces– por miedo; esquivamos el camino que lleva a lo incierto, a lo desconocido, a lo auténtico (a lo mejor).  

Demasiada gente, pocas personas

Unos se pasan horas y horas buscando. Y aunque quizás sea un error hacerlo, no aparece (lo que no deberían buscar). Otros piensan que hay que ir donde la mayoría va. Y todos, en las calles, en las plazas, en los aeropuertos, nos topamos con los “otros”. Hay muchos. Centenares. Miles. Millones… No debería, por tanto, existir tanta soledad. Ni tanto miedo a la misma. Entonces, ¿por qué vencen los desencuentros? La respuesta es tristemente sencilla:

Desde el planeta "vida"

En casi todos los cuentos hay un tesoro. Muchas veces, un dragón. Un malo bueno. Un bueno malo. Un héroe. Y un perdedor. También, un derrotado que fue héroe y que podría –si quisiera– volver a serlo. Una guapa tonta. Una fea buena. Un amigo como un hermano. Un amor imposible. Otro, casi perfecto. Un villano tan malvado que da pena. Un malo que realmente querría ser bueno. Un perro o un gato… que hablan. De vez en vez, una serpiente humana. Suele haber un reino. Todas las veces, mágico. Perdido, a veces. A veces, resistiendo.  Y, tantas veces, dentro de él, un palacio donde todo va… despacio. Y allí, también siempre, inexplicablemente olvidada, tristemente herida, en lo más alto de una alta torre, aguarda una princesa. 

Huye

Si algún día te decides a salir de ese engaño de conformismo, de esas murallas que tan bien levanta la rutina, entenderás lo que son los viajes. Y también un poco de esa palabra tan inquieta, fugaz y escurridiza. Otra vez cuatro letras: vida. Harás los viajes que no hiciste y aquellos que anhelabas realizar. 

Siempre el viaje, siempre viajando

Los viajes son también palabras. Para vivirlos. Para contarlos. Aunque a veces, las confundimos. “Conocido” no es “amigo”. Ni “estar vivo” es lo mismo que “vivir”. Tampoco “turista” es “viajero”. Y si vas a “ir”, no te dejes engañar por lo aparente. Y recuerda siempre algo que yo aprendí sólo: No es lo mismo “estar solo” que “sentirse solo”. Construye un horizonte con palabras... y ves a buscarlo. "Siempre el viaje, siempre viajando". Y hay un viaje que muchos no se atreverán a hacer. Y “ese” es justo el más importante. Lo evitamos con promesas de palabras. Y -fíjate- hay dos palabras de cuatro letras que no deberíamos nunca olvidar (tampoco, confundir). Una habla de vida”. La otra, de “amor”. Tantas palabras y hoy, la marca más poderosa es sencillamente la suma de dos letras: T+ú.